Bajando por la carretera sur hace unos días, me topé con una multitud que rodeaba como enjambre una rastra, en medio de un mar de banderas rojinegras. Era una distribución de láminas de zinc. Kilómetros abajo encontré otra aglomeración similar. A la mañana siguiente, un jardinero de la zona, y un albañil de Ciudad Sandino, me dijeron que habían recibido uno cuota de diez láminas de zinc de 12 pies, de calibre grueso, más cuatro libras de clavos. Contentos me contaron que semanas atrás miembros de los CPC (Consejos del Poder Ciudadano) habían levantando un censo de las casas que carecían de techo adecuado. Luego les citaron a una reunión en la casa local del partido FSLN para que llenaran su solicitud. Después vino la visita feliz de los camiones cargados del precioso regalo.
Nadie sabe las estadísticas ni el costo de las láminas de zinc que el presidente Ortega está distribuyendo a manos llenas. Sí se sabe que es masivo y sin precedentes. Incluye toda la geografía nacional e involucra una movilización y logística monumentales. Junto con la distribución de gallinas y vacas, las copiosas Purísimas urbanas, y la próxima y multitudinaria repartición de juguetes navideños, constituyen el operativo más grande que cualquier gobernante nicaragüense haya montado jamás, a fin de complacer al pueblo y promover su popularidad.
Posibilita estas regalías los casi 500 millones de dólares que Ortega recibe anualmente de Venezuela. Ésta es su lotería y su suerte. Los gobiernos anteriores recibían ayuda exterior enmarcadas en estrictas condicionalidades: había que usarlas para proyectos específicos, ser aprobadas por la Asamblea Nacional, ser entregadas por el gobierno nacional, y llevar el sello de los donantes. La ayuda de Hugo Chávez viene libre de esos engorros. Ortega puede usarla a su absoluta discreción; sin mediar aprobaciones de diputados, sin rendir cuenta de su eficiencia o destino, y entregarla como aportes no del Gobierno, sino de su partido, el FSLN, o de su misma familia; a como le parezca mejor.
Con este acceso libre a recursos casi inverosímiles para un país tan pobre, Ortega está cultivando un arte político milenario. En la Roma antigua Julio César mandaba distribuir el trigo gratuitamente, o venderlo muy barato a los más pobres. Tres siglos más tarde, Aureliano continuaría la costumbre repartiendo a 300,000 personas dos panes gratuitos por día y abriendo las puertas del circo. De allí se acuñó la frase “Pan y circo”. Dale a las masas pan y circo y las tendrás contentas y sumisas.
Contemporáneamente el líder de esta política ha sido Chávez. Su trillonaria factura petrolera le ha permitido gastar más de la mitad del presupuesto nacional en subsidios o regalías de distinta especie. Días antes de sus últimas elecciones presidenciales distribuyó millares de “Tarjetas del buen vivir”, especie de tarjeta de crédito a los pobres subsidiada por la banca estatal. Cristina Kirchner, en Argentina, en su “Plan futbol gratis para todos”, anunció el año pasado en un acto apoteósico en que la acompañó Maradona, que su gobierno pagaría 1,600 millones de dólares por los derechos de transmisión del futbol, por 10 años.
La utilización de los a veces inmensos recursos de que disponen algunos gobernantes para seducir a las masas ha sido uno de los desafíos más difíciles para el desarrollo de la democracia. En las sociedades democráticas modernas el ciudadano es un ser informado que favorece con su voto a quienes tienen las mejores credenciales para gobernar o representarlo. En las sociedades pre modernas, o tradicionales, por el contrario, el voto se otorga por lealtades tribales (soy conservador o liberal de cepa), o se canjea por favores. En ella no hay debates, sino gritos y frases emotivas. No se apela a la razón, sino a las pasiones. En ellas los diputados no sudan por ganarse la aprobación de los habitantes de su territorio o departamento, sino por recibir la bendición del caudillo.
Mas no todo es culpa de éstos. Como en una democracia el voto es decisivo, quienes buscan obtenerlo recurren a los medios que los producen. En una sociedad sin densidad cívica es más fácil obtenerse votos con láminas de zinc que con propuestas fundamentadas. Porque el electorado, por su pobreza, incultura, o amoralidad, no ve más allá del horizonte de la satisfacción inmediata. El problema es que, en el proceso, el político que conoce y explota sus debilidades, contribuye a perpetuarlas. ¿Cómo romper ese círculo vicioso? Ésa es una de las preguntas difíciles, que deberían debatir las universidades y el estamento pensante. De la respuesta que podamos darle depende gran parte de nuestro futuro.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.
Ver en la versión impresa las páginas: 9 A