El ídolo y el escribidor

Mientras Alexis Argüello llegaba a la cumbre a base de puñetazos y entraba profundo en el sentimiento popular debido a su sencillez en medio de su grandeza, Edgar Tijerino estaba ahí, muy atento, para garantizar que su obra fuera conocida y preservada en la dimensión correcta.

Mientras Alexis Argüello llegaba a la cumbre a base de puñetazos y entraba profundo en el sentimiento popular debido a su sencillez en medio de su grandeza, Edgar Tijerino estaba ahí, muy atento, para garantizar que su obra fuera conocida y preservada en la dimensión correcta.

Argüello ofreció la inspiración y Tijerino la perennizó en el tiempo. Y aunque Alexis ya se ha ido, está tan presente, en gran parte por su excepcional talento y su personalidad sin par, pero también porque la pluma agitada de Tijerino no perdió pie ni pisada de su extraordinaria obra.

Este estupendo escritor de verbo explosivo, vertiginoso ritmo y adjetivo encendido, nos ofrece a través de su libro, El ídolo no muere , un homenaje a Alexis, que es también un homenaje a la palabra, a través de la que conjuga con maestría, resultado y fantasía, realidad e imaginación.

Dueño de una convicción que supera cualquier circunstancia, Edgar se apuró a culminar su obra ahora que Argüello no está físicamente, para evitar las distorsiones e interpretaciones antojadizas que manipuladores y hasta historiadores le dan en el tiempo, mientras nos ofrece un perfil completo sobre el más grande atleta pinolero.

El ídolo no muere es una obra madura, bien lograda, que tiene que ver más con lo aprendido de la experiencia en una carrera de cultivo constante, que con los años vividos en el periodismo. Es la narración moderna y exquisita, de una gesta épica, que por su grandeza no tiene fecha de caducidad.

Es también, al menos para mí, la cancelación de una deuda con Alexis, quien más de una vez me sugirió la elaboración de un libro sobre su trayectoria. “Yo te voy a vomitar todo lo que hice y vos lo escribís”, me dijo. Siempre me le corrí al reto, porque Tijerino era el indicado.

A Edgar no había que narrarle los hechos. Él los presenció y, a través de su pluma prodigiosa, ahora los recrea con palabras que permiten una lectura aprisa y apasionada, como sus textos en este trabajo, que preservará a Alexis y lo mantendrá lejos de la voracidad del olvido.

Pero El ídolo no muere tampoco dejará morir a Tijerino, un escritor que se ha ganado el respeto no sólo por su obra a través de los medios. Se lo ha ganado en el mundo real, que es donde importa.

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