Una noche en la 284

A las 21:30 horas Tammy Mendoza se reporta como miembro de la patrulla que recorrerá Managua esta noche. El patrullaje general está dirigido por el capitán Centeno. Un hombre gordito, bajo y moreno que me intimida con su cara de pocos amigos. Al acercarme extiende su mano y me ofrece un sonrisa forrada con oro que corona su dentadura inferior. Ya puedo volver a respirar. El capitán se muestra disponible y me siento en confianza al menos para preguntarle sobre el trabajo de hoy.

A las 21:30 horas Tammy Mendoza se reporta como miembro de la patrulla que recorrerá Managua esta noche. El patrullaje general está dirigido por el capitán Centeno. Un hombre gordito, bajo y moreno que me intimida con su cara de pocos amigos. Al acercarme extiende su mano y me ofrece un sonrisa forrada con oro que corona su dentadura inferior. Ya puedo volver a respirar. El capitán se muestra disponible y me siento en confianza al menos para preguntarle sobre el trabajo de hoy.

“Habías venido antes aquí”, me pregunta el subcomisionado César Cuadra, quien supongo notó cómo “escaneaba” el lugar.

“No”. De inmediato me hicieron pasar el Centro de Emergencia de la Policía Nacional. Aquí es donde todo empieza. Una sala con una docena de cubículos. Seis de ellos ocupados por agentes que recepcionan las llamadas de auxilio y denuncia de toda Managua. Según el oficial a cargo no hay suficientes agentes para esta plaza, pero hacen lo que pueden.

Parece no haber un momento de paz en este lugar. El alboroto no es evidente, pues el único ruido es el silbido del aire acondicionado y los murmullos de las conversaciones telefónicas. Pero el tecleo en la computadora, las luces rojas de sus teléfonos que permanecen intermitentes, las expresiones y gestos de los oficiales que sirven de operadoras, son una muestra del estrés y el trabajo acelerado que se realiza en el lugar. El 118 siempre está sonando. Una emergencia, una denuncia o alguna broma de mal gusto.

A sus espaldas dos agentes más reciben la información de las llamadas y se encargan de asignar una patrulla para que atienda los casos.

La unidad 284 nos espera. Es la patrulla que movilizará esta noche al equipo del capitán Centeno. Él es el centinela de las noches en Managua.

Un revólver calibre 38, una pistola 9 milímetros y un AK. Cada uno porta su arma y están listos para usarla en cualquier eventualidad. Si me preguntan que traigo, les diría que un saco de sueño y un poco de miedo son mis municiones de esta noche.

Salimos casi a las 10:00 p.m y el recorrido está trazado. Nos deslizamos sobre Carretera Norte a 30 kilómetros por hora. La noche está fría, mi piel de gallina me delata y decido abrigarme en lugar de hacerme la fuerte.

Además de visitar los más de 15 albergues que están distribuidos en la capital, cada uno resguardado por un grupo de efectivos de la Policía Nacional, el capitán Centeno debe monitorear a todas las unidades que circulan en los distritos.

“Ahorita vamos a confrontar las patrullas que estén en el perímetro que recorramos”, me dijo.

Para mí, “confrontar” denota violencia, me sugiere acción… pero no, sólo se refiere a la inspección del trabajo, a tomar el informe de la actividad que se ha reportado hasta el momento. Estoy entrando en calor y pasadas las 11 ya siento la adrenalina. Comenzamos a andar más rápido y el intercomunicador no para de sonar. Me despierta la esperanza de que pueda pasar algo relevante. Vaya, no es que le desee un accidente a alguien, pero un poco de movimiento no vendría mal.

“Reportan un 25 en la 4… estamos dándole cobertura y notificamos el desarrollo. Cambio”. “Necesito confirmar el 25. Denme coordenadas”. “25 confirmado, lo trasladan al distrito. Cambio”.

Un detenido por agresión. La ruta cambia pues el capitán decide ir a verificar el caso.

El camino a la Estación Cuatro le da otro matiz a la noche. El olor a podrido de los restos de verduras en los tramos del Gancho de Caminos, se mezcla con el hedor de un manjol y el panorama se sella con un par de borrachitos que se le atraviesan a la patrulla sin importarles nada.

El portón de lata está cerrado y aún con el ruido que causamos el llegar, dentro de la delegación no parecen enterados. Un par de huelepega que estaban conversando en un tramo cerrado, corren diligentes a empujar el portón. Pero no tienen fuerzas y muestran sus sonrisas chintanas y curtidas como una disculpa. Al fin se acerca un agente que logra abrir el portón.

Ahí está. Recostado a la pared, “la ficha” de la noche. Un individuo mechudo, chaparro y delgado. Se veía molesto y desde que llegamos me clavó la mirada. Respiré y evité sentirme intimidada.

“Agredió a un discapacitado de su barrio, lo retiramos de inmediato porque la gente ya amenazaba con lincharlo. El denunciante viene en camino”, dijo el oficial a cargo del distrito.

Luego de este incidente la noche continuó tranquila. Un par de rondines más y nos encontramos con un J02. Un individuo que aparentemente padecía de trastornos mentales y que fue atrapado intentando subirse a un poste para cortar los cables telefónicos. No hubo acto consumado, no hubo denuncia, no hubo aprehensión.

A eso de las 2:00 a.m. regresamos al complejo Ajax Delgado. El capitán Centeno y el subcomisionado Cuadra secretean un poco y luego me notifican que deben partir sin mí. Hay un recorrido especial que deben hacer y es mejor que espere.

“Si pasa alguna eventualidad, algún hecho de relevancia regresamos por usted”. A las 4:15 de la madrugada desperté del que calculo fue el cuarto episodio de sueño. Dormí primero una siesta en una banca de cemento. Luego me invitaron al asiento de un microbús donde desperté esperando aún el llamado de emergencia del capitán Centeno, convencida ya que mi noche de patrulla había terminado. b

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