Si al mono araña que está enjaulado le dan gaseosa, la bebe. Chilla y salta como un niño suelto en un parque, si le ponen pedazos de tortilla, migajas de arroz y frijoles. Algo parecido le ocurre al tucán bicolor de aspecto señorial, que se alimenta con ciertas comidas de “gente”, que está en otra jaula y que llegó allí con unas plumas de menos.
Cualquiera de estos animales puede comer lo que mismo que una persona. Y no se trata de actos excéntricos de animales que se entrenan para un circo o para hacer un número en televisión. Muchos de ellos no saben cazar. En el intento por ser domesticados en casas, perdieron ese instinto. Y ahora que están aquí, en el centro de rescate y protección de fauna silvestre del Zoológico Nacional, Managua, se espera que lo recuperen y que vuelvan a ser animales silvestres para “reinsertarlos a su hábitat” natural, como explica Tatiana Terán, la veterinaria que los atiende.
El instinto no es lo único que han perdido los animales que llegan al centro de rescate. Muchos llegan en estado agónico, como la monita que tenía manchas de azul de metileno y una herida profunda en el cuello, que al final la mató.
Terán explica que prácticamente la degolló la cadena que le había puesto su dueño, un médico. Él mismo la llevó al centro de rescate.
Un búho perdió un ojo de una pedrada lanzada desde una tiradora, un arma infantil contra la que el zoológico mantiene una campaña en algunas comunidades rurales, que consiste en cambiar una mochila por una tiradora. “Es tremendo, no deberían fabricarla (la tiradora)”, dice Marina Argüello, la directora del zoológico.
También está la historia del mono bebé que llegó con las patas destrozadas por error. Los cazadores iban tras la mamá, pero los tiros alcanzaron las extremidades del hijo.
La veterinaria reconoce que detrás de cada animal hay una historia diferente, pero la mayoría tiene algo en común: el golpe, la mutilación, el daño que les propinó un ser humano, que los tenía en su casa tratando de domesticarlos o que intentaron cazarlos.
El centro los recibe y los cura. En la actualidad aquí se atiende a unas 300 aves y varias decenas de mamíferos. Loras, chocoyos, búhos, lapas, gavilanes, tucanes, mochuelos, lo mismo que mapaches, pizotes, monos, gatos toches y tortugas jicotes.

Las instalaciones del centro funcionan en el mismo zoológico, un área que está al fondo del terreno de 2.5 manzanas que el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social alquila por un valor simbólico a esta casa de animales.
La zona del centro de rescate está un poco apartada. Hay que atravesar el corral de cabras para llegar a ese sector donde están, bajo techo, las jaulas de mamíferos y pájaros que ingresaron con algún problema.
Argüello dice que hay gestiones bastante avanzadas con diputados para lograr la donación de ese terreno que hace poco fue noticia debido a un cerco de púas que impuso la Alcaldía de Ticuantepe, y que desde hace poco más de dos meses está impidiendo la entrada directa al centro de rescate.
El cerco obstruye la atención directa de los animales, pero también fue un obstáculo para las obras de mejoramiento que se han hecho en el centro de rescate, donde hace semana y media se concluyó la sala de recepción de animales y el área de neonato y necropsia.
“Tuvimos que traer todo por la entrada del zoológico”, explica Argüello.
Estas mejoras se han hecho con el apoyo económico de la organización estadounidense Sociedad Humanitaria, y la primera fase ha costado alrededor de 15,000 dólares.
El proyecto total costará unos 35,000 dólares, detalló Argüello, quien explica que el centro de rescate no tiene fondos públicos ni privados, pero aun así funciona.
LA RECUPERACIÓN
Inquieto y solo. Sus largos y finos dedos se pegan al alambre de la malla como un prensador de ropa. Su mirada no pierde el movimiento de los alimentadores, que están enfrente metiéndole comida a los pizotes y a los gatos toches. Si uno se fija bien, uno de estos pizotes tiene la punta de la cola cortada. Un mono araña vino flaco y deshidratado, confía la veterinaria. Está aislado porque aún no está en condiciones de permanecer con otros machos.
Frutas y hojas vuelven a estar en la dieta de estos animales.
Enseñarles a comerlas es una de las tareas de recuperación. A otros se les ayuda a volar. Algunos pierden esta capacidad porque llegan con las alas fracturadas, pero otros han perdido su capacidad de vuelo por el encierro en las jaulas.

Para ayudarles se creó un pequeño pabellón de vuelo en forma de L, con árboles de ramas largas en las que hacen escala los pájaros que le vuelven a encontrar gusto a flotar en el aire. Habrá que ver si corre esa suerte la lapa que tiene el pecho desplumado, de semblante triste, que está en una de las jaulas.
La veterinaria dice que la gente a veces les aplica químicos en el plumaje porque les quieren cambiar el color.
“Lo que puede curar a un gato puede matar a un puma”, dice Terán, quien tras cinco años de trabajo en el zoológico se ha hecho a pulso veterinaria de animales silvestres.
“En el país no se estudia esa especialidad”, dice.
A Terán le toca lidiar no sólo con el estrés de los animales del centro de rescate, también atiende a los del zoológico.
“Pablo, Pablo, ¿cómo estás?”, saluda al mandril que está en una de las secciones del zoológico. “Me gusta porque tiene una mirada bien penetrante, como la de un hombre”, dice entre risas Terán.
Para este año a la Fundación Amigos del Zoológico Nicaragüense, organización que administra este “hospital” y hogar de animales, el Gobierno sólo le aprobó cuatro millones de córdobas.
Argüello dice que esta fundación se sostiene con apoyo de organizaciones, unas cuantas empresas privadas y la colaboración incondicional de personalidades como el científico Jaime Incer Barquero y el Vicepresidente de la República, Jaime Morales Carazo.
Roberto Torres trabaja en el zoológico desde hace más de un año. Ahora está en el centro de rescate, pero más tarde puede estar en la jaula de Pumba, el tigre de Bengala, que es el orgullo del zoológico, o cerca de los dantos, depositando alimentos.
Torres, quien llegó hace un año al zoológico, ahora está preparando una ensalada de frutas para dar a los monos y las ardillas.

La veterinaria dice que en el centro de rescate no hay tiempo para encariñarse con los animales y tampoco es conveniente, porque el propósito final es devolverlos al hábitat de donde salieron, y si el animal se encariña sería más difícil su regreso.
Sin embargo, Terán no puede resistirse cuando llega un animal recién nacido que no sólo requiere cuidados médicos, sino también afecto.
“En esos casos ellos necesitan sentirse protegidos”, dice Terán, quien refiere que el momento cumbre ocurre cuando sueltan a los animales en el bosque y allí se quedan.
Esto se hace en reservas naturales como los volcanes Mombacho y Masaya. Para esto existen coordinaciones con el Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales (Marena).
Cuando el mono flaco se haya recuperado, se irá a una reserva natural. Para entonces ya podrá obtener por su cuenta las frutas y semillas que necesita para vivir. Allá no volverá a tomar gaseosa ni a comer tortilla. Tampoco a estar encadenado.
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