El conflicto se ha instalado. Toda disputa (¿litigio de qué?) y más cuando es azuzada por la procacidad, lleva a las partes implícitas a ese indeseado sendero. Siempre cuando explotan las diferencias, con los ojos envenenados por el rencor y la boca abierta para expeler el peor agrio, se ubica la desazón, un clavo bien metido en la cruz que no se saca con el odio verbal. A veces las palabras ofensivas, hieren más que las balas.
Eso ocurre en dos zonas de la vecindad centroamericana, tan pequeña en la redondez del “mapa mundi”, pero tan gigantesca en la irreflexión asesina. La palabra con facultades extraordinarias para resolver inquinas, no ha sido usada por los desobedientes de los mandamientos de la “diosa razón”.
Hago esta introducción llevado por un llamado hecho a propósito del asunto con Costa Rica, por el Vicepresidente de la República, Jaime Morales Carazo, consistente en que se haga “un cese al fuego de la guerra oral”.
Los nicaragüenses hemos guardado prudencia con encomiable grosor en cuanto a no infectar el ambiente con el insulto desde la esquina que le es propicia por el dictamen de las leyes internacionales. No hemos notado del lado nuestro ninguna iniciativa en torno a decirles a los vecinos el padecimiento de los peores defectos de la criatura humana: “muertos de hambre”, “ignorantes” en otros párrafos “racialmente inferiores”, victimados por la impureza nosotros y bendecidos ellos por la gracia de ser el extracto de la aristocracia europea. Descendientes de la corona ellos, “hijos del maíz” nosotros.
Cada vez que hay reincidencia del “bochinche” (parece cíclica) se repiten los mismos argumentos y no me refiero al nivel de la respectiva intelectualidad, sino a los esgrimidos en la esquina popular de la parte sur, incansables no pocos de sus voceros en rendirle culto al fanatismo en las pantallas de “Internet” con las figuras de una humillación que no revienta en los huesos criollos por estar llenos —vaya la contradicción— de un vacío que no promueve la respuesta, sino el silencio y sensato es mantenerlo. Evitar que lo rompa la provocación xenofóbica.
Hasta el momento en que esto escribo, nadie ha tenido la idea de poner a estallar una bomba en la Embajada de Costa Rica en Nicaragua, actitud condenable si desgraciadamente llega a ocurrir. Tampoco en nuestros medios de comunicación desde la altura vertical del editorial, se ha hinchado la pelota del juego mediático no aparecida aún —la deseo ausente— ni en la radio, ni en el “en vivo y a todo color” de la televisión.
Dentro de los parámetros de la justicia y de la sensibilidad humana, poco enfocada, preocupa —debería preocupar intensamente— el destino de los trescientos mil inocentes nicaragüenses que se han ido allá para ser factores útiles de producción, impulsados por la desdicha de no encontrar aquí, en su Patria, las perspectivas salariales y profesionales ofrecidas allá. Puntillazo del drama sería la represalia contra la inocencia.
Debe mantenerse el respeto mutuo entre ticos y nicas en Nicaragua y entre nicas y ticos en Costa Rica. Pero eso sólo se podría conseguir si fructifica el cese de la batalla movida por la lengua.
Mientras se logra el languidecimiento de las baterías verbales, esperemos todos el definitivo efecto de la posición emanada desde las cumbres del derecho como la de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, encima de los organismos inferiores en cuanto a la capacidad de dirimir problemas limítrofes.
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