Con una buena cantidad de público, que quizás ocupó un 75 por ciento de la capacidad del estadio Roque Tadeo Zavala, se dio el primer partido entre los Orientales de Granada y el Bóer.
Los granadinos llegaron con la esperanza de ver un primer triunfo de su equipo y aunque se fueron mucho antes de que finalizara el partido, con el mal sabor de una derrota pudieron sentir la emoción que provoca el beisbol y en especial el de la Liga Nicaragüense de Beisbol Profesional (LNBP).
Hubo momentos que hicieron saltar de sus sillas a los fanáticos, como el hit de Ramón Flores que empató el juego 4-4 en el cuarto inning.
Cerca de ellos, en el pasillo superior del estadio, estuvo durante algunas entradas Martín Madriz, presidente de los Orientales, algo que muy pocas veces se ve, ya que en la mayoría de los casos los presidentes de equipos ocupan sus sillas en palcos presidenciales y no salen de ahí.
Como es común ver en nuestros estadios, en la butacas los fanáticos se colocaban en el lugar del mánager, se atrevían a predecir el siguiente lanzamiento del pitcher y gritaban a todo pulmón uno que otro insulto cuando se cometía un error.
Por su lado, los aficionados del Bóer eran pocos, pero llegaron muy orgullosos portando la camisa de su equipo y salieron hasta después de caer el último out, con una mayor satisfacción que los locales.
Muchos dicen que a los estadios de beisbol de Nicaragua llegan sólo “viejos”, pero ayer se podía ver un significativo número de niños, mujeres y hombres jóvenes, que aseguran el relevo generacional de los fanáticos que mantienen la pelota como el “deporte rey de los nicaragüenses”.
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