En Chile triunfó la cultura de la vida

La odisea del rescate de los mineros sirvió para recordar al mundo un mensaje de vital importancia, pues es la base de la civilización: que toda y cada vida humana es preciosa. Esta convicción es la esencia de lo que se ha llamado la cultura de la vida, en contraposición a la cultura de la muerte, que nace, precisamente, del olvido o menosprecio por este principio fundamental y considera justificable negar la vida a ciertas categorías de seres humanos. Cuando esta última prevalece, como ha ocurrido no pocas veces en la historia, la devaluación de la vida lleva a la devaluación del ser humano —con secuelas a veces terribles. Por el contrario, cuando la cultura exalta la vida, crece el respeto al ser en todas sus dimensiones, la sociedad se humaniza y florece la fraternidad.

Una característica central de la cultura de la vida es conceptuar a todos los seres humanos, sin excepción, como poseedores del mismo derecho a existir y a ser protegidos en su integridad personal. Para ella no hay seres con más dignidad que otros. Chile dio un ejemplo vivo de este principio. Los atrapados en las entrañas de la Tierra no eran personas especiales sino hombres humildes de la clase trabajadora. Quienes se afanaron por rescatarlos no lo hacían por el valor de mercado de los enterrados vivos, o porque estuviesen en peligro de perderse algún premio Nobel, o un médico famoso. Lo hacían sencillamente porque eran seres humanos. Sin hacerla explícita, la convicción que animó el operativo fue una especie de fe en el valor infinito de cada vida humana y de cualquier vida humana. Este convencimiento hizo que el corazón reaccionara intensamente a favor de quienes el amor convierte en hermanos.

Por un espacio de tiempo millones siguieron el drama con una intensidad de sentimientos pocas veces vista. Allí se borraron las distinciones de razas, nacionalidad, sexo o clase. Como en una misteriosa comunión, multitudes inmensas se convirtieron de pronto en miembros de la misma familia. Y cuando salieron los mineros, cantidades de espectadores celebraron espontáneamente —unos con vino, todos con gritos, unos en Alaska y otros en la Patagonia— el final feliz.

Estos momentos especiales en la historia sacan a flote las convicciones más profundas y universales de la raza humana. Pero son convicciones que es preciso nutrir y abrazar conscientemente, porque la cultura de la vida siempre está acechada por la cultura de la muerte. El siglo veinte presenció los extremos a los que puede llegar el ser humano cuando se pierde la reverencia por la vida. Uno de ellos fue el nazismo, que trató de eliminar a los judíos, como se extirpa una plaga. Otro fue el comunismo, que con Stalin, Mao y Pol Pot, quiso exterminar la burguesía como se extirpa un tumor.

Hoy la cultura de la muerte es más sutil. No niega que la vida es buena, pero acepta que puede suprimírsela, en uno mismo o en otros, si esto preserva la conveniencia del individuo. Desde esta óptica la muerte es vista como “solución” aceptable ante ciertos problemas, al punto tal que la legislación debe garantizar la opción de utilizarla. Dos son los sustentos ideológicos de esta cultura: hacer de la libertad individual subjetiva, el bien supremo, y negar o disminuir la humanidad de sus víctimas. Como nadie, salvo los psicópatas, disfrutan matando seres humanos, una forma de apaciguar la conciencia es convenciéndose de que los inmolados no son personas, o no lo son plenamente. Para los abortistas los niños no nacidos no son más que un tejido materno que, como un diente o un quiste, pueden ser suprimidos si estorban —a pesar de que la ciencia demuestre que el feto es un ser único, genéticamente diferenciado de la madre que lo hospeda, y a pesar de nuestras intuiciones. Quien ha palpado el vientre de una embarazada y sentido en sus manos los movimientos de ese ser oculto, difícilmente puede evitar sentir cariño y respeto por ese ser temporalmente confinado en las entrañas de una mujer.

Chile, y gran parte del mundo, sintieron cariño y respeto por los indefensos mineros atrapados en las entrañas de la Tierra. Y sin distingos de ninguna naturaleza, no escatimaron esfuerzos para salvarlos, dando un hermoso empujón a la cultura de la vida y suministrando al mundo el antídoto más eficaz para combatir la cultura de la muerte: Testimoniar que la vida de cualquier hombre o mujer, en cualquier circunstancia, es sagrada. Gracias Chile. [email protected]

COMENTARIOS

  1. Silvio
    Hace 16 años

    Y la vida de la madre no es sagrada, o es un cero a la izquierda?

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