Fotos de LA PRENSA / Bismarck Picado
“¿Dónde está tu mamá y tu papá?”, le preguntan al niño careto que apenas puede asomarse en la ventana del vehículo. Carga “a tuto” a un bebé que luego de un par de horas parece desvanecerse por hambre, sol o cansancio. Sosteniéndolo hábilmente con una mano, levanta el dedo índice de la otra como la manera más fácil y menos desgastante de pedir “el pesito” de todos los días.

“En la casa”, “está enferma”, “se murió”, “no tengo”, son algunas de las respuestas que dan cuando se pregunta por sus madres. En otros casos, la respuesta es una sonrisa chintana o una cara de susto antes de salir corriendo hacia otro vehículo para hacer nuevamente la petición.
Al otro lado de la calle, detrás de un árbol o en cualquier lugar cercano que le permita gozar de una vista estratégica del deprimente panorama urbano, la madre o el padre de estos niños aguardan a que llegué el botín o el momento en el que casi como arte de magia deban aparecer en caso de que algún ciudadano aborde a los niños y rompa con el dinamismo de su teatro diario de mendigos.
Niños, personas con algún tipo de discapacidad física o mental, mujeres con bebés, enfermos crónicos, ancianos, oportunistas y charlatanes. En Nicaragua los mendigos tienen rostro, nombres y apellidos, pero nadie se atreve a mostrarlos, sólo cuentan una parte de su historia… la más triste, la más provechosa.
Se han tomado semáforos, calles y parques donde, apelando a la buena voluntad o a la lástima de los demás, son desde hace años un problema grave que evidencia la creciente pobreza de la sociedad nicaragüense y que se ha ido arrastrando con las ruedas del asistencialismo a través del tiempo como una alcancía rota a las que todos los días se le abona con “el pesito”.
“Para hablar de mendicidad, y en el caso particular de Managua, podríamos dividir en épocas, antes y después del terremoto del 72”, sugiere Roberto Sánchez Ramírez, historiador. “Desde el punto de vista urbanístico Managua era una cuidad muy concentrada y organizada, por tanto la mendicidad se situaba en un punto, el Parque Central. Ahora la dispersión ha provocado que la mendicidad se propague, con tantas rotondas la gente migra a cualquier punto donde haya afluencia de gente dispuesta o no a darles”.
Roberto Sánchez recuerda con simpatía a “Peyeyeque”, “La Carmona” y la “Pío Pío” o “Cola de Vaca”, el mendigo que vestía de saco blanco y corbata y que se sentaba paciente en el Parque Central a esperar su limosna. El popular “Hombre del cabrito”, un peculiar personaje que por su invalidez se transportaba en un carretón jalado por un cabro. Recorría grandes distancias y dormía donde cayera la noche, si el cabro moría, alguien más lo reponía. “Pero los tiempos cambian, antes te pedían una limosnita por amor a Dios y te bendecían al final.. . ahora no, es dame un peso y punto, con agresividad”, lamenta.
Señala que la mendicidad está relacionada con el nivel de educación que la gente recibe. En la medida en que se preparen mantendrán la perspectiva del desarrollo y los deseos de superación.
Advierte que este mal es un círculo vicioso social. Los padres mendigos crían hijos y nietos mendigos, que viven en la miseria y la promueven, por el hecho de no haber experimentado el valor que da el trabajo.
Señala que es responsabilidad de los gobiernos crear políticas públicas que den recursos y lleven a oportunidades reales de empleos en busca de la justicia social. “Hay gente que llama las desgracias porque sabe que el Gobierno y la sociedad correrá a asistirlos, lo que necesitan son oportunidades y herramientas de empleo”, dice.
El comportamiento social también genera la mendicidad. Las personas con discapacidad tienen limitaciones particulares, pero pueden desarrollar otras habilidades.
La Ley 202, “Ley de Prevención, Rehabilitación y Equiparación de Oportunidades para las Personas con Discapacidades” procura que se den oportunidades laborales reales y acordes con la situación de cada persona con discapacidad.
Organizaciones como la Federación Coordinadora Nicaragüense de Organismos por la Rehabilitación e Integración (Feconori) busca reformas que garanticen realmente estos derechos.
El sociólogo recalca que es totalmente negativo “dar limosna” a los mendigos, esto no ataca el problema, pues los derechos y las oportunidades son los que pueden restituir su dignidad humana.
“Se necesitan programas de reinserción social para crear productividad”, recomienda el sociólogo Cirilo Otero, “el primer año hacés conciencia y das terapias sicológicas para que la gente reconozca su dignidad como persona y el valor del trabajo. Luego el proceso de capacitación en oficios o carreras técnicas, ahí combatís el problema, dando oportunidades”.
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Agustín DelgadilloLara, 57 años
Con parálisis total en sus piernas, una condición de nacimiento que él adjudica a un maleficio que lanzara sobre su madre la esposa de su padre, hombre al que nunca conoció. Es el “cumiche” de tres hermanos, uno fallecido y otro que vive en Managua, pero que no tiene relación alguna con él. Don Agustín se busca la vida de arrastre, literalmente.
“Yo me gano la vida así, desde que mi mamá murió a inicios de los ochenta me tocó salir a las calles”, cuenta mientras se arrastra impulsándose con las manos camino a la entrada de la Catedral de Managua. “Familia te podría decir que no tengo, sé dónde vive mi hermano, pero de qué me sirve si hasta mi casa me quiso quitar, la que me dejó mi mamá… ellos no tiene ningún derecho sobre esa casa, si yo me mantengo a como puedo”, reclama Agustín. “A mí nadie me ayuda, ninguna organización y mucho menos el gobierno… ¡Yo no le pido nada a ese condenado. El presidente, qué va… ellos no se fijan en uno”.
Él hace referencia a la casa en la que habita, ubicada de Canal 2, dos cuadras al norte, una al oeste. Una casita de tablas y latas que comparte con “su sobrino”, el joven que lo transporta de un lado a otro en un carretón y que según él vende chicles y caramelos, pero que al parecer se esfumó en los alrededores mientras hablamos.
“Yo lucho en la calle, éste es mi trabajo, pero no siempre fue así, después que murió mi mamá puse una ventecita, pero quebré por fiar, ahora no tengo nada. Salgo todos los días a buscar para la comida y la ropita, las cuentas de la casa, los jueves aquí en catedral y el resto de días en el Mercado Oriental”, cuenta.
Agustín se mueve sigilosamente por las calles del mercado llenas de baches, basura o lodo, sorteando canastos, carretones y a los mismos compradores que en su afán pasan sobre él a veces sin percatarse.
Doña “Albita” Rivas lo conoce. Ella es comerciante de este mercado desde hace más de 20 años.
“Aquí pasa pidiendo todos los días y hay de todo: los pastores de mentira, que en realidad sólo andan con la Biblia bajo el sobaco pidiendo, el borracho que se hace pasar por inválido… ¡Ah! y las mujeres que caminan con hasta dos niños colgados, que hasta prestados son, les pegan para que lloren y los pobres con el ombligo hinchado de tanto llorar”, relata Rivas. “Yo sólo le doy a los que realmente necesitan”.
Pero, ¿cómo se mide la necesidad? Roberto Sánchez lamenta el hecho de que la mendicidad se haya extendido no sólo de lugares, si no en diferentes edades y maneras de hacerlo.
“Es preocupante que la gente lo toma como una salida de la pobreza. La imagen vulnerable y hasta grotesca de un hombre que te muestre su estómago perforado y la bolsa de excrementos que cuelga a un lado, luego de una colostomía, significa que estamos realmente mal. Pierden todo, incluso su dignidad, no tienen perspectivas ni deseos de superación, sólo esperar recibir el bocado diario”, dice Sánchez. “Hay gente que prefiere perecer en la calle pidiendo y criar a sus hijos en ese ambiente, engendrar una cadena de problemas sociales”.

Leyla Selva,30 años
Originaria de Carazo, desempleada, madre soltera. Ella llega todas las tardes al semáforo de Las Palmas, en la zona oeste de la capital y aguarda sentada mientras sus cinco hijos hacen de equilibristas en la doble línea amarilla de una calle transitada. “Un pesito, un pesito”.
“Mi esposo me dejó y vivíamos donde mi suegra, me vine a Managua hace dos años, posamos donde mi mamá, pero dormimos en el piso. Yo vengo aquí para reunir al menos lo de la comida de los chavalos”, dice la mujer morena y voluptuosa que prefería no dar su nombre, aunque lo llevaba tatuado artesanalmente en su brazo derecho.
Retrechera. Hace una seña para llamar a los niños y cuestiona la visita. “Para qué andan aquí, nunca nos ayudan. Aquí han venido un montón de veces los medios y nada hacen, hasta me han querido quitar a mis hijos. Yo aquí los cuido y Diosito me los protege”, dice a manera de reclamo. “A los pobres nos ven como lacras, si no quieren que estemos aquí, por qué no nos ayudan… el Presidente que está aquí no más reparte provisión y no nos da, mucho menos que nos den donde dormir”.
Si le preguntan por qué no trabaja, su primera respuesta es el silencio y luego de la pausa suelta el discurso: “No hay trabajo, estuve lavando un tiempo, pero eso no te sale siempre. También vendí agua, pero los riales se acaban y yo tengo cinco hijos. No me queda más que venir aquí, pero hasta diciembre para que me le den las navidades de los muchachos, el otro año voy a buscar trabajo”.
“Nosotros tenemos la culpa también”, asegura Roberto Sánchez. “Darles un peso contribuye a continuar con la cadena, es abonar a todos los problemas que se desencadenan con ese peso; la droga, el alcohol, la misma miseria de la gente. Hasta los medios de comunicación fomenten esta cultura asistencialista. Hay algunos periodistas y medios que buscan protagonismo, es cierto que estás para ayudar, pero no podés dar como solución un paliativo. Ahora todo el mundo quiere pedir, claro, es más cómodo”.

A nivel de autoridades, Sánchez considera que las alcaldías de todo el país también tienen que ver. La toma de espacios públicos, como los parques o plazas que son lugares públicos de recreación, es un gran problema. Señala que se ha caído en una serie de actitudes populistas negativas, que las alcaldías han sido demasiado permisivas, no sólo mendigos si no con los alcohólicos y quioscos donde se vende licor como en los alrededores de Las Piedrecitas o en el parque de Chinandega. Por parte del gobierno central señala que falta la formulación y aplicación de verdaderos programas que den seguimiento a esta situación. Más rigidez y eficacia en los programas de educación, el desarrollo de un sistema de reinserción social y laboral, capacitaciones en oficios o carreras técnicas y herramientas que sirvan como fuentes alternas de empleo para que la gente asuma sus necesidades.
“El problema existe, pero nadie ha hecho un estudio real para tener estadísticas, razones y soluciones para la situación. Hacemos mal dando un peso y si les ofrecés trabajo, algunos se sienten ofendidos”, reclama Sánchez. “Lo que preocupa es que las personas vayan perdiendo su autoestima, van perdiendo el valor que dignifica, el que da el trabajo. Me lastima cómo utilizan las limitaciones físicas o mentales para pedir, para ponerse en una situación de miseria. Hay que tener respeto por la miseria humana, pero no contribuir a ella. Si la naturaleza me limitó, que no me limiten los humanos”. b
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