Países emergentes, como China, India, Singapur y Corea del Sur, tienen en común una orientación cada vez más fuerte a la innovación y a la obsesión de las familias, sociedad civil y gobiernos, por medir y mejorar la calidad de su educación escolar y universitaria.
Los países asiáticos incorporan cada vez más el idioma inglés, para aprender materias de estudio como las matemáticas y ciencias; tienen una proporción mucho mayor de sus estudiantes universitarios en carreras de ingeniería y ciencias, a diferencia de los países latinoamericanos que tienen la mayoría de sus universitarios en carreras socioeconómicas.
El inglés no es sólo el idioma global, sino también el idioma del Internet y del comercio mundial.
Así lo han entendido países como China comunista y la India, que envían cientos de miles de estudiantes a universidades norteamericanas y europeas y fomentan que un número cada vez mayor de universidades y profesores extranjeros, de primer nivel, se instalen, enseñen y den títulos profesionales en sus países.
Ese fenómeno de “globalización de la educación” permite a países emergentes obtener y desarrollar tecnologías del primer mundo, en base a investigación e innovación orientada al uso comercial, coordinando con empresas privadas para resolver “necesidades del mundo real”.
La obsesión educativa exige calidad. Escoger las mejores mentes del país como maestros. Instaurar procesos rigurosos de selección y evaluación de alumnos y profesores, con estándares internacionales. Incentivar la evaluación del desempeño escolar, la publicación de resultados de las evaluaciones y premiar a los mejores profesores y escuelas.
El problema es que mientras en Latinoamérica seguimos intentando aprender del pasado, las economías asiáticas están cada vez más obsesionadas en “construir el futuro”. Si el mundo avanza más rápido, nuestra autocomplacencia nos está dejando más rezagados en la nueva “economía del conocimiento del siglo XXI”.
El rezago es mental, no sentimos la necesidad de exigir mayor calidad de educación para nuestros hijos. Pensamos que nuestras instituciones educativas “están bien” y hasta protestamos cuando nuestros hijos “reciben demasiada tarea para la casa”.
En países emergentes, la competencia es feroz desde los primeros años de colegio; los niños estudian ocho horas en la escuela, tres a cuatro horas de estudios extra y una hora de tareas en la casa, completando jornadas maratónicas de 12 a 14 horas de estudio por día. Dictan materias de currículo educativo en inglés y tienen períodos de vacación más cortos.
Latinoamérica necesita un “pacto social” entre sociedad civil, empresarios, medios de comunicación y gobiernos, para mejorar la educación.
Hay que despertar la urgencia pública de mejorar la educación, aportar mayores recursos para ella, mejorar capacidades y habilidades de los profesores y obligar a las escuelas a evaluarse con estándares internacionales, monitorear y publicar sus resultados y más competitivas.
La educación de nuestros hijos es el futuro de nuestros países, y es demasiado importante como para dejarla sólo en manos del Estado.
El autor es director de Promifin, programa financiado por la Cooperación Suiza en América Central.
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