Silvia Valeria Padilla Tinoco, la mejor estudiante del país del 2000, no vive en Nicaragua. Desde hace dos años está fuera. Primero se fue a España a cursar una maestría en Finanzas Cuantitativas, becada por la Fundación Carolina. Y ahora está en Bélgica. Allá estudia en la prestigiosa universidad de Lovaina la maestría en ingeniería de materiales que dura dos años.
Padilla, de 26 años, que recién contrajo nupcias con un geólogo belga, dice que después de la maestría quiere hacer un doctorado en el mismo tema. Y por lo visto está entre sus proyectos continuar fuera: tiene en mente cursar una pasantía en una mina de cobre en Chile. Dice que le gustaría regresar un día al país y emplear todos los conocimientos adquiridos, que sus estudios tienen mucho que ver con la realidad nacional, pero que ahora está en proceso de aprendizaje.
Desde que tiene uso de razón Padilla ha estado en proceso de aprendizaje. Y siempre lo ha hecho con el ánimo de ser la mejor. En primaria se situó siempre entre las mejores, y en secundaria su promedio nunca bajó de los tres primeros peldaños académicos del colegio San Francisco de Asís de Juigalpa, la cabecera municipal de Chontales, donde se crió.
[/doap_box]
Su promedio de 100 puntos en el último año de secundaria le valió el reconocimiento como la mejor del país. Su escogencia no fue al azar. Padilla pasó por un proceso de pruebas, las que habitualmente aplica el Ministerio de Educación, y quedó como la mejor. Desde niña su fuerte han sido los números. Por eso también participó dos veces en el concurso iberoamericano de matemática, en Cuba (1999) y Venezuela (2000). En esos concursos internacionales, que miden las costillas a estudiantes de unos 20 países del continente, Padilla obtuvo los peores resultados de su vida. El “examen fue terrible”. La primera vez logró siete puntos, y la segunda vez, el resultado fue más desolador: un punto. Padilla, lejos de frustrarse, dice que esa fue una gran enseñanza, que aprendió a entender que lo más importante no era el resultado. Ese año, con 16 años, se convirtió en la mejor del país.
En el 2000, el Gobierno le otorgó una beca para estudiar en la UAM. Se inclinó por ingeniería industrial. A Padilla, hija menor de dos profesionales, con carreras afines a los números, siempre le gustó la ingeniería. Recuerda que le dieron el dinero completo de la beca para los cinco años, entonces ella decidió cursar la carrera en tres años, lo consiguió con un promedio de 95.8 y nuevamente fue la mejor; parte del dinero la empleó en crear una empresa familiar con su hermano: importación de ropa de bebé, la que marchó bastante bien. Alternó la universidad con el trabajo. Pronto fue absorbida por Avon y luego por Enitel. Acompañó parte la transición de esa empresa a Claro.
Pero Padilla, que creció en Juigalpa, pero vivió y se desenvolvió sin complejos en Managua, tenía ganas de viajar y estudiar en el extranjero, por eso aplicó a la beca para España. En la universidad de Alcalá de Henares nuevamente volvió a brillar. Recuerda que las palabras de clausura del curso corrieron por su cuenta.
Ahora en Bélgica el estudio, todo en inglés, es bastante pesado, reconoce. Es mayor la exigencia, y es mayor su compromiso, dice esta muchacha que confiesa extrañar mucho a su familia en aquel país. “Aquí la gente es más cálida”.
Silvia Padilla tiene un físico frágil. Es delgadísima y menuda, dueña de una voz suave y calmante como de una monja. Embutida en un vestido azul y tacones rojos, con el pelo lacio cayéndole sobre los hombres, parece más una diseñadora de interiores que una ingeniera experta en materiales. No parece una nerd, una come libros, y probablemente nunca lo ha parecido, pero lo es. Dice que sus compañeras de clases le tenían una rabia secreta, porque sus mamás siempre la ponían de ejemplo. Sin embargo, en su defensa ella dice que “su competencia no es para mostrar que es mejor que nadie”.
Ver en la versión impresa las páginas: 3 A