Eliezer de Jesús Aburto Cortés fue alumno de la Escuela Normal Ricardo Morales Avilés, de Jinotepe, y en el 2005 se impuso como el mejor estudiante de las ocho escuelas normales del país. Aburto tenía 17 años cuando recibió el reconocimiento, 2,000 córdobas y otro regalo que todavía conserva: la computadora de escritorio, Pentium 4, a la que en cinco años sólo ha podido comprarle un ratón.
“Mi sueño era que me dieran una beca”, confiesa Aburto ahora —cinco años después—, sentado al lado de la acera de su casa, en un barrio recóndito de Jinotepe, hasta donde llegan los ladridos de su perro pastor alemán revueltos con los truenos de la banda escolar del colegio José de la Cruz Mena, que está a media cuadra de su casa, donde por las tardes permanece con su mamá. Con ese estrépito de fondo, Aburto ha estado haciendo un trabajo para la clase de base de datos en esta tarde de fines de agosto.
Aburto no esconde que esperaba más del reconocimiento como mejor estudiante. Una beca, sí. Una beca como la que logró el mejor estudiante de secundaria. Una beca para estudiar ingeniería electrónica en Managua, donde considera que son mejores las universidades. Pero cuando preguntó por la beca en la Escuela Normal no le dijeron nada. Hasta pensó en hacer gestiones con diputados, pero lo dejó ahí. “Aquí todo se mueve a través de partidos políticos, y yo no soy partidario de nadie, mi único partido es Cristo”, dice.
Todavía piensa que merecía la beca. Y, aunque dejó de preguntar, todavía la necesita. Son limitados los recursos en una casa de cinco personas en la que el ingreso oficial es de 2,000 córdobas, que es el sueldo de operario municipal —conserje— de su papá en la Alcaldía de Jinotepe.
Aun así, Aburto lleva cuarto año de informática en la sede de la UNAN (Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua), y su hermano menor estudia ingeniería industrial en otra universidad local. Su hermana mayor trabaja como maestra y su mamá cuida la casa.
Al anhelo de una beca, se suma el del trabajo. Aburto metió sus papeles en varias oficinas de Jinotepe, pero no consiguió nada. Todavía sigue buscando. Sólo un mes trabajó como maestro, cuando hizo una sustitución en una comunidad del municipio. A pesar de todo, dice que no está frustrado porque el mismo año que se bachilleró tuvo un “renacimiento”. Se produjo un cambio radical en su vida. “Dios tocó mi corazón”, dice. Se volvió evangelista. Sus horas de estudio las alterna con sus horas de evangelización. Asiste a una iglesia cercana, es líder de alabanzas de unos 100 muchachos. Le gusta la música y dice que le gustaría estudiar en el Instituto Internacional de la Canción con sede en Estados Unidos, adonde ya fue otro nicaragüense. Entre sus planes está dedicarse al ministerio evangélico.
Aburto, que nunca ha tenido novia, se viste y habla como un reverendo. “Para mí es un estilo de vida”, dice este muchacho que en su casa lleva unos mocacines rotos, pero que a la universidad asiste —al menos la noche en que se hacen las fotos para este reportaje— con su traje de pastor evangélico: un pantalón negro, camisa gris planchada con quiebres, corbata y su Biblia. Pide que se le haga fotos con la Biblia.
El normalista dice que su fuerte ha sido la matemática. Le gustan mucho los números. A veces imparte clases particulares a gente que lo busca. Sus profesores en la universidad dicen que es de los mejores estudiantes. Su promedio es de 86 puntos. Por ese puntaje le dan la beca B que entrega la Unan a sus estudiantes. Eso significa un estipendio de 420 córdobas cada dos meses.
Aburto no es el mismo bachiller de hace cinco años que se desilusionó cuando no logró la beca. En él hay muchas esperanzas y nuevos proyectos. “Con Dios no hay imposible”, dice, y también “la sabiduría” para alcanzar sus sueños, los que por ahora tienen un carácter más religioso que académico.
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