Fabiola Mena, la mamá de Guillermo Zepeda Mena, el mejor estudiante de secundaria del país en el año 2005, guarda en un álbum la foto del día en que su hijo recibió de manos del presidente Enrique Bolaños el reconocimiento como mejor alumno con un promedio de 98. En las páginas del álbum también figura una copia del acuerdo presidencial publicado en el diario oficial La Gaceta, que ratifica a Zepeda como el mejor expediente académico de ese año.
Zepeda tenía 16 años. En la foto del bachillerato se ve a un muchacho muy delgado y alto, con un gesto en la cara todavía infantil, vestido formal de uniforme azul y blanco, con la camisa bien prensada en la cintura. Entonces, faltaban unos meses para que se graduara como el mejor bachiller del colegio público Modesto Armijo, ubicado en la colonia Unidad de Propósito, de Managua. Todavía no estaba muy seguro de qué iba a estudiar, pero sabía que sería alguna ingeniería de las que ofrece la Uni (Universidad Nacional Ingeniería), donde pensaba que iba a estudiar porque era lo más cercano para el presupuesto de sus papás: ella, ama de casa; él, asalariado.
Además de la medalla, el diploma de reconocimiento, la computadora de escritorio que le dieron como premio, Zepeda recibió otro regalo: una beca completa para estudiar en la Universidad Americana (UAM), y eso cambió el curso de sus expectativas universitarias.
El Guillermo Zepeda de ahora es otro. Se ve mas alto, no es recio, más bien fuerte, con más carne en la cara que suaviza sus facciones, y con atuendo de universitario: camiseta y jeans negro y tenis. Con manillas de cuero en la mano derecha, y ni una en la zurda, la mano con la que escribe, este actual alumno de quinto año de ingeniería industrial de la Uam y tutor en Numeralia, que sabe inglés, estudia francés y japonés por su cuenta.
Zepeda, con 21 años, parece mucho mayor cuando habla.
Dice que su promedio es de 97 puntos en la universidad y que la mayoría de sus compañeros de clases, el 80 por ciento, calcula, viene de “familias esforzadas” como la suya, y muy pocos son los de familias “pudientes”. Que muchos de sus compañeros trabajan y estudian. Cuando acabe la universidad quiere irse del país. Piensa en Estados Unidos, “porque allá están las mejores universidades en administración”. Pretende buscar una beca para irse allá.
“Me gustaría incluso quedarme un tiempo fuera del país, pero volver a fundar una empresa, porque aquí las oportunidades son contadas”, dice, pero también porque piensa que es más importante generar empleos que ser un empleado más.
Zepeda reconoce que la universidad es más exigente que el colegio, pero dice que nunca ha estudiado tanto como la vez que se preparó para el concurso de mejor alumno. Esa vez fueron tres meses de estudios, repasando los conocimientos de todo el bachillerato, incluido el segundo semestre de quinto, que aún no había cursado. “Estudiaba de siete a siete”, dice este muchacho que en el aula se sentaba atrás, que era del grupo “de los invivibles” del Modesto Armijo, pero que tenía —tiene— la virtud de captar lo que explican los maestros.
“Tuve muy buenos profesores en el Modesto, ellos me ayudaron mucho”, dice el estudiante, que tiene especial agradecimiento con la Fundación Uno por costear los cerca de 3,000 dólares anuales que valen sus estudios (eso incluyó pago de universidad, bibliografía y viáticos de transporte).
Aunque piensa que en el Modesto Armijo logró una buena formación, Zepeda cree que la educación nicaragüense “es muy robótica”, que no enseñan a pensar a los estudiantes y le llama la atención que siendo este un tema sensible no haya suficiente inversión estatal. “La educación y la salud deberían ser las prioridades”, dice. Y su mayor crítica para las universidades es que no se promueve la excelencia entre los docentes. “En otras universidades del mundo uno ve que son las mentes brillantes los que están enseñando, aquí no siempre es así, aunque hay bueno profesores”, dice este hombrón de 21 años, que alguna vez desfiló como el mejor estudiante del país.
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