“Buenos días, me permiten…”

Aquí estoy. De pie frente a un grupo de desconocidos. En el justo momento en que debo hablar se cierra mi garganta, transpiran mis manos y las piernas me obligan a sentarme. Lo siento, no puedo.

Aquí estoy. De pie frente a un grupo de desconocidos. En el justo momento en que debo hablar se cierra mi garganta, transpiran mis manos y las piernas me obligan a sentarme. Lo siento, no puedo.

Pero tampoco puedo irme, mucho menos salir corriendo. Estoy junto al conductor de un bus en marcha. La ruta 163 para ser exacta, la que abordé en el sector de la iglesia El Calvario luego de ser vomitada por el coloso Mercado Oriental en cuyas entrañas revoloteé desde tempranas horas de la mañana en busca de mi mercadería del día.

Set de agujas con hilos, tijeras “mágicas”, curiosos lapiceros-calendarios y útiles plumas con lámpara. Media docena de cada uno están en mi bolso negro de tela a la espera de que alguien los compre. Hoy soy una vendedora más en las rutas de Managua.

9:00 a.m. Fracaso en el primer intento, es más ni siquiera lo intenté realmente. Me ganó una sensación que contrajo mi estómago, enrojeció mi cara y casi sin darme cuenta me hizo bajarme del bus en la siguiente parada. Suspiro, presiono mi rostro con las manos y recuerdo la frase motivacional del día: “La vergüenza se deja para robar”.

En la bahía, mientras espero, repaso mentalmente el discurso que he preparado, una parte aprendida de una vendedora que a diario me encuentro camino al trabajo, un puño de adjetivos que adornen mis productos y un toque de cordialidad.¡Píiiiiii!, me interrumpe el ronco pito de un bus blanco con franjas rojas, la ruta 123 me invita a subirme. Los asientos están llenos, el pasillo despejado y yo al frente, de pie viendo a todos los pasajeros para cerciorarme de que no haya nadie conocido. Tengo la aprobación del conductor quien ha callado por un momento los gritos de Paquita la del Barrio que salían de su estéreo.

“Buenos días, permítame presentar cuatro grandiosos productos…”, en menos de dos minutos solté el discurso con la voz entrecortada y la vista fija en una calcomanía de Porky que parecía burlarse de mí al fondo del bus.

Sólo una señora con sus dos hijos, un anciano y un par de chavalos me prestaron atención. Los niños se interesaron en las tijeras plásticas de colores, pero su madre compró el útil set de agujas, el señor quedó encantado con su pluma con lámpara y al final el par de muchachos resultaron más dispuestos a ver que a comprar. “Por la víspera se saca el día”, recordé otro dicho de mi abuela y los primeros 20 pesos de la venta parecían un buen comienzo.

En el sector de la Cancillería esperaba la cuarta ruta del día. Me acomodé entre los dedos cada uno de los productos, mi mano izquierda se convirtió en un mostrador y con la derecha me sostenía de los tubos en los que me balanceaba de un asiento a otro ofreciendo mis artículos.

“Deme unas agujas”, “enseñame el calendario”, “¿estas lamparitas se mantienen, andás de otro color?”, decían mis compradores.

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En la sexta ruta además de enfrentarme con el Alejandro de Lady Gaga, debía competir por la atención de los pasajeros con un predicador que ofrecía postales.

Me quedo recostada al tubo de la entrada y espero que el hombre termine su intervención. Saco del bolso más productos y los acomodo en mi mano. Él atraviesa el pasillo y no logra vender, pero consigue una que otra monedita “para ayudar a la obra del Señor”. Es mi turno. Afino la garganta, me sorprendo de oír la fluidez y claridad de mi discurso de venta. “Buenos días pasajeros, me permiten…”, mucho más relajada y locuaz, con un lleno casi completo del bus y moviéndome ágilmente por el pasillo lleno. Su par de pesos y mis 50 córdobas de ganancia. “Lo siento hermano, no es mi culpa que por esta vez les parezcan más atractivos mis productos que su sermón”, pensé mientras buscaba en mi bolso billetes para dar el vuelto a mis compradores.

Abordé cada ruta cuyo número fuera desconocido y mientras más lleno mejor. Además de un producto curioso y de calidad, hay que tener algo de orador para ganar la atención de los pasajeros sofocados o indiferentes, tener cualidades de equilibrista para no caer mientras mostrás el producto o das vuelto, hacer de megáfono para competir con el volumen de los estéreos y recurrir a uno que otro truco para enamorar al cliente.

No hay tiempo que perder, se acerca mediodía y tengo media docena de productos todavía. b

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