Para don José Ruiz todos los clientes son especiales, pero por Barbería Independencia han pasado algunas personalidades. “Tuve el honor en los 60`s de recibir a Carlos Fonseca Amador que pasó unas tres veces cuando andaba clandestino por Managua. Alexis

Una tradición de

¿Hace cuánto no veo una barbería de verdad? De ésas como a la que me llevaba mi padre religiosamente cada sábado. Un módulo del mercado adornado con dos pilares de franjas blancas, rojas y azules, espejos en la parte superior de la pared principal, dos abanicos de techo y tres sillas vestidas de cuero rojo por las que desfilaban los clientes, mientras los demás esperaban su turno leyendo el periódico, comentando la noticia del día, hablando de cómo les iba en la vida. Desde que caí en las garras de la máquina eléctrica en casa o en la facilidad de entrar a los populares salones de belleza unisex, he perdido la cuenta.

Mientras haya un buen peluquero y un amor por la tradición, la estética masculina conservará en ellas un rincón de vanidad, camaradería e historias que contar

Fotos de LA PRENSA/ Bismarck Picado/ Diana Nivia/ Cortesía

El espejo me ha estado susurrando que necesito visitar a un peluquero. El cabello largo y alborotado no muestra rastros del corte anterior y la barba crecida en estos últimos quince días es injusta con mi atractivo, haciéndome ver más flaco de lo que soy.

¿Hace cuánto no veo una barbería de verdad? De ésas como a la que me llevaba mi padre religiosamente cada sábado. Un módulo del mercado adornado con dos pilares de franjas blancas, rojas y azules, espejos en la parte superior de la pared principal, dos abanicos de techo y tres sillas vestidas de cuero rojo por las que desfilaban los clientes, mientras los demás esperaban su turno leyendo el periódico, comentando la noticia del día, hablando de cómo les iba en la vida. Desde que caí en las garras de la máquina eléctrica en casa o en la facilidad de entrar a los populares salones de belleza unisex, he perdido la cuenta.

El espejo me reflejó no sólo los estragos de una barba descuidada y mechas disparejas, vi también en un parpadeo a aquel niño recién peloneado invitándome al viejo lugar donde aprendió un poco del mundo de los hombres. Pero hoy no hay tiempo, debo ir al trabajo. Despierto con otro parpadeo y me arreglo como de costumbre, me lleno de gel las manos, las paso sobre la cabeza y los dedos surcan mi pelo oscuro haciendo de peine que lo moldea hacia atrás.

La nostalgia y la curiosidad me han ganado. De camino al trabajo emprendo la búsqueda por Managua, a ver si con suerte encuentro un par de barberías tradicionales. Hasta ahora sólo he visto barberías pintadas con grafiti donde jóvenes estilo Daddy Yankee son los anfitriones del lugar.

–¿Han oído de alguna barbería tradicional?– pregunto a mis amigos al llegar a la oficina; ellos, igual que yo, han dejado a un lado esas viejas costumbres por falta de tiempo o por facilidad.

–Dicen que hay un señor ahí por la P del H, es en una esquina creo, nunca he ido, pero he oído hablar de él, que es barbero desde antes del terremoto. En Monseñor Lezcano podés encontrar otras– dice como refiriéndose a una leyenda urbana.

En mi hora de almuerzo del viernes me doy una vuelta por el lugar. Ahí estaba. Don Ernesto Zapata haciendo guardia afuera de La Española. Un humilde local que ocupa la esquina de una casa verde estilo “mini falda”.

Se miraba fatigado, sentado en su silla a la espera de un cliente. Cuando me ve toma energía del aire, se levanta y saluda amable.

– Pase adelante caballero, póngase cómodo– dice mientras se dirige al mueble donde guarda sus utensilios.

– Gracias, hoy no tengo tiempo para quedarme, pero necesitaba confirmar la referencia que me dieron– le digo y prometo regresar con un amigo.

Al día siguiente, ahí está de nuevo. Sentado, un poco más relajado, pero sus 68 años no dejan de pesar. Vestido con guayabera y pantalón blanco, unos zapatos arrugados pero muy limpios, parecen haber vuelto a la vida con un toque de chinola blanca. Don Ernesto Zapata nos recibe como un barbero catrín.

Un par de niños, que llegaron acompañados de un señor, prefieren leer viejos pasquines de Condorito que encontraron en la mesita del lugar, mientras les llega su turno. Y aunque yo he resuelto a última hora no cambiar de look, luego del protocolo mi amigo se sienta de una vez en la silla y mientras lo atiende nos cuenta de su oficio.

– Ya son muy pocos los barberos tradicionales que quedamos – cuenta con una nostalgia que contagia. – Yo me inicié a los 17 años en la Barbería Zapata de mi padre, luego fundé La Española y después del terremoto del 72 que acabó con todos los negocios de la zona, tuve que trasladarme de la calle 15 de Septiembre hacia acá a La Tenderí. Con mi padre fuimos ocho peluqueros en su local, y en mi barbería llegamos a trabajar cinco. Fueron tiempos muy bonitos, las barberías eran un punto de reunión popular y los peluqueros éramos un referente. La Española sonó hasta en las radios, gracias a algunos clientes locutores que tuve. Se hablaba de noticias, temas cotidianos, confidencias, de todo. Ofrecían un ambiente para compartir, además de la buena atención y el servicio que se prestaba.

– Extraña mucho esos tiempos… ¿siente que están perdiendo clientela con los salones de belleza?– pregunto.

– Cuando estás enamorado de tu oficio y se vuelve tu forma de vida, ves las cosas de otra manera. Hay gente que siempre es fiel a la tradición, son menos, pero valen oro. Por mis tijeras han pasado hasta tres generaciones. Ahora la juventud busca lo moderno y está bien, lo que tenemos que hacer nosotros es aprender lo nuevo para mantenernos en el mercado– explica mientras pasa de la tijera a la navaja con la que le da forma a las patillas. —La tradición está en uno, en el servicio que ofrecés y en la buena atención que das, en que siempre estés dispuesto a escuchar porque también es parte de nuestro trabajo, somos peluqueros y confidentes, amigos del cliente.

Cepilla dando los últimos toques para definir el peinado de mi amigo y lo sacude con su brocha mocha de tanto uso, pero que todavía espolvorea bien el talco de bebé. La loción se le acabó, pero improvisa con un perfume barato. El servicio está completo y pregunta al nuevo cliente si ha quedado satisfecho.

– ¡Un gusto caballero, lo espero pronto!– se despide con una sonrisa y hace pasar el siguiente.

La barbería que fue su vida tiene un futuro incierto. Don Ernesto tiene cuatro hijos, tres varones y una mujer, uno en el extranjero y el resto son profesionales, dos trabajan en áreas que no corresponden a sus estudios. Nadie de su familia ha aprendido peluquería, él parece resignado y abre su negocio a diario con el entusiasmo del primer día… pero mucho más cansado.

Al otro lado de Managua, de la estatua de Monseñor Lezcano hacia el sur, la tradición continúa. La esquina abanderada con el trío rojo-blanco-azul habla por sí misma de un negocio próspero, que tiene una historia que contar.

El salón de esta barbería te da un paseo por la vieja Managua. En las paredes del lugar hay fotografías de las principales avenidas y edificios de los años de oro de la capital, cuadros llenos de fotos en diferentes épocas de barberías donde un particular personaje se repite. Es don José Alejandro Ruiz, uno de los fundadores de la Barbería Independencia.

Mientras suena en el lugar “ La cárcel” de Sing Sing en la voz de Alci Acosta, reviso lo que la mesa del lugar me ofrece como lectura. El periódico del día, unas cuantas revistas Magazine y una vez más me topo con el irreverente y clásico pajarraco naranja, una colección de pasquines de Condorito parece no faltar en las barberías clásicas.

Han pasado 15 minutos y en las cuatro sillas en la barbería está el segundo grupo de clientes. El piso se tapiza de pelos y en minutos Juan Ruiz, hermano de José, lo limpia. Todo comienza de nuevo.

Después del último ¡Plop! de la página de Condorito, escucho el saludo que esperaba.

“¿Cómo le va? Disculpe el retraso o más bien vino usted más temprano”, me dice don José vestido de guayabera blanca y pantalón café, justificando mi espera, en efecto son las 10:05 a.m. del domingo y estamos en el margen de la puntualidad.

“Bien, ¿qué quiere que le cuente? Yo me inicié por 1952 en Barbería Central de Chinandega, vine a Managua en el 55 y me profesionalicé en la barbería de Ramiro Miranda, pero fue hasta el 26 de marzo del 62 que con dos socios fundamos la Independencia, eso sí, vengo de la extrema pobreza y he pasado muchas cosas antes de llegar aquí”, dice satisfecho Ruiz, quien ha documentado bien su carrera barberil en las paredes de su negocio.

Pidió limosna en las calles de León junto a un ciego del pueblo, recogió dinero con un santo prestado, caminó descalzo hasta los 16 años y trabajó en una gasolinera. A los 19 decidió aprender la barbería para hacerle frente a la vida y comenzó ganando dos córdobas por cliente.

“Éste es un trabajo de prestigio y de calidad”, comenta, “al inicio fue duro porque yo era completamente desconocido y tuve que enamorar a los clientes para que confiaran en mi trabajo, más o menos al estilo de las vendedoras del mercado Oriental que te ofrecen sus productos. Tenés que ser muy cortés e inteligente, fijarte en lo que al cliente le gusta, luego tu trabajo habla por sí solo, que las personas esperen para ser atendidos por vos fue un gran logro, pero lleva tiempo, sobre todo mucho sacrificio y disciplina”.

Después de 50 años de trabajar como barbero, don José Ruiz tiene problemas en su brazo derecho y se ha retirado de la práctica, aunque permanece todo el tiempo en la barbería supervisando el trabajo de José y Orlando, sus hijos gemelos, un trabajador más y Juan Ruiz, su hermano quien se inició en la barbería La Española y se sorprende al escuchar que don Ernesto ahora está solo haciéndole frente a esta tradición.

Media hora más tarde unos tres grupos de varones han pasado por cada uno de los cuatro sillones. Adultos, jóvenes, señores y niños que ni se imaginan lo que hay detrás de las barberías, que no saben que en unos años serán parte de la tradición que los hijos de don José deberán continuar.

El piso se vuelve a tapizar de pelos y la magia comienza de nuevo, ahora al son de música instrumental. Don José se sienta, acomoda sus lentes e intenta recordar el nombre de una barbería tradicional que para él es más histórica, hace sus pausas para saludar a los clientes que llegan.

“La Española, así se llama, es un señor que comenzó con su padre en la famosísima Barbería Zapata”, dice con aires de triunfo por haber recordado a su histórico colega.

Se trata de don Ernesto Zapata, el mismo que se sienta todos los días afuera de su barbería para recordarle a Managua que la tradición sigue viva en cada uno de ellos. Mientras haya un barbero, habrá más historias que escuchar. Sentado en la silla de cuero rojo, viendo caer mechones cabello se reviven los sentimientos de aquellos que de niños visitaban con sus padres el rincón de caballeros. b

Barberos y confidentes b

La Prensa Domingo

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