No sé quién lo hizo, pero el que le puso “la computadora humana” al anotador de beisbol, José Ramón “Chelito” Mairena, sabía lo que estaba haciendo.
Mairena era eso, una computadora, a la que sin embargo, no afectaban interrupciones energéticas o caídas del sistema, a lo que responsabilizamos de cualquier dificultad, cuando aflora nuestro nivel de incompetencia.
“El Chelito” era un anotador de la vieja guardia, de los que sumaban y restaban averages equipados sólo con el grafito y su talento. Se formó junto a varios iconos en el rubro de la compilación, pero luego se movió sobre su propio camino y dejó huellas.
José Ramón fue de los primeros en sacarle el jugo a las estadísticas, manejadas con timidez, sectarismo y artesanalmente en nuestro deporte. Pero él siempre tenía datos de todo. Los jonrones de día y de noche, por la banda en que se dieron, desde el perfil que se batearon y el conteo en que se dispararon.
Habría sido interesante ver al “Chele” con la pasión que tenía por los números, manejando una computadora y sacándole provecho a todas las variantes que ofrecen la tecnologías. Pero no la necesitó para ser de los mejores anotadores. Le bastó su orden, método y organización para hacer su trabajo.
Pero más que un buen anotador, el que falleció ayer víctima de un paro cardíaco fue una buena persona, siempre dispuesta a compartir sus conocimientos y datos. La diabetes lo tenía atenazado desde hace rato y cuando se enojaba era cosa seria, pero nada le despojaba de su humildad, que fue en esencia, la virtud que mejor lo definió.
Igual que camarógrafos, fotógrafos y todas esas personas que hacen valiosas labores tras bastidores, los anotadores son gran soporte en las transmisiones deportivas al ofrecer las cifras que son la armazón en la que se sustentan argumentos y comentarios.
Ahora se nos ha adelantado en el viaje a la eternidad, pero dijo Da Vinci, “así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien empleada causa una muerte dulce”. Y así murió “el Chelito”, mientras dormía, pero se aseguró de dejar huellas indelebles.
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