A pesar de cierta mejora en energía y carreteras, nuestra economía sigue siendo la más pequeña del Continente, luce estancada desde hace un par de años, padece de un preocupante adormecimiento inversionista y no genera los empleos que la juventud demanda.
En paralelo, la cooperación internacional va de salida. Suecia, Finlandia y Reino Unido ya lo hicieron, Dinamarca lo anunció, mientras otros países cooperantes muestran profundo cansancio con nosotros.
Y en lo político hay cosas que caminan muy mal. Las instituciones del Estado han colapsado producto del pacto Alemán-Ortega.
De nada sirve un Consejo Supremo Electoral en que los ciudadanos ya no confiamos. Y poco aporta una Corte Suprema de Justicia que no sabe ni quienes la conforman. Unos dicen que los conjueces valen, otros que no deben estar los que tienen su período vencido.
Tampoco es útil una Asamblea Nacional donde el dinero pesa demasiado ante las ideas, o un Presidente que pareciera haber renunciado a abrirle espacios a Nicaragua, donde se concentra el 70 por ciento de la riqueza del mundo, Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y China, lugares que sacrifica por Abjasia y Osetia del Sur.
Nicaragua urge mejorar en muchísimos aspectos, y no es extraño que muchas personas tengan puestas sus esperanzas en las próximas elecciones. Siempre que hay una elección a la vista, las naciones que hemos experimentado la libertad y el progreso que genera la democracia nos entusiasmamos con la posibilidad de cambiar las cosas con nuestra participación a través del voto.
Pero la posibilidad de mejorar la situación por la vía del voto pareciera que no se va a dar en estas próximas elecciones. No mientras esté Hugo Chávez al frente de Venezuela.
Hay que decirlo con claridad: el presidente Ortega ha subordinado nuestro país a los intereses del presidente Chávez, y Chávez no quiere cambios en Nicaragua. Los cambios en Honduras le significaron un durísimo golpe al proyecto Alba, y es presumible que tenga puesta una enorme presión sobre Ortega para que, legal o ilegalmente, se presente como candidato y, teniendo los votos o no, se declare ganador en esas elecciones. Para ello sólo necesita que la Corte Suprema y el Consejo Supremo continúen subordinados a su voluntad.
La alianza que en la práctica conforman Chávez-Ortega-Alemán es un retén que nos impide avanzar como país. Chávez por arrastrar a Ortega comprando su gobierno por US$$350 millones cada año, una inmensa cifra cercana al 30 por ciento de los ingresos del Presupuesto Nacional. Ortega por su pretensión de ser presidente vitalicio a pesar que la Constitución se lo prohíbe por dos expresas razones. Y Alemán por haber pactado con el FSLN hace años y haberse luego sometido a cambio de su impunidad, y por insistir en ser el candidato del PLC, el partido en que se podría reunir una oposición como la UNO de 1990, pero en torno a alguien limpio.
El daño que esta combinación de intereses nos trae al desvirtuar estas próximas elecciones acelerará el desencanto de la cooperación internacional con Nicaragua. Y uno se pregunta: ¿qué va a pasar cuando, una vez reducida a muy poco esta ayuda de los países amigos, suceda lo que inevitablemente va a suceder en Venezuela? En el momento en que caiga el régimen chavista, aquí tendremos la tormenta perfecta: ausencia de ayuda de un lado y de otro, y poquísima inversión productiva.
Cuando esto suceda el actual gobierno no podrá hacerle frente a la situación fiscal financiera. Los déficits en la balanza comercial y en los presupuestos estatales serán inmanejables. Nicaragua entraría en una crisis de tal magnitud que solamente un Gobierno Nacional de amplio consenso podría sacarla adelante.
En esa situación, Alemán tampoco sería solución. Desaparecida la ayuda venezolana, Alemán no podría conseguir ayuda de ninguna otra parte. Basta recordar que Estados Unidos le quitó la visa y tampoco puede ingresar a ningún país de la Unión Europea.
Urge pues evitar este escenario que bien puede hundirnos en una mayor pobreza y empujarnos a la desesperanza profunda, terreno fértil para los planteamientos violentos. El único antídoto será, una vez más, la unidad nacional, como en 1979, como en 1990, en torno a unas pocas ideas aceptadas por una inmensa mayoría.
El actual gobierno del presidente Ortega es por ello vulnerable y débil. Sólo podrá fortalecerse buscando un fuerte consenso con la sociedad civil, las fuerzas políticas patrióticas, los empresarios, los trabajadores y la Iglesia, en torno a los objetivos que como Nación debemos compartir para progresar. Sólo así ganará la legitimidad necesaria para enfrentar esta tormenta en caso se presente antes de las elecciones.
Y sólo en ese espíritu es que unas elecciones libres podrían serle útil a Nicaragua, para sacar allí un gobierno que pueda enfrentar dicha tormenta si ésta se presenta del 2012 en adelante.
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