Francisco martínez en su ronda habitual en el sector de Jardines de Veracruz. laprensa.u. molina

A ritmo de mariachis

A pocos metros de ahí, donde al doblar la esquina todo cambia, dos muchachos con chalecos azules y letreros amarillos que los identifica como vigilantes de la colonia Maestro Gabriel, hacen parada en su tarea de rondar por las calles de esa colonia estrecha que se halla de los semáforos del Colonial hacia el sur.

La trompeta de un mariachi deja escapar sus quejidos en la rotonda de Bello Horizonte, donde suenan rancheras eternas. Los últimos noctámbulos se dispersan en los taxis, en las gradas de la rotonda o se largan con prostitutas recientes que deambulan frente a Rostipollo desde las seis. Hay quienes entran y salen de La Veranera, ese bar de dos pisos con aspecto de palomera que es el último reducto del jolgorio amanezquero de la zona.

A pocos metros de ahí, donde al doblar la esquina todo cambia, dos muchachos con chalecos azules y letreros amarillos que los identifica como vigilantes de la colonia Maestro Gabriel, hacen parada en su tarea de rondar por las calles de esa colonia estrecha que se halla de los semáforos del Colonial hacia el sur.

Los vigilantes intercambian palabras con el celador de un negocio cerrado, a veces se toman un café con él, y siguen su camino. Uno de ellos, voltea, en la bicicleta, por uno de los callejones. El otro sigue recto. Se oye un pitazo a la izquierda. Otro más hondo y lejano. Los celadores hacen las rondas nocturnas por las calles de este vecindario, donde hace año y medio, los únicos que circulaban por ahí eran mirones, rateros y asaltantes en motocicletas que aprovechaban horas solitarias de la noche, pero también de la mañana, entre las 7:00 y las 10:00, para arrancar cadenas y arrebatar bolsos a las mujeres de la colonia que iban para sus trabajos.

Como en otras partes, los vecinos se cansaron del asedio y se organizaron. Siguieron el ejemplo de la colonia vecina, la Christian Pérez, donde los vecinos montaron un sistema de vigilancia, con hombres que hacían rondas en bicicletas las 24 horas del día. Después de varios consensos, los vecinos se comprometieron a pagar una cuota quincenal para pagar a los vigilantes, la mayoría jóvenes sin experiencia, que no pudieron estudiar, o no consiguen trabajo en este país de desempleados.

Javier Calderón, de 23 años, es uno de los vigilantes actuales de la Maestro Gabriel, dice que la colonia es tranquila, y que él con su compañero permanecen atentos a cualquier movimiento raro.

Contrario a otros barrios, donde el vigilante es el cobrador, y el que garantiza las herramientas de trabajo, en este caso existe un comité de vecinos que lleva las cuentas del sistema de vigilancia. Un par de jubilados, Luis Padilla y Carlos Morales, son los que se entienden directamente con los vigilantes. Los que revisan las bicicletas, los turnos, las rotaciones en los turnos, el estado de los capotes, focos y machetes, el pago quincenal y vacaciones.

“Un problema que tenemos es que la Policía dice que si no hay denuncia, no se lleva al ladrón”, dice Javier Calderón. Cuando esto pasa, son ellos quienes se encargan de espantar a huelepega rateros que se resbalan de la bohemia de la rotonda. “Hay varios que se han perdido, que se venían a fregar aquí”, dice Javier quien ahora debe continuar con la ronda nocturna.

Puede interesarte

COMENTARIOS

  1. vicky Solis
    Hace 16 años

    Charles Bronson (el vigilante) necesitamos muchos como el, para acabar con esta lacra y hacerle un favor a la sociedad.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí