Cuando los convencionales del PLC proclama ron en julio su candidato a la Presidencia de la República, tanto el recién ungido contendiente Arnoldo Alemán, como Daniel Ortega, tuvieron razones para festejar. Manejando verticalmente los hilos de sus partidos cautivos y sin admitir competencia interna, ambos han logrado proyectarse como los candidatos principales en las próximas elecciones. Y ambos están encantados con esta perspectiva.
Alemán apuesta a que la mayoría del pueblo no tendrá más remedio que respaldarlo. Él sabe que ha perdido gran parte de la simpatía y apoyo del que gozaba cuando fue electo en 1996. Sabe que su colaboracionismo con la ascensión de Ortega y su enriquecimiento a la sombra del poder, han socavado profundamente su prestigio y popularidad. Pero piensa que ante el temor del orteguismo entronizado, muchos tendrán que preferirlo a él. Para disminuir la pena de votar por un candidato impopular, está alistando una campaña electoral aceitada por el remanente de los millones que sacó a Panamá, más los petrodólares que le otorguen sus aliados. Esto lo proyectaría como un opositor enérgico y quizás como una especie de Allan García, que vuelve a reivindicarse de sus desaciertos y corruptelas en una segunda oportunidad. Alemán quizás confía en que no se repetirá el ruinoso fenómeno de la división del voto opositor, ya que es la receta infalible para perder.
Ortega, por su parte, apuesta a que la candidatura de Alemán lo salvará del escenario que más teme: una oposición unida en torno a un candidato popular y carismático que captaría, sin mayores dificultades, más del cincuenta por ciento del voto. Robarse las elecciones en dichas circunstancias sería difícil y riesgoso. Su candidato ideal, por tanto, es alguien de bajo prestigio y que tenga las mayores probabilidades de producir divisiones o abstención dentro del voto opositor. Esto podría proporcionarle una victoria electoral limpia o, en el peor de los casos, hacer más reñidas las elecciones —en cuyo caso el robo sería más fácil y la reacción o costos del mismo menores—. La candidatura de Alemán es, pues, una pieza indispensable en la estrategia electoral de Ortega. Lo único que complicaría el plan serían unas primarias que produjesen un candidato distinto, capaz de aglutinar las simpatías del electorado opositor. En este caso habría que torpedearlas o desconocerlas, lo cual es relativamente fácil con la cooperación astuta de Alemán y otros aliados.
¿Cuál de las dos apuestas atribuibles a los candidatos es más realista? La repuesta puede facilitarse auscultando los sondeos de opinión. De acuerdo a la última encuesta de M y R, la población no identificada con el FSLN (67% de los respondentes) apareció distribuida en cuatro bloques: Los independientes o sin partido, 42.3 por ciento; los PLC, 14.8 por ciento; los MVE (Movimiento Vamos con Eduardo) y PLI, 7.8 por ciento y otros partidos 2.6 por ciento. Cuando se les preguntó cómo votarían en elecciones presidenciales, si los únicos dos candidatos fueran Alemán y Ortega, el 41.6 por ciento del mayoritario bloque de los independientes manifestó que no votaría por Alemán, contra un 15.4 por ciento que sí le daría el voto. Del gran total de votantes ajenos al FSLN el 34.1 por ciento afirmó que votaría por Alemán y el 33.3 por ciento afirmó que no lo haría. Un 32.6 por ciento no quiso expresar opinión. Cuando se les preguntó por quién votarían en elecciones primarias un 42 por ciento echó en la urna su voto en blanco (voto oculto). Dentro de los que escogieron candidato el 24 por ciento le dio su voto a Montealegre y el 13.6 por ciento a Alemán.
Es cierto que las predicciones de comportamiento político son difíciles. Pero lo que sugieren estos resultados es que aún en el supuesto de un mano a mano entre Alemán y Ortega, el potencial de absentismo opositor sería mucho mayor, en las próximas elecciones, que en cualquiera de las precedentes. Si además de esto la oposición se fracciona, los votos restados por la abstención y la posible participación de otros candidatos harían muy improbable que el primero obtuviese el margen necesario para asegurar su victoria.
Ortega, que lo sabe, está frotándose las manos y será el primero en procurar que su invaluable aliado mantenga su candidatura, independientemente de lo que puedan decir las primarias. Si corre para perder podrá ofertarle como premio de consolación: continuar como jefe de la porción minoritaria del pastel. Ortega no tendrá que insistirle. Alemán sabe que aunque al país le convenga cederle el paso a mejores opciones, a él personalmente le conviene correr, gane o pierda. Sólo una dosis de heroísmo y amor patrio excepcional podrían disuadirlo. ¿Pero la tiene?
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