Bertha Ochoa y Pedro Pablo Hernández muestran apesadumbrados la foto de su hijo asesinado, Joseph Hernández.  LA PRENSA/A. MORALES

La mala hora del periodismo hondureño

El día que murió su hijo, Bertha Ochoa fue la última en saberlo. Antes lo supo la radio, la patrulla policial que llegó a los pocos minutos al lugar del suceso, también las amigas nerviosas que llamaron a su casa para sondearla y su marido Pedro Pablo Hernández que estaba a su lado cuando la noticia dinamitó su cabeza...

El día que murió su hijo, Bertha Ochoa fue la última en saberlo. Antes lo supo la radio, la patrulla policial que llegó a los pocos minutos al lugar del suceso, también las amigas nerviosas que llamaron a su casa para sondearla y su marido Pedro Pablo Hernández que estaba a su lado cuando la noticia dinamitó su cabeza, esa primera noche del mes de marzo de este año: Joseph Hernández Ochoa, el mayor de sus dos hijos, de 26 años, estudiante del último año de periodismo, que hacía Encuentros, un programa televisivo de farándula en el canal 51, financiado por su madre, fue asesinado por unos sicarios que huyeron en motocicleta en la cuesta que conduce al barrio Los Chiles en Tegucigalpa, la capital de Honduras, hacia las ocho de la noche. Su cuerpo recibió 58 impactos. Hernández Ochoa se convirtió así en el segundo periodista asesinado en Honduras desde que asumió la presidencia José Porfirio “Pepe” Lobo, el pasado 27 de enero. Hasta ahora van nueve comunicadores, incluyendo a un locutor.

Desde entonces Bertha va todos los domingos al cementerio donde está enterrado su hijo, en las afueras de la capital. Este lluvioso domingo de junio acaba de volver, se sienta en el sofá de media luna que corona la sala de su casa, situada en la bajada de una calle sin asfaltar en un barrio popular de Tegucigalpa. Aplastada por el dolor recuerda la última vez que habló con su hijo Joseph.

—¿Qué onda hijito?— dijo Bertha a Joseph.

La llamada ocurrió a eso de la una de la tarde. Bertha dice que ellos se monitoreaban en el transcurso del día, con mensajes de chat o llamadas rápidas. Ella es supervisora de los mercados en la Alcaldía de Tegucigalpa y ha sido candidata a diputada dos veces por el Partido Nacionalista del actual gobernante José Porfirio “Pepe” Lobo.

—Todo bien, madre. Fíjese que hay bastante movimiento hoy.

—No te voy a hablar mucho, para no atrasarte mi rey.

— ¿Sabe qué, madre?, tengo ganas de comerme unos copetines con huevo (un plato casero hondureño).

La madre dice que su hijo estaba como misterioso porque ese día iba a darles la noticia, finalmente, de su contratación en el estatal canal 8, donde supuestamente haría un programa para promover las obras sociales de la Primera Dama. Aunque también dice que no hay constancia de ese contrato. Joseph habría correteado ese empleo durante meses, por eso se había acercado en los últimos días a Karol Cabrera, una polémica periodista conectada con personajes cercanos a Lobo. Cabrera es conocida en el gremio periodístico por sus ácidas críticas a la Resistencia, el movimiento político hondureño que apoyó al presidente depuesto Manuel Zelaya hace un año.

Leonel sauceda,  vocero de la Policía Nacional de Honduras.
LA PRENSA/A. MORALES

Cabrera, que ahora está asilada en Canadá, había sido noticia en diciembre tras el asesinato de una hija que murió embarazada. En los últimos meses, la periodista que algunos no dudan en tildar de “malcriada”, había sido amenazada de muerte y tenía guardaespaldas, que la noche del asesinato de Joseph Hernández ya se habían bajado del carro. Por este detalle, Berta Ochoa y Pedro Pablo Hernández están seguros que la lluvia de balas no iba para Joseph. Creen que su hijo fue un blanco equivocado. No hablaba de política ni de narcotráfico, temas espinosos para la realidad hondureña actual. Lo suyo era la farándula local, la promoción de obras sociales mediáticas. “No tenía enemigos”, insisten los papás mientras enseñan una foto de Joseph en la que aparece con lentes de contacto azules. Es la misma que Ochoa lleva estampada en su llavero.

PAÍS DEL CRIMEN

La criminalidad en el vecino país no es un detalle para menospreciar. Un informe reciente divulgado por la oficina de Naciones Unidas para el Crimen y la Droga asegura que Honduras, Guatemala y El Salvador, el llamado “Triángulo del norte” centroamericano, reportó tasas de homicidio entre tres y cinco veces mayor que México entre 2003 y 2008. Y según el informe, Honduras tiene una tasa de homicidios de 61 por cada 100 mil habitantes, superior a la salvadoreña que es del 52 y la guatemalteca, de 49. Y muy por encima de la mexicana, que según este documento divulgado a finales de junio, es de 12 por cada 100 mil. Mientras que en Nicaragua la tasa de homicidios estimada es de 13 por cada 100 mil habitantes.

“Cuando hubo el juego entre Honduras y México hace más de un año, aquí en San Pedro hubo 25 muertos en una noche”, dice la ejecutiva de una empresa gringa instalada en San Pedro, a 240 kilómetros al norte de Tegucigalpa, que no mira televisión nacional y que sólo enciende la radio para escuchar noticias de farándula.

Un reflejo de esa violencia cotidiana que aqueja a la vecina Honduras y que a ratos puede exagerar el imaginario colectivo son las portadas del tabloide El Tiempo, que cada día se definen con la cruda imagen del crimen más sonado la víspera.

Allí han reseñado las muertes de los periodistas asesinados en los últimos meses.

OTRAS MUERTES

Antes que Joseph Hernández, el 18 de febrero cuando Pepe Lobo no llevaba ni un mes en el poder, fue asesinado Nicolás Asfura, de 42 años, quien era periodista pero estaba dedicado en sus últimos tiempos al negocio de bienes raíces. Su cadáver fue encontrado en la bañera de su apartamento de la colonia Santa Bárbara, un barrio clase media de la capital hondureña. No le robaron nada. Quién y por qué lo mató, todavía es un misterio.

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“Todos aquellos periodistas que cumplen su verdadero trabajo de informar con transparencia, con objetividad, con responsabilidad al pueblo hondureño, no tienen ningún problema, ni lo tendrán”, dice Leonel Sauceda, el vocero de la Policía hondureña.

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En el mismo marzo, al otro día del novenario de Joseph, como si estuviera la mano de un sicópata detrás, el turno fue para el periodista David Meza, de 51 años, corresponsal de la emisora nacional Radio América y periodista de la estación local El Patio.

A Meza lo siguió un vehículo y lo acribilló cuando iba para su casa. Este homicidio ocurrió en la ciudad portuaria de Ceiba, capital de Atlántida, departamento del Caribe hondureño famoso por la isla de Roatán. Según reportes periodísticos, Meza había recibido amenazas de muerte tres semanas antes. “Era moderado en sus comentarios”, dice Andrés Pavón, presidente del Comité de Derechos Humanos de Honduras (Codeh), quien hace un recuento de los crímenes de los comunicadores ocurridos en los últimos meses.

Uno de los asesinatos más sonados fue el del periodista Nahúm Palacios, de 33 años, en la ciudad de Tocoa, departamento de Colón, al norte de Honduras. Palacios, director del canal de televisión 5. Como en el caso de Meza fue seguido en el trayecto a su casa. Los sicarios le dispararon con fusiles AK-47. Los tiros salpicaron a su compañera de vida que quedó en estado de gravedad y murió días más tarde. Palacios era crítico de la administración actual y de sectores de poder.

En los días previos al fatídico 14 de marzo había denunciado la expropiación y represión que sufrieron familias campesinas de la zona a manos de policías y militares, que según el periodista, obedecían a poderosos terratenientes hondureños como Miguel Facussé, pariente del ex presidente Carlos Flores Facussé. Palacios vivía bajo amenazas desde los sucesos del 28 de junio del 2009, por ello la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) había pedido medidas cautelares para el periodista, pero el Estado no lo protegió, dice Pavón.

Marzo acabó de ser negro para los periodistas hondureños con los asesinatos de José Bayardo Mairena y Manuel Juárez, descosidos por las balas el 26 de marzo, a eso del mediodía en el tramo carretero que une a Juticalpa con Catacamas, a 180 kilómetros al noreste de Tegucigalpa, en el departamento de Olancho de donde es originario Zelaya.

En este caso, de nuevo, los sicarios rafaguearon el vehículo en el que viajaba los periodistas que hacían juntos un programa de radio y televisión.

Los asesinos siempre van en carro. A Luis Chévez también lo mataron unos que iban en carro el 11 de abril. “El Huevo”, como le decían, iba saliendo de su casa cuando los tiros lo alcanzaron desde un vehículo. Chévez trabajaba como locutor por casualidad, pero en realidad estudiaba ingeniería. El crimen fue en San Pedro Sula, la ciudad industrial situada a 240 kilómetros al norte de Tegucigalpa.

A los pocos días, el 20 de abril, San Pedro fue escenario del asesinato de otro comunicador. Jorge Orellana, que era conocido por su programa televisivo “En vivo con Giorgino”, le pegaron un tiro en la cabeza. El asesino lo esperaba en el parqueo del canal donde trabajaba a eso de las nueve de la noche.

La última muerte fue en Paraíso, un poblado cercano a Las Manos, punto fronterizo con Nicaragua. A Mondragón lo mataron cuando salía del canal de televisión que dirigía. Y de la misma manera: a la salida lo esperaban sicarios.

EL MÓVIL: SER PERIODISTA

Cubrían temas distintos, tenían posiciones distintas, era un grupo de periodistas heterogéneos, sin embargo todos, por una u otra razón, fueron silenciados.

Andrés Pavón considera que estas muertes han sido trazadas por el mismo guionista. “Vamos hacia la mexicanización”, dice Pavón, refiriéndose al fenómeno de crímenes atroces que suceden en estos días en México por culpa del narcotráfico y del crimen organizado. Pavón no cree que se trate de homicidios aislados o que sean frutos nada más de la delincuencia común que azota al país por sus cuatro costados.

“Podrían estar ligadas a grupos que históricamente se han movido en el poder”, pero que no están satisfechos con los pasos que ha dado Lobo para estabilizar a Honduras. Recuerda que el mismo mandatario ha denunciado que están conspirando en su contra y que hay sectores interesados en echarlo.

Pavón cree que los asesinatos contra periodistas hacen parte de esa campaña contra Lobo, de esa “crisis” que se quiere crear a su alrededor.

Sin embargo, las autoridades son tajantes en desconocer el móvil político detrás de los crímenes. “Descartado completamente”, dice Leonel Sauceda, vocero del Ministerio de Seguridad de Honduras y aclara que en ese país hay un “total respeto por la libertad de expresión”.

Las autoridades hondureñas se inclinan más por el accionar de la delincuencia común, el narcotráfico y el crimen organizado.

Sauceda dice que el Gobierno se ha comprometido a aclarar las muertes. En ese sentido, el ministro de Seguridad, Óscar Álvarez, ha solicitado apoyo del FBI en Estados Unidos. De los nueve casos, hay cinco bastante adelantados, dice Sauceda y cuenta que se capturó al supuesto asesino de “Giorgino” Orellana, quien lo habría matado por robarle el celular.

CENSURAS Y LLAMADAS

“Hacer periodismo en estos tiempos aquí es duro y crítico”, dice Danilo Castellanos, periodista y director de Celibre, una organización de periodistas hondureños que trabaja por la libertad de expresión.

Castellanos dice que además de la censura impuesta por la violencia, por el miedo, existe mucha censura al interior de los medios hondureños, que se impuso sobre todo después del golpe ocurrido el 28 de junio del año pasado. Sin embargo, muchas de esas agresiones no se ventilan públicamente por miedo a perder un trabajo o a represalias.

En estos días. tampoco la prensa extranjera que llega a Honduras escapa al hostigamiento. Algunos corresponsales y enviados han recibido llamadas telefónicas con mensajes intimidantes que los obligan a largarse del país. Andrés Pavón dice que eso se ha vuelto una práctica común con la prensa extranjera y el propósito es, justamente, ése: espantarlos.

Sandra Ponce, fiscal de Derechos Humanos, dice que el problema de Honduras es un problema regional, sin embargo reconoce que en ese país hay una fuerte sensación de impunidad porque no se aclaran los crímenes.

GARANTIZAR LA VIDA

El pasado 3 de mayo, Día Internacional de la Libertad de Expresión, un puñado de periodistas hondureños se congregó frente al Congreso para exigir el derecho a la libertad de expresión y que el Estado garantice el derecho a la vida de los comunicadores.

“No llegó mucha gente pero tuvo eco en todos los medios”, dice la periodista Gilda Silvestrucci, quien dirige una revista en radio Globo y quien encabezó este plantón en el centro de la capital, muy cerca de la calle peatonal donde se mantiene un tren de gente entrando y saliendo de las tiendas o simplemente dando vueltas en el parque central que está frente a la catedral. En estos días de fiebre futbolera, por la Copa que se celebra en Sudáfrica, se han puesto pantallas y televisores gigantes para que los hondureños vieran perder a su selección.

Desde su programa, Silvestrucci es crítica de la realidad política y social de su país. Hasta ahora dice que no ha recibido amenazas, pero si sucediera pensaría en la posibilidad de solicitar asilo en el extranjero. Karol Cabrera, la periodista que acompañaba Joseph Hernández, fue asilada en Canadá. Desde allá sigue en contacto con los medios locales.

Mientras en Tegucigalpa, Bertha Ochoa, la mamá de Joseph Hernández, llama todos los días a la Fiscal que lleva el caso de su hijo para saber en qué punto va la investigación. Quiere saber si por lo menos le van a entregar el resto de pertenencias de su hijo como el celular y la billetera. Para ella, que a deshoras se encierra en la habitación intacta de su hijo, cualquier detalle de él es invaluable. Sin embargo, la última vez la fiscal le contestó que no podía atenderla porque tenía una cita médica, que la llamara otro día. Ella no quiere descansar, quiere ser la primera en saber quién y por qué mató a su hijo.

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