En España es conocido un dicho que refleja las profundas divisiones a las cuales se enfrenta el país ibérico. “En mi casa tengo dos banderas, la de mi pueblo y la de mi comunidad autónoma”, se dice.
No hay lugar para la bandera española. Pero el cabezazo con el que el defensa del Barcelona, Carlos Puyol, perforó las redes de la portería alemana y mandó a España a su primera final en una Copa del Mundo, congeló estas realidades divisionistas y le dio un lugar de honor a la bandera española en millones de hogares de la nación.
No importa si en éstos se habla catalán, andaluz, gallego, euskera, español. En todos gritaron con pasión y orgullo el ¡Gooooooooooool! del Tarzán del Barsa.
“Pensar que en Barcelona se iba a ver la bandera española ondeando en tantas casas, eso era inconcebible. Ahora es real, y todo gracias a un gol que metió un jugador de un equipo catalán”, nos cuenta con un poco de sorna el redactor jefe de la sección internacional del diario ABC, Esteban Villarejo, durante un almuerzo con un grupo de becarios que estamos asentados acá en Madrid, a 48 horas del día más importante en la historia futbolística de España.
Las consecuencias del gol de Puyol definitivamente van más allá de lo deportivo. Han provocado una tregua entre los diferentes grupos étnicos que conviven en este gran crisol de comunidades que es España.
No importa en dónde sea o qué idioma se hable, la camiseta roja de la selección es actualmente la prenda de ropa más popular en todos los rincones de la península ibérica. Y no sólo con los de adentro. También cobija a ecuatorianos, rumanos, marroquíes, argentinos, mexicanos, peruanos.
No importa si están de paso o si vinieron esperanzados en el boom económico que puso al país en el radar de millones de inmigrantes hace apenas cinco años. No importa si estos primeros apoyaron a sus equipos y lloraron cuando éstos se fueran quedando en el camino en este Mundial. Ahora que las lágrimas se secaron, y sus equipos volvieron a casa, pues toca entonces seguir el sueño de la Furia Roja.
Tampoco importa que este clima de prosperidad económica haya explotado a cual burbuja con el primer soplo de la crisis financiera internacional y en su desplome, a los primeros que haya arrastrado es a gran parte de estos millones de inmigrantes.
Las esperanza en un futuro mejor para ellos y el país que los recibió no claudican, y éste pasa por el triunfo de la Furia Roja. Una victoria clamada y exigida por 43 millones de españoles (insisto, no importa la lengua que hablen) y cuatro millones de esforzados inmigrantes.
Como me dijo un colega español, riéndose de mi evidente cara de sorpresa al presenciar todo el desmadre ocurrido con la victoria sobre Alemania: “Je, je, venga tío. Esto no es nada. Espera a ver cómo se va a poner este follón cuando ganemos la Copa”
Periodista de LA PRENSA que vive en Madrid desde hace 5 meses, como parte del Programa Balboa para periodistas latinoamericanos, que impulsa la Fundación Diálogos.
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