Edgard Rodríguez C.
En medio de un mundial rígido, con equipos que se escondían en un supuesto pragmatismo para no arriesgar y que estaban más pendientes de su portería que de la del contrario, España ha sido un conjunto diferente.
Los ibéricos han fusionado arte y eficiencia para deslumbrar al mundo, ganarse el respeto de los críticos y conquistar la admiración de sus oponentes, muchos de los cuales les pusieron más emboscadas que futbol, en su ruta hacia la final del domingo en Johannesburgo.
Y quizá lo que más impresiona de España es la dosificación de sus recursos. Ha ido de menos a más. Tras la caída ante Suiza, su nivel fue en ascenso. Y su brillo más intenso lo había reservado para el duelo crucial ante Alemania, donde fue un compendio de aciertos que enloqueció a los germanos.
A Alemania, tras robarle la iniciativa y también la inspiración, le quitó la bola y el espacio. Le bailó por un lado y otro hasta sacarla de balance con sus toques, paredes y triangulaciones que implican un gran riesgo por el nivel de precisión que se necesita, y además, lo hizo ante un equipo cuya munición principal es el error del oponente.
Pero España, que tiene un cerebral mediocampo, dispone también de maestría en el traslado del balón y con sus movimientos que parecen funcionar de manera automática, es capaz de tocar y tocar en busca del espacio y el momento para asestar la estocada, justo como lo hizo a través de Carles Puyol, en medio una defensa firme y espigada como la alemana.
Aun con demostraciones como la ofrecida por Brasil ante Holanda en el primer tiempo, el oficio exhibido por Chile ante los españoles, la tenacidad de los uruguayos ante Ghana, la firmeza de los alemanes ante Inglaterra y Argentina y el pragmatismo de los holandeses, ha sido España quien mejor ha jugado el balón entre sus pies.
Ahora le falta el último paso, el más importante de cuantos haya podido dar. El salto a la historia, a la gloria. Ése que les permitirá entrar de plano a la élite del futbol mundial, a la que se han asomado desde 2008, cuando ganaron la Eurocopa en Viena y dieron la impresión de haber exorcizado los demonios que les llevaban al fracaso constante.
Por delante aún les queda Holanda, que no se parece a la de Cruyff, que cambiaba de posiciones como fantasmas, con jugadores que aparecían por el sitio menos imaginado, y que aparte del marcador, también les importaba lo que se sentía en las tribunas.
Para España, Holanda no debe ser una misión fácil. Al contrario, la van a exigir bastante, pero después de quitar del camino a Alemania, sus acciones se han elevado, al igual que su espíritu y también su ambición.
Ver en la versión impresa las páginas: 3 C