Los niños que juegan en el parque Education Camps, en Johannesburgo, Sudáfrica, posan con Pieter De Klerk. LA PRENSA/L. PICADO

Atrapados por el futbol

No hay juegos en Johannesburgo y la final de la Copa del Mundo es el domingo en el Soccer City, pero en la ciudad siempre se siente el ambiente del Mundial. A dos calles del hospedaje se encuentra un parque que tiene como nombre Education Camps (Campos de Educación), donde se realizan pequeños torneos y además los niños y jóvenes llegan a divertirse y jugar futbol.

 


Enviada Especial/ Johannesburgo

 

No hay juegos en Johannesburgo y la final de la Copa del Mundo es el domingo en el Soccer City, pero en la ciudad siempre se siente el ambiente del Mundial. A dos calles del hospedaje se encuentra un parque que tiene como nombre Education Camps (Campos de Educación), donde se realizan pequeños torneos y además los niños y jóvenes llegan a divertirse y jugar futbol.

Veo a los alrededores y me encuentro con unos niños, quienes alegremente se encuentran jugando con un balón ponchado.

“¿Puedo jugar con ustedes?”, pregunto.

Uno de ellos se acerca con cara de incrédulo, preguntándose si yo realmente podía jugar.

“Si sabe jugar”, dice en tono retador, y acepto de inmediato.

Antes de prepararme para el duelo, llamo a mi amigo sudafricano Pieter De Klerk, quien completaría el equipo.

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  • Esta mañana en el Soccer City de Johannesburgo, Romario, una leyenda del futbol brasileño, se presentará a dar una conferencia de prensa a los medios para promover lo que será la Copa del Mundo 2014 en Brasil.
  • MILLONES DE NIÑOS APROXIMADAMENTE NO TIENEN ACCESO A LA EDUCACIÓN EN SUDÁFRICA POR ESCASOS RECURSOS ECONÓMICOS.
Posteriormente se trasladará a Alexandra, una de las comunidades más pobres de Johannesburgo, para sostener un partido con otras legendarias estrellas del futbol mundial, como parte del festival que Football for Hope promueve FIFA.

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A simple vista De Klerk no parece sudafricano, su acento de inglés, ojos verdes y cabello rubio lo hacen parecer que procediera de Inglaterra.

“No soy inglés, soy sudafricano, estudié dos años en Inglaterra y mis ancestros son holandeses”, aclara.

De Klerk es también el coordinador de transporte para medios en la Copa del Mundo de la FIFA, un trabajo muy agotador; así lo demuestran las constantes llamadas a su celular durante el partido, pero a pesar del poco tiempo aceptó la invitación.

“Estoy fuera de forma, así que me servirá jugar un poco”, dijo.

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Eran las cuatro de la tarde. Un árido campo, dos piedras a cada extremo y un balón ponchado fueron suficiente.

Los niños que jugaban no traían más que sus zapatos viejos, pero con toda la energía para hacer un buen partido.

“Pásamela, pásamela”, grita el más pequeño de todos. Viste un gorro negro y se abriga con un suéter viejo, los zapatos completamente bañados de tierra; pero su sonrisa es alentadora, parece moverse como un lince por los costados de la cancha, trae el futbol en sus venas.

“Vivo aquí cerca, en el Hillbrow, tengo dos hermanos grandes, pero ninguno de ellos trabaja”, comenta, mientras tomamos unos minutos de descanso.

“Casi todos vivimos allí, pero no es peligroso en el día. Lo más cerca para jugar futbol es aquí en Education Camps”, agrega otro infante, con apariencia de unos 10 años.

La pelota vuelve a rodar, el partido está empatado y he marcado dos goles.

“Me gusta cómo juega usted”, me dice uno de los miembros de mi equipo, mientras De Klerk sale del juego cansado y se dedica a animar y tomar fotos.

La cámara capta cada movimiento sobre la cancha y el paso que marca el balón sobre el suelo empolvado, así como las risas de esos niños que sueñan con ser estrellas del futbol.

“Quiero ser como Tshabalala”, confiesa uno de los infantes, mientras muestra cómo celebran los goles los sudafricanos, recordando el festejo de Tshabalala cuando le marcó a México en el partido inaugural de la copa.

“¡Gol!”, exclaman todos; marca el más pequeño de todos, el “Messi” sudafricano.

El resumen del partido: no gané el duelo, pero sí el respeto de los niños; marqué tres goles y De Klerk dos, con la invitación de regresar a jugar con los niños del Hillbrow, a quienes la pobreza no les arrebata los sueños ni la esperanza que les promete todas las tardes ese balón desinflado que se moviliza en las canchas de Education Camps en Park town.

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