Una dictadura es un sistema enfermo y todo lo que se opone a ella está perfectamente “sano” así describe la premio Nobel rumana Herta Müller en su novela Todo lo que tengo lo llevo conmigo el relato de la deportación a Ucrania, en 1945, de 100,000 rumanos de la minoría alemana y nos transmite la realidad de poblaciones enteras llevadas como botín de guerra a la Rusia de Stalin.
Pero si una dictadura es un sistema enfermo, eso quiere decir que el dictador es un ser insano. Un ser maléfico, desquiciado. Y el entorno que lo rodea es un entorno de enfermos mentales que sustentan de una u otra manera ese mal.
Cuando se repasa la historia de Nicaragua de los últimos cincuenta años, se llega a la conclusión que el costo humano, social, y económico, sin poder contabilizar lo moral y espiritual que se tuvo que pagar para salir de la dictadura de los Somoza y lo que vino después, es enorme.
La lucha contra la dictadura que costó tanta sangre, la desilusión de la Revolución que costó tantas vidas. La guerra fratricida, que cercenó tantas esperanzas nos llevó a concluir que pensar en dictadura en Nicaragua era algo impensable.
Y resulta que a la vuelta de la esquina, el señor Ortega nos viene con la propuesta de lo impensable. En un corto período de tiempo con sus acciones, con su política, con su terquedad y sus ambiciones ha desmantelado el débil y famélico Estado de Derecho que se venía formando en esta desgraciada patria, pretende alzarse como el Supremo. Como el gran Yo, encima de la Constitución y de las leyes.
Ejerciendo un control absoluto en todos los poderes del Estado, vía persuasión, amenaza, halago, chantaje, o simplemente ante la complicidad silenciosa de la mayoría. Ortega ha logrado hacer lo que todo dictador suele soñar: meter el miedo.
Los nicaragüenses ahora tienen miedo. Miedo a manifestarse pues saben que el orteguismo cuenta con turbas entrenadas y financiadas capaces de cualquier crimen.
Tienen miedo los estudiantes, los empresarios, los transportistas, los comerciantes y los sindicalistas. Tienen miedo los profesionales, los agricultores y los dueños de medios. Tienen miedo, la clase política y los intelectuales. El miedo ha calado y sigue calando mientras nosotros se lo permitamos.
Según me cuenta (yo estaba en el exilio) que cuando Juan Pablo II era llevado a la Plaza, en su primera venida, a medida que avanzaba se iba confrontando con fuerzas del Lugar Oscuro, con las fuerzas del mal. Alrededor de la plaza estratégicamente se habían colocado una gran cantidad de brujos traídos de todas partes de mundo para esa ocasión.
El gran Papa nunca tuvo confianza en él mismo movió el cayado no a la voluntad de su brazo y fue la diestra del Señor, y la luz de su rostro, quien decidió la victoria. El miedo fue alejado. Eso es precisamente lo que hoy necesitamos alejar el miedo que Ortega y todo su sistema nos provoca con la luz del Señor.
De una cosa debemos de estar claro. Ortega ha perdido la perspectiva de la realidad. Todo lo que está haciendo con los poderes del Estado, con las Alcaldías, con la Policía con el Ejército, con el dinero que recibe de Chávez, nos indica una sola cosa: es un enfermo obsesionado con el poder, un hombre consumido en una danza de embriaguez personal, un vanidoso.
La república en manos de un enfermo, cuyo único interés es saciar sus ansias de poder. Un megalómano rodeado de serviles, un pueblo hambriento, y una clase política acomodada a la prebenda, al chequecito, a la granjería, o al favor que protege algún pequeño desliz.
José Román, ese inmortal nicaragüense escribió una novela que tituló: Maldito País , era el clamor de los marino norteamericanos en la manigua de Las Segovias. Maldito País, que genera personajes como Somoza y Ortega, personajes míticos del pasado latinoamericano, que se apoderan y encierran a los países para cortarles sus destino, su futuro, su libertad.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A