Hay revoluciones más revolucionarias que otras. Entre las revoluciones de los últimos tres siglos algunas han establecido formas nuevas, o inéditas, de organizar la sociedad, pero otras han repetido lo caduco. Unas han avanzado la causa de la justicia y los derechos, mientras otras han reeditado viejas tiranías. La trascendencia o eficacia de una revolución habría que medirla en la medida en que logra sustituir un orden anterior, considerado muy defectuoso, por un orden mejor.
El orden viejo que ha dominado la historia de la humanidad ha sido el despotismo. Durante milenios la mayor parte de los pueblos, la mayor parte del tiempo, ha estado sometida al poder indiscutido de unos pocos, o de un rey o jefe absoluto. Lo verdaderamente tradicional ha sido la ley del más fuerte, los privilegios a los menos, y la negación de derechos a los más. Igual que ha sido tradicional dirimir controversias o sustituir gobernantes a través de la espada. Lo verdaderamente novedoso, lo revolucionario, ha sido pasar del despotismo a la libertad, del garrote al Estado de Derecho, de la desigualdad a la igualdad de derechos, de la violencia al diálogo y las urnas.
- Lo verdaderamente revolucionario ha sido abrir las puertas de la libertad en un mundo plagado de cadenas. Es esto el principio fundamental que da vigencia de la revolución americana.
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Si hubiese que señalar dentro de todas las revoluciones, aquélla que ha significado la más grande descontinuidad con el pasado y el alumbramiento de un mundo verdaderamente nuevo, ésta sería la revolución americana de 1776, que emancipó a los estados de la unión y cuyo aniversario se celebra el 4 de julio. Tras siglos de monarcas y regímenes absolutos, la revolución americana fue el primer gran experimento en gobierno republicano y la primera democracia duradera, y en gran escala, en toda la historia. Aunque existían precedentes republicanos en algunos cantones suizos y algunas ciudades griegas e italianas, ninguno sobrevivió tanto tiempo ni abarcó tanta población y territorios.
El hecho de que hoy sea tan natural hablar de estado de derecho, supremacía de la Constitución, soberanía del pueblo, poder limitado, pesos y contrapesos, derechos humanos y civiles, igualdad ante la ley, libertad de expresión y asociación, economía de mercado y representantes electos, nos dificulta percibir lo revolucionario que eran todos estos conceptos antes de 1776. Jamás, en los milenios de historia, una colectividad de hombres y mujeres había creado un sistema con tantas libertades y garantías individuales como el que se estableció en las trece colonias de la unión. El concepto de un poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, era profundamente innovador y revolucionario, en el verdadero sentido de la palabra.
La revolución americana fue la primera en proclamar los derechos “inalienables” del hombre y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Se adelantó a la revolución francesa pero, a diferencia de ésta, no decapitó a sus adversarios ni revirtió a nuevas formas de despotismo. En Estados Unidos, bajo un impulso libertario consciente de los peligros de la concentración del poder, se coartó considerablemente la potestad del estado mientras se empoderaba al individuo y sus asociaciones. Las nuevas instituciones democráticas se consolidaron con firmeza y todos sus 43 presidentes (Obama será el 44) se han ido a casa tras concluir sus períodos. Hoy la república norteamericana tiene 234 años. Sus instituciones y tradiciones políticas han inspirado las constituciones de casi todos los países, han terminado desplazando a las monarquías y autocracias, han resistido la prueba del tiempo y constituyen el paradigma político dominante. Sus adversarios, el comunismo, el fascismo, el nazismo, el populismo, y hoy, el islam radical, lo han atacado sin éxito.
Ante los avances liberales y libertarios de la revolución americana, las revoluciones comunistas —como la bolchevique de 1917, que duró 70 años, y la cubana de 1959, que está en su fase terminal— se proyectan como espasmos pasajeros que, lejos de empoderar a los pobres, restablecieron despotismos sin límites, reeditando de hecho el modelo de las monarquías absolutas. Trasnochados como Chávez dicen creer en ellas, en lugar de abandonarlas en el panteón de la historia.
Un valor o principio fundamental, que puede explicar la vigencia y eficacia de la revolución americana, es haber reivindicado el concepto de la gran dignidad del ser humano, dotado por su creador, como reza la declaración de independencia, de ciertos “derechos inalienables”. Entre ellos el derecho a la libertad. Abrir las puertas de la libertad, en un mundo plagado de cadenas, ha sido lo verdaderamente revolucionario.
El autor fue Ministro de Educación con doña Violeta.
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