DURBAN/EFE
En la grada del estadio Moses Mabhida de Durban, el color canario de Brasil estuvo reforzado por el tono que viste al seguidor sudafricano, empeñado en adormilar con el sonido de las vuvuzelas el ritmo de la samba.
Durban, la tercera ciudad en importancia de Sudáfrica, fue una fiesta en uno de los choques que marcó el cierre de la primera fase del Mundial. Todo será decisivo a partir de ahora. Pero mientras, este encuentro entre equipos de corte similar, estimuló el jolgorio previsto.
[/doap_box]
El partido más esperado ensalzó a esta localidad costera, animada por los turistas y con reforzada seguridad dada su mala reputación.
Brasileños y lusos aguardaban con pasión el duelo. Un envite de empaque dada la calidad de sus estrellas. Prematuro, eso sí. Distante del aderezo y la pasión que enciende una eliminatoria a cara o cruz.
Al margen del gasto sobre el césped, la rivalidad se contempló en la grada, donde casi todo era amarillo. Suele tirar de riadas de seguidores el deporte en Brasil, pero el futbol es casi un estilo de vida. Añade a su gloriosa reputación un permanente vivero de aspirantes a la gloria. Ansiosos de emigrar hacia una vida mejor. Es lo que les da el balón. El fruto está en el campo.
A la pasión añaden ritmo y simpatía. Es por eso por lo que el folclor, la otra razón existencial, anima sus vidas.
Hubo danza en Durban, sin plazas hoteleras desde hace días, reclamada por los seguidores cautos deseosos de echar el resto por contemplar un duelo que, lejos de la hermandad, dio la sensación de pretender ajustar cuentas pendientes.
Hubo samba en Durban a pesar de los intentos de las vuvuzelas. En el descanso de las cornetas que silencian el Mundial, el ritmo brasileño encontró su sonido. No paró el ritmo y no paró la afición, sometida a la euforia del espectáculo. A la fiesta en la grada.
Ver en la versión impresa las páginas: 7 C