Pretoria, Sudáfrica/EFE
En el transcurso de unas semanas, Lionel Messi ha pasado de ser un jugador criticado en su país por las mediocres actuaciones con la selección a tener las llaves del Rolls Royce en el que Diego Maradona quiere convertir a la albiceleste.
Criticado hace unos meses por no sentir la camiseta, por no conocer el himno argentino, acusado de ser el responsable de los problemas que tuvo Argentina para clasificarse para el Mundial, Messi ha pasado a ser la piedra angular del equipo, el vértice en el que pivota la selección.
El cambio lo propició su espectacular actuación contra Nigeria en el debut de Argentina en el Mundial, la media docena de ocasiones que se fabricó solito, gracias a su habilidad técnica, a la rapidez de sus regates, a su genial movimiento de piernas que rompió la defensa nigeriana.
Messi apareció como el líder que todo el mundo espera que sea Maradona, poco amigo de los rodeos, así lo señaló: “Argentina es un Rolls Royce y Messi lo conduce”.
Atrás quedó el debate, las dudas sobre su implicación en la selección, las patrioteras apelaciones al sentimentalismo que hirieron su orgullo, como confesó en una reciente entrevista.
Enterrada quedó la crítica por el aluvión de alabanzas, de hipérboles sobre su juego majestuoso.
Apareció el Messi del Barcelona, el que Argentina entera soñaba con ver vestido de albiceleste y se acabó el debate.
METAMORFOSIS
La metamorfosis —cuenta el propio futbolista— se produjo nada más llegar a Argentina para integrar el grupo que defiende los colores del país en Sudáfrica.
Se creó una química especial y Messi se sintió bien, tal y como es él, igual que se siente en el Barcelona, donde juega rodeado de los futbolistas junto a los que ha crecido en la Masia, la cantera blaugrana.
Y surgió el gran jugador que lleva dentro, el hombre capaz de ganar por sí solo un encuentro. Destapó el tarro de las esencias y Argentina se sintió aliviada.
También Messi, que “necesitaba hacer un buen partido” para borrar “la mala imagen de las eliminatorias”.
“Creo que algunos estaban esperando que hiciera un mal partido para empezar a matarme de nuevo. Entonces fue un desahogo y una tranquilidad en lo personal. Fue como sacarme un gran peso de encima”, se sinceró el jugador.
“Me afectó muchísimo todo lo que pasó. Cuando volvía a mi club, me la pasaba días sin querer hablar. La pasaba muy mal y, a veces, eso influía en los entrenamientos. En esos momentos, me ayudó mucho el técnico y mis compañeros en Barcelona. Me apoyaban y hacían todo para que me sintiera bien. Me escuchaban mucho. Lo superé con ellos y, especialmente, con mi familia, que siempre estuvo al lado mío y sabe bien lo que sufrí cuando se me criticaba por todo”, agregó.
Ahora amenaza el otro peligro, el de convertirse en demasiado importante, en abrir el debate de la “messidependencia”.
El jugador lo rechaza. “Sin equipo no se puede ganar. Necesito que mis compañeros me pasen el balón”.
Ante Nigeria el equipo fue él. De sus botas salió todo el peligro y, por sí solo, hizo olvidar los problemas tácticos que arrastró el equipo.
Pero Messi estuvo brillante. Fue un líder, el Maradona del 86 deseoso de convertirse en el hombre del Mundial.
“Mi deseo es ganar con la selección argentina este Mundial y haré todo lo que esté a mi alcance para conseguirlo”, afirma.
Maradona cuenta con él. “Quiero ganar el Mundial… y tengo a Messi”. Por fin lo tiene.
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