La planificación familiar

Trasladándome en la mañana a la universidad, con el sol pujante, aunque a veces tratando de contrarrestar las nubes grises que anuncian el próximo pencazo de agua, no dejo de apreciar la contaminación visual —entiéndase la abundante presencia de anuncios, comerciales situados en vallas publicitarias, paneles, murales, rótulos—, que suele alterar la estética y la imagen del paisaje (tanto rural como urbano) y que generan, a menudo, una sobreestimulación visual agresiva, invasiva y simultánea, afectando incluso a la salud de los individuos.

Trasladándome en la mañana a la universidad, con el sol pujante, aunque a veces tratando de contrarrestar las nubes grises que anuncian el próximo pencazo de agua, no dejo de apreciar la contaminación visual —entiéndase la abundante presencia de anuncios, comerciales situados en vallas publicitarias, paneles, murales, rótulos—, que suele alterar la estética y la imagen del paisaje (tanto rural como urbano) y que generan, a menudo, una sobreestimulación visual agresiva, invasiva y simultánea, afectando incluso a la salud de los individuos.

Pero ese día una de las vallas en uno de sus anuncios decía: “La planificación familiar, depende de los hombres”. Al leerlo vino a mi mente la palabra ¡atizas! (proviene del verbo atizar, sus acepciones: Remover o alimentar el fuego para que arda más; Hacer más fuerte o intenso un sentimiento o una discordia; Dar algo a alguien, generalmente negativo; Golpear a alguien), palabra poco común en nuestro argot (la he escuchado a algunos amigos y amigas de nacionalidad española), pero creo que se cumplían con ello todas las acepciones.

¡Que depende sólo de los hombres! ¿Y las mujeres qué? ¿Acaso no tienen el derecho de participar, de opinar, de tomar decisiones?, ¿de razonar y fundamentar como persona que no hay condiciones, bien sean económicas, laborales u otras, ni para tener un hijo, bien sea el primero o más? De darle rienda suelta a mi imaginación, pensaba en el hombre que llega a la casa y hoy desea tener relación con su pareja, y quiéralo o no, sin importarle la posición de su contraparte. ¡Qué clase de macho, troglodita!

Pero ¿por qué la necesidad de una planificación familiar? Con ello se evitan los embarazos involuntarios, causantes de casi una cuarta parte de todas las defunciones maternas de los países en desarrollo. El espaciamiento de los embarazos de dos años como mínimo, lo que ayuda a las mujeres a tener hijos más sanos; y contribuye a aumentar la probabilidad de supervivencia infantil en un 50 por ciento. Más opciones a la mujer producto del control de la propia procreación mediante prácticas anticonceptivas eficaces pueden abrirle las puertas a la educación, el empleo y la participación comunitaria. Se fomenta la adopción de prácticas sexuales menos arriesgadas.

Al aumentar el número de personas que optan por la planificación familiar, la fecundidad desciende y la población crece más lentamente. En el año 2000 la población mundial alcanzó los 6,000 millones de habitantes y cada año se agregan casi 80 millones más. De ocurrir un crecimiento lento de la población como efecto colateral beneficioso esto ayudaría a proteger el medio ambiente, posibilitaría la conservación de recursos, la protección de la pureza del aire y el agua, la reducción de la presión en las ciudades y ayudaría a evitar conflictos; pero también ayudaría al desarrollo. ¿Cómo es eso? Ayuda a ganar tiempo y, con más habitantes en edad productiva, proporciona un dividendo demográfico que puede invertirse en educación, creación de empleos, atención sanitaria y otras actividades destinadas a elevar el nivel de vida. Estimadas instituciones u organismos que publican anuncios semejantes, como el de la fatídica valla mencionada al inicio, por favor, ¡sean más cuidadosos!

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