Enviada especial/ Johannesburgo
Es domingo en Johannesburgo, no hay juegos en la ciudad hasta el lunes. Los turistas en el hospedaje se alistan para visitar los lugares más atractivos, la única opción es en taxi, el único y escaso transporte para ir seguro al centro de la ciudad.
Un poco de calor por fin se siente en la mañana, pero aún el viento frío golpea el cuerpo del que no está abrigado.
- Las noches son muy largas en Johannesburgo, por cualquier lugar hay fiestas que se extienden hasta al amanecer, los aficionados latinos se han encargado de ser los protagonistas de ellas. Cualquier excusa de futbol, ya sea victoria o derrotas, sólo es el pretexto para tomar , festejar. El Mundial ha puesto a bailar a todos.
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Un fuerte dolor de estómago me arrincona en la cama, una clara señal de mi gastritis. Busco en mi maleta la medicina, pero la pastilla no hace el efecto que esperaba, mientras el dolor sigue su curso. Dos horas después pienso: “Es momento de ir a un hospital”.
Milagrosamente, cerca del hospedaje quedaba un hospital, saqué mi seguro de viajero y lo presenté. No sé si por ser turista, pero el doctor me atendió de inmediato y una jeringa cruzó mi brazo izquierdo, la inyección cayó como un calmante, después el dolor desapareció.
—“Cuídese, coma bien y no trabaje tan fuerte, eso es estrés”, me comentó el doctor.
Al mediodía, ya mejor de salud, miré a unos aficionados que se alistaban para ir al centro de la ciudad.
— ¿Vamos a la Plaza Mandela?, me pregunta un mexicano, otro de los muchachos con los que comparto la habitación.
—Le contesté afirmativamente, el viaje en grupo hace más barato la tarifa en taxi.
El precio salió por los 350 rands, casi 40 dólares, un equivalente a los 845 córdobas o más. En Plaza Mandela Square todo es fiesta y elegancia, es el sector élite de Johannesburgo.
Allí están los hoteles de lujo, centros comerciales de las grandes marcas, desde Armani hasta Dolce and Gabana, restaurantes VIP, todo lo contrario al otro lado de la ciudad, donde está el proletariado ganándose la vida con trabajos fuertes, sobreviviendo con lo poco que tienen bajo un techo sencillo.
Al costado de la gran estatua de Nelson Mandela se pueden ver unas escaleras y de frente y a los costados unos restaurantes llenos de aficionados de distintos puntos del mundo, pero el domingo hubo una barra diferente, una barra verde amarilla, llena de ritmo y alegría. Sí, había llegado la samba a la plaza, los brasileños y
a llegaron a Sudáfrica.
—“Con permiso, ahora nos toca a nosotros”, dice un brasileño, que carga un timbal entre sus manos.
—“Ahora será samba Mandela, vamos todos”, vuelve a decir el mismo brasileño, llamando al público de la plaza para que se reuniese a bailar.
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