JOHANNESBURGO/AFP
«Ya está, el Mundial ya está aquí», dice Josiah Motswaledi, un sudafricano del barrio pobre de Soweto que, como muchos otros jóvenes de su país, lleva una camiseta de la selección nacional, los ‘Bafana Bafana’, y se dispone a celebrar por todo lo alto el Mundial de fútbol.
Con una peluca con los colores de la bandera, Motswaledi formaba parte de los 76.000 fans que acudieron el fin de semana pasado, vestidos de verde y amarillo, a inaugurar el nuevo estadio Soccer City de Johannesburgo, un recinto en forma de calabaza que acoge el próximo 11 de junio la apertura del evento.
Aunque el partido que se jugaba era poco importante, para los hinchas era una excusa para estrenar sus magníficos atuendos, con pieles de leopardo y ‘macarapas’ (cascos de minero decorados).
Por todas partes flotaban banderas de la Sudáfrica democrática y las ‘vuvuzelas’, las trompetas de plástico típicas de los estadios sudafricanos, soltaban su ruido ensordecedor.
Poco a poco, la fiebre del fútbol está invadiendo el país. Incluso en los barrios blancos, que suelen ignorar el deporte que apasiona a la población negra, parecen compartir la emoción que suscita el Mundial.
En Johannesburgo, en Ciudad del Cabo o en Durban no hay un sólo lugar donde los vendedores ambulantes no ofrezcan banderas de las 32 selecciones participantes o fundas para retrovisor con los colores de los ‘Bafana Bafana’ (los ‘chicos’, en lengua zulú).
Las vuvuzelas empiezan a oírse ya fuera de los estadios e incluso el tiempo parece estar a favor: las lluvias que duraron de enero a abril han dejado paso un cielo despejado e iluminado por el sol del invierno austral.

Sin embargo, no todo ha sido fácil. La venta de entradas tardó mucho en despegar por culpa de un sistema de compra complicado a través de Internet, en un país donde sólo la élite dispone de ordenadores.
Los sudafricanos sólo empezaron a comprar masivamente a mediados de abril, cuando la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) decidió lanzar la venta directa, con tanto éxito que los ordenadores no resistieron.
Hoy casi las dos terceras partes de los 2,8 millones de billetes disponibles ya están vendidos en el país, el primero de África que acoge un Mundial.
Esta pasión nacional contrasta con la indiferencia de los visitantes extranjeros, muchos menos de los que estaban previstos, y que dudan en viajar a Sudáfrica.
La distancia, la crisis económica mundial y los precios desorbitados que piden los hoteles desanimaron a muchos visitantes, que 300.000 y no 450.000 como se esperaba.
Muchos de los que veían en el Mundial una gran oportunidad de negocio lo tendrán menos fácil de lo previsto, empezando por la multitud de vendedores ambulantes que la FIFA prohibirá durante el evento.
Las normas de la federación harán desaparecer del paisaje a las «mamas» que suelen estar en los aledaños de los estadios y venden carne asada con un caldo de maíz, o a los chicos que ofrecen cigarillos por unidades y sorbetes en polvo.
Estos lugares estarán reservados durante el Mundial a los patrocinadores oficiales.
«Tendría que haber sido una experiencia genuinamente sudafricana», lamenta Amos Ndlovu, que vende salchichas y costillas en el estadio de Ellis Park, en un barrio popular de Johannesburgo, desde hace 14 años.
«Sin embargo, estamos contentos de compartir nuestra manera de vivir con los extranjeros, que no tienen ni idea por ejemplo de como utilizar una cabeza de cordero», sonríe.
