Un residente de Constitución observa una casa destruida por el terremoto cuyo epicentro fue a 115 kilómetros de esa ciudad. Fotos de La Prensa/Lesly Medina y Agencias

La vida después del Juicio Final

Casi tres meses pasaron desde que Chile vivió uno de los peores terremotos desde que se tiene registro de estos fenómenos. Y aunque los días van alejando de la memoria aquel 27 de febrero, las réplicas aún mantienen en zozobra a los habitantes de este país altamente sísmico, tanto así que algunos extranjeros residentes empacaron sus maletas y decidieron decirle adiós para siempre a esta tierra. Algunos se fueron porque lo perdieron todo, otros porque no quieren repetir la experiencia: ecuatorianos, peruanos, alemanes, e incluso algunos haitianos que salieron huyendo del desastre ocurrido en enero en tierras caribeñas.

Por Lesly Medina Aguirre.- Casi tres meses pasaron desde que Chile vivió uno de los peores terremotos desde que se tiene registro de estos fenómenos. Y aunque los días van alejando de la memoria aquel 27 de febrero, las réplicas aún mantienen en zozobra a los habitantes de este país altamente sísmico, tanto así que algunos extranjeros residentes empacaron sus maletas y decidieron decirle adiós para siempre a esta tierra. Algunos se fueron porque lo perdieron todo, otros porque no quieren repetir la experiencia: ecuatorianos, peruanos, alemanes, e incluso algunos haitianos que salieron huyendo del desastre ocurrido en enero en tierras caribeñas.

Para los nicaragüenses que viven en Chile la historia es otra. Algunos que tienen más de veinte años de residir aquí, otros con menos tiempos, pero con igual firmeza no quieren abandonar lo que el terremoto dejó en pie. En general, los nicas que vivieron el terremoto no sufrieron graves daños. La Embajada nicaragüense en este país reporta que de los 150 inscritos en febrero ninguno tuvo pérdidas humanas. De los daños materiales informan que uno perdió su casa, otros sufrieron daños menores en viviendas y negocios. Todos ellos decidieron reconstruir, igual que lo están haciendo las zonas afectadas.

En Talca, capital de la Región del Maule o VII Región, una de las más devastadas, encontramos a Martha Siles quien tiene 21 años de haber emigrado desde Managua y quien busca junto a su marido chileno solventar las pérdidas de la óptica que poseen desde hace cinco años.

Al recorrer las calles de esta ciudad, ubicada a 300 kilómetros de Santiago, con sus otrora casas tradicionales de adobe, se aprecian viviendas derribadas por furiosos movimientos que hicieron sucumbir años de historia y de vida. Hay cuadras completas repletas de escombros o de fachadas vacías, son sólo paredes sostenidas tal vez por recuerdos que se niegan a desmoronarse, pero que se ven atravesadas por grietas irreparables. Observarlas estoicas, aferrándose a la más pequeña viga o negadas a soltarse de una cornisa resquebrajada deprime a cualquiera.

Aún no se tiene datos precisos sobre la cantidad de daños en infraestructura y el costo de las demoliciones. Algunas cifras publicadas en diversos medios chilenos hacen referencia a que 2 mil 400 viviendas en Talca tienen orden de demolición y que los damnificados ascienden a 15 mil. El alcalde de la ciudad, Juan Castro, aseguró a la prensa que entre demoliciones y retiro de escombros se gasta diariamente 113 millones de pesos chilenos, unos 200 mil dólares.

Martha asegura que ella, al igual que los otros nicaragüenses que viven aquí, no puede deprimirse. Por las mañanas ya se acostumbraron a oír ese sonido molesto de las mezcladoras de cemento. Trac, trac, trac… suena en cada esquina insistentemente. Esas máquinas van dando vueltas y revolviendo cemento, arena y hormigón indolentes al frío y la neblina que por la mañana se apodera de esas calles fantasmales, como si hubieran sido devastadas por una guerra.

Todos se habituaron a ver por las avenidas —donde antes había vendedores ambulantes o comerciantes de negocios heredados por familias y que orgullosos abrían de par en par las puertas de sus comercios— a hombres uniformados de azul, amarillo o simplemente con esos jeans y camisas mangas largas que usan los albañiles, trabajar largas jornadas ayudando a esas paredes que se resisten a caer para dar paso a una nueva casa, oficina o negocio que tendrá una nueva historia.

Por los barrios del sector centro sur de Talca y los aledaños al Mercado Centro no quedan más que escombros en los que miles de ojos se posan tratando de recordar su belleza antes del 27 de febrero.

A lo largo de una carretera amplia y céntrica se ubica la óptica Quezada y Siles (Q&S). Por fuera es un edificio esquinero de dos pisos azul y blanco, como la bandera nica, sin ningún daño. Por dentro un reforzamiento de madera en la pared que colinda con la desaparecida casa vecina y un plástico negro cubriendo una enorme ventana dan cuenta de algunos de los daños que sufrió la construcción. Pero todas son reparaciones menores.

Martha Siles en la óptica de Talca, que junto con la sucursal de Concepción y Chillán dan trabajo a 14 personas y generan aproximadamente 200 mil dólares al año. 

Los daños preocupantes que dejó el sismo se dejaron sentir en las ventas de anteojos. La mayoría de clientes de la óptica Q&S son estatales, pero con los daños sufridos en muchos de los entes del Estado el negocio ha mermado. Martha y su esposo se las ingenian para atraer compradores y así cubrir los gastos de los 14 empleados y dos sucursales con que cuentan. Han puesto anuncios en radio, recortado gastos y han optado por no despedir a nadie como sí ha sucedido en otros negocios y empresas.

Según cuenta esta mujer de tez blanca, ojos claros y estatura media, el fenómeno natural les dio una gran lección. “Para qué vas a desgastarte acumulando bienes si no los puedes compartir, si no los puedes disfrutar”, confiesa.

Son las tres de la tarde en Talca. El día está nublado. El clima rememora las frescas temperaturas del Norte de Nicaragua. Pasando el centro de la ciudad se divisa una zona residencial. Una de las casas de dos pisos y color rojo es la de la nicaragüense. La cómoda sala es testigo de las reuniones de compatriotas que a menudo se visitan.

En las paredes y muebles aún quedan algunas artesanías compradas en los Pueblos Blancos, las otras se rompieron con los furiosos saltos con que sorprendió a esta familia el terremoto.

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Según los últimos datos entregados por el gobierno del presidente Sebastián Piñera, el terremoto dejó 486 muertos y 79 desaparecidos; afectó a más de dos millones de ciudadanos, dañó o destruyó definitivamente 370 mil viviendas, 73 hospitales, 4,012 escuelas… con un costo cercano a los 30 mil millones de dólares.

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Durante los 2 minutos y 45 segundos que la tierra se movió y junto con ella la casa de dos pisos de Martha, su marido y dos de sus hijos se reunieron en el lugar más seguro de la casa: un espacio de pocos metros donde todos cabían de pie, uno junto al otro. El hijo mayor del matrimonio, quien es arquitecto, había definido el lugar como el que mejor soportaría un sismo.

Pero el susto no terminó con el cese de los movimientos. Una hija estaba fuera, ese día había salido a bailar. “Estuvimos algunos minutos sin saber de ella. Fue muy angustiante. Regresó como a los 15 minutos”, relata.

Y cuando creyeron que todo estaba en calma, unos gritos, llamas, sirenas y disparos les hicieron ver su error. A pocos metros de la vivienda se encuentra ubicada la cárcel de Talca. Desde el jardín pudieron apreciar el fuego que provenía del centro carcelario. Aprovechando el revuelo, los presos incendiaron colchones para distraer a los guardias y así intentar huir.

“Parecía una guerra, como en Nicaragua, todo era destrucción. Los helicópteros pasaban y las luces te cegaban y alumbraban todo el patio”, recuerda.

Mientras esta mujer de 40 años recuerda su experiencia suena el timbre de la casa. Al abrirse la puerta entra un hombre cuarentón, gordito, de bigotes y cabellos rizados. Es Juan, quien hace cuatro años se radicó en Talca.

Él toma una taza de café que descansa en la mesa. Está caliente, el humo sale a borbollones e inunda la sala, sorbe un poco y habla sobre la venta de gas que tiene en Constitución.

Juan, ex militar, viaja casi a diario 113 kilómetros para atender su negocio en Constitución. De las ciudades que además del terremoto sufrieron un tsunami ésta fue de las más golpeadas. Según cuenta, el lugar se convirtió en un cementerio de casas. Las imágenes televisivas presentaban esqueletos de lo que antes eran llamativas viviendas. Localidades que sedujeron a turistas a atiborrar los hospedajes y lugares cercanos a la playa, ahora son pedazos de maderas inertes, que de tanto en tanto se mezclaron con los restos de otras casas y ahora se desconoce a quién pertenecen.

Juan fue uno de los pocos con suerte. Su bodega de cilindros de gas no sucumbió y ni siquiera fue tocado por las heladas aguas que como visitante inoportuno entró y se llevó a su paso todo lo que encontró: personas, televisores, vehículos, animales, camas…

La bodega es como un cuarto grande forrado de maya. Ahí se acomodan los cilindros de gas que tuvo que trasladar dos días después del terremoto para evitar que fueran robados. Contiguo a la bodega hay una pequeña oficina donde Juan lleva el control de lo que vende, lo que necesita comprar, las ganancias y los números rojos con que se ha visto afectado luego del terremoto. En promedio —explica— si antes vendía seis cilindros, ahora logra vender solamente tres. Su esperanza para mejorar el ingreso de dinero es el invierno, momento en el que debido a la necesidad de calentarse se necesita más gas para las estufas.

Alcides Canales, Angélica Salgado y Brenda Canales Salgado en su nuevo hogar, luego que la municipalidad de Santiago declarara inhabitable la casa en la que vivían antes del 27 de febrero. 

El ex militar da gracias a Dios que el 27 de febrero se encontraba en casa, pues algunas veces debe quedarse en Constitución. Esa madrugada se despertó inmediatamente y con el entrenamiento militar en el cuerpo, luego de verificar que su esposa y tres hijos estaban bien, se comunicó con el resto de nicas residentes en la ciudad antes que colapsaran las comunicaciones. Asegura que no sintió miedo, pese a que éste fue más fuerte que el sismo que azotó a Managua cuando vivía en el barrio San Sebastián en 1972.

Talca, junto con dos regiones más, fue declarada con estado de excepción, lo que significa que en casos de desastres el cuerpo militar toma el poder para evitar desmanes, pillajes y así mantener el orden. Previo a la llegada de los militares y tras la noticia que los presos intentaron huir, los vecinos se organizaron y durante dos noches hicieron vigilia para proteger las pertenencias que el movimiento telúrico no les arrebató. “Me acordé de los tiempos de la revolución, de la vigilancia revolucionaria”, afirma Juan. Dos días después llegaron los militares y se iniciaron los toques de queda.

Las réplicas post terremotos obligaron a la gente a acampar en los jardines, en los parques y otros se alojaron en casas de familiares, vecinos o en los vehículos. Así vivieron durante dos días la familia de María Eugenia Mendoza, nicaragüense que hace 11 años vive en Talca. La falta de agua, luz y gas tampoco ayudó a hacer habitables las viviendas que quedaron en pie.

Ella explica que su marido, su hijo de seis años y ella durmieron dos noches en el carro, pasaban el día en el jardín y si tenían que entrar a la casa lo hacían rápidamente. Su miedo lo debe al desplome del techo de la sala. Dice que creyó que no saldrían con vida.

Durante el sismo los dos despertaron por los movimientos que hacían bailar la casa de uno a otro lado. Recuerda que corrieron hacia el cuarto del niño, el crujir de las paredes y la imposibilidad de mantenerse en pie no fue lo peor que vivieron, la desesperación y el nerviosismo se agudizó cuando la pared del vecino cayó sobre el techo de la sala de su casa. Un golpe seco, fuerte y estridente echó abajo unos veinte metros de techo. Y entonces su corazón se aceleró más y se aferraba a su hijo y marido creyendo que el resto de la casa también sucumbiría. De repente todo paró. Tras la sacudida una estela de polvo inundaba cada espacio de la casa, al menos se podía sentir, pues la falta de luz impedía ver los daños. Entre la oscuridad y la polvareda intentaron salir del lugar, pero el desplome había dejado pilares de madera quebrados bloqueando la pasada. La favorable altura y fuerza del marido chileno de la nicaragüense ayudó a sacar los escombros del camino. Al fin se sintió aliviada.

Una angustia similar experimentó otro nicaragüense residente en Santiago. Alcides Canales, de 43 años, vio sucumbir el techo de la casa en la que vivía sobre su cama. Según relata debido a que creyó que un animal le recorría el cuerpo se despertó minutos antes que todo comenzara a moverse. La sensación no lo dejaba conciliar el sueño, por ello pudo reaccionar rápidamente y junto a su esposa saltó de la cama y corrió hacia la puerta que daba a la calle. Enseguida que salieron de la cama, el techo cayó sobre ella.

Entre la lucha por mantenerse en pie y llegar a la puerta del cuarto de su hija de 12 años sintió que los escasos metros que los separaban se convirtieron en eternos remesones que lo hacían balancearse en busca del equilibrio. “La puerta no abría. Sólo se me ocurrió darle una patada. Y lo logré”. La adolescente angustiada repetía una y otra vez: “Nos vamos a morir papá”.

Alcides confiesa que realmente pensó que morirían. “Cuando se tiene familia se teme por ellos más que por uno mismo”, añade.

Este hombre moreno, de ojos pequeños y complexión media, tuvo que abandonar su residencia porque las grietas en las paredes, el desplome del techo y las constantes réplicas amenazaban con sepultarlo si seguía habitándola.

Él vivió casi un mes en la casa de la embajadora, su esposa e hija lo hicieron en el lugar donde ella trabaja como doméstica. Ahora ya lograron estar juntos nuevamente. Alcides, quien trabaja hace tres años para la Embajada de Nicaragua en Chile, alquiló un departamento en el segundo piso de un edificio, muy cerca de su vivienda anterior. Y aunque dice que es un poco más caro se siente seguro y agradecido de haber encontrado un lugar rápidamente, pues luego del 27 de febrero los arriendos se elevaron.

Este caraceño, con más de veinte años de residir en este país, reflexiona sobre lo que cambió en su vida luego de una experiencia como un terremoto que ocupa el quinto lugar en la lista de los sismos más fuertes desde que se lleva registro de éstos. Él, al igual que todos los nicaragüenses entrevistados, dice que sí teme a las réplicas, pero enseguida explica que hay que vivir con ellas.

Todos coinciden en que hay que aprender con el susto y valorar las cosas que se tienen porque nunca se sabe cuándo vendrá un sismo a sacudir sus vidas y más aún, no saben si tendrán la suerte de vivir para contarlo.

Ver en la versión impresa las paginas: 16 ,14 ,18

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COMENTARIOS

  1. Marvin Saballos
    Hace 16 años

    Buen articulo. Presentar las consecuencias de los desastres y maneras de afrontarlas por las personas particulares, es una buena estrategia o informativa – educativa para informarse sobre las amenazas de desastres, sus posibles consecuencias y como enfrentarlas. Una manera de promover la Cultura de Prevención en el país.

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