Por Ligia Chamorro Cardenal
Cuando éramos niños pasábamos vacaciones en Granada en la casa veraniega de mi abuela Isabel Argüello de Cardenal.
Ella era profundamente devota de la Santísima Virgen María. Desde el primer día del mes de mayo instalaba un altar en un lugar principal de la casa adornado con velas y muchas flores, entre ellas las sartas que todos los niños elaborábamos de flor de leche o flor de María, hoy nuestra flor nacional: Sacuanjoche, la cual cultivaba en todos los colores en los campos de la casa. Todos los adultos y abundantes niños nos reuníamos a rezar el Santo Rosario.
Mi padre, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, nos solía relatar la historia de la batalla de Lepanto. En el siglo XVI los mahometanos estaban invadiendo Europa. En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras. Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano.
Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María, convocó a los príncipes católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572 se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores a ese número. Antes de empezar la batalla los soldados cristianos se confesaron, oyeron la santa misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos, que eran todos barcos de vela, o sea movidos por el viento. Pero luego —de manera admirable— el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles, recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. En agradecimiento a tan espléndida victoria, san Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el 7 de octubre la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: María, Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros.
Ahora, aquí en Nicaragua, viendo todos los males que aquejan a nuestro país, el hambre, la pobreza extrema, la emigración, la falta de esperanza para los jóvenes y muchas cosas más, debemos invocar a María, ella que es poderosa intercesora ante su hijo Dios, para que remedie nuestros males. Con mayor razón ya que se dignó aparecer en nuestra tierra hace 30 años.
Hagamos altares en nuestras casas. Recemos con devoción el Rosario en nuestra familia rogando a Dios a través de su Madre por nuestra Patria Nicaragua.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A