Eduardo Holmann Chamorro
Carlos Federico Caballero, sacerdote jesuita, era un hombre con grandes virtudes y debilidades, pero como todo gran ser humano con un enorme balance positivo a su favor.
Creo que su gran virtud es que era consecuente con lo que pensaba y lo defendía a capa y espada, virtud que necesariamente nos la transmitió a todos sus alumnos y amigos. Su formación jesuítica lo induce a respetar las ideas de los demás, pero trata de inculcar los valores y conceptos éticos y morales que son necesarios en la vida, independiente de nuestra propia ideología. Desde el púlpito, con su palpitante oratoria, con sus sermones nos brindaban de manera sencilla, pero profunda, con una explicación correcta y didáctica, las lecciones de ética, moral y cívica que otros predicadores dejan como meras lecciones de teología. De esta manera, jóvenes adolescentes le poníamos la máxima atención y mientras hablaba se podía escuchar hasta el ruido de una mosca.
Sus clases también eran verdaderas joyas de oratoria donde con elementos muy artesanales de apoyo, esquemas en la pizarra, pequeñas fotos, y más nada, nos brindaba con pasión una película en cinemascope del Renacimiento, del Siglo de Oro, de la Historia Universal, de las mejores obras de arte y de todo, cultura amplia y de primera, pero también de los conceptos éticos, morales y humanos que a muchos nos han marcado toda la vida. En sus clases magistrales mezclaba su oratoria y la preparación diaria a su conocimiento y su vasta cultura, la cual debe haber sido producto también de su educación familiar, ya que a todas luces no solamente Salamanca le prestó sabiduría y elegancia. Su concentración en la clase no permitía el más mínimo desliz de sus oyentes. Le incomodaba un ruido, la caída de un lápiz, y lo dejaba saber muchas veces de manera grosera. No importaba la audiencia, pues impartía siempre su clase con pasión y esmero a un grupo de chavalos como si fuéramos los más importantes intelectuales, y muchos de nosotros en ese momento ni siquiera sabíamos la profundidad de la enseñanza que nos brindaba. Más adelante, y con el correr de nuestras vidas, nos hemos dado cuenta de la calidad de cultura general que llevamos consigo producto de la educación de este gran maestro.
Era conservador, monarquista, felipista, orgulloso, elegante, sobrio, de carácter muy fuerte pero a su vez sencillo, humano y querendón con aquéllos que cumplían con su deber. A veces despectivo con los menos dotados o poco estudiosos. Era un gran sacerdote, un extraordinario hombre, jesuita de verdad, limpio en todo sentido, fiel seguidor de San Ignacio de Loyola y que Dios nos lo puso en el camino de nuestra vida para desarrollarnos como hombres y como ciudadanos.
En su última morada lo acompañan otros grandes educadores que junto con él nos brindaron una soñada educación: Otaño, Otazu, Stella, Muruzabal, Bengoechea, Astorqui, Anitua, Pallais; todos brillantes intelectuales y grandes sacerdotes que unidos a los que no están allí por circunstancias como Aldaz, Arias, Juan Ramón Moreno, Pedro Miguel, Amando López, Llasera y muchos otros que se me olvidan en este momento, pero no por ello dejan de ser importantes. Como grandes fueron las figuras de los Hermanos: Montuenga, Beriguistain, Zarrabe, Diez, Meabe (vivito y coleando en el CCA). Todos ellos con su actuar y con las vidas llenas de virtudes, incluso algunos con características de santos y mártires, con su consagración a la educación integral de muchos jóvenes, se han ganado el respeto de muchas generaciones.
Descanse en paz, Padre Caballero. Nicaragua está en deuda con vos.
El autor es ingeniero.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A