Hace algunos días, muy temprano en la mañana fui a visitar a “Chicho”, personaje quien me lustra los zapatos con cierta regularidad en el Parque Central de Granada. Como cosa rara, “Chicho” aún no había llegado a su taburete y, esperándolo, observé con detenimiento a cientos de personas que apresuradamente se dirigían a los lugares donde trabajan, como quienes temen perder lo que ya cada vez es más escaso y difícil de encontrar, un trabajo digno.
En medio del ir y venir de la gente, tuve la oportunidad de apreciar los viejos pero aún robustos árboles que le dan colorido a ese centenario parque. Verdes, frondosos, llenos de vida, a pesar del tiempo y del despiadado verano. A esa hora, aunque los trabajadores a cargo del ornato ya habían hecho su labor, fue inevitable poder ver en el suelo hojas secas que recién se habían desprendido de las ramas.
La naturaleza es grandiosa, nos da lecciones de vida todos y cada uno de nuestros días; los árboles constantemente renuevan sus hojas y aquéllas que durante algún tiempo fueron parte elemental de su vida, caen al suelo, porque las sacude el viento o porque finalizó su vida útil y son otras, verdes, nuevas, las que toman su lugar.
Frente a ese maravilloso espectáculo, me preguntaba, tomando como ejemplo la naturaleza… ¿por qué no ocurre lo mismo en la política nicaragüense? Es decir, ¿por qué razón hay personas que se aferran tanto al poder y no permiten el surgimiento de nuevos liderazgos? ¿Será, como decía un buen amigo y correligionario conservador, que se empalagan con las mieles del poder?
Pareciera que existen algunos a quienes les cuesta aceptar y entender que es necesario el relevo generacional, ponerle fin a su vida política, y que su retiro debiera de ser parte de la modernización institucional y el éxito de la misma. Pareciera que hay hojas secas que pretenden volver al árbol aún cuando ya tuvieron la oportunidad de estar en algunas de sus ramas y hacer bien o mal lo que les correspondía.
¡Qué triste! Vivimos en un país en donde algunos pocos, en nombre de la democracia, el progreso y la libertad, se arrogan el derecho de decidir por quienes en su momento les brindamos la oportunidad de hacerlo, de conducir el destino de Nicaragua como presidente, y fracasaron. Nuevamente, creyendo ser los dueños de la verdad absoluta, los únicos capaces de solucionar los problemas en los que ellos mismos nos metieron con su actitud mezquina, pretenden llevarnos por el camino equivocado o el mismo ya recorrido y que obviamente no fue el correcto.
Increíble pero cierto: Dos personas tienen en sus manos la posibilidad de permitir a muchos hacer lo que entre los dos nunca lograron. Hojas secas, sin color, sin sabia, incapaces de reconocer que su oportunidad ya pasó y que lejos de reintegrarse al árbol de la democracia sólo para causar daño, deberían de dar paso a quienes en verdad pueden y quieren sacar adelante este país. Cabe agregar, que árbol sin hojas no florece ni da frutos, y que de existir alguno que sólo tenga hojas secas, más temprano que tarde terminará muriendo.
Por fin llego “Chicho” y antes de poner sus manos laboriosas en mis zapatos, se tomó algunos minutos para barrer las pálidas hojas secas que habían a nuestro alrededor, las metió en una bolsa y las tiró al basurero. “Ahora sí”, me dijo, “manos a la obra”. Estoy seguro que como “Chicho” hay miles de nicaragüenses que pronto, muy pronto, de manera cívica y democrática se darán a la tarea de limpiar nuestro país de tantas hojas secas y sabiamente, abonarán y cuidarán del árbol de la democracia, de manera que sus raíces se fortalezcan y sus hojas verdes, nuevas y fuertes libremente y sin obstáculos puedan hacer lo que más le conviene a la Patria.
Nuestra Nicaragua está llena de hombres y mujeres con mucha capacidad, dispuestos a trabajar y construir un futuro prometedor, hombres y mujeres que sueñan con un país en el cual todos podamos sentirnos orgullosos de haber nacido en él.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A