Bertha Silva Peter
Últimamente hemos venido observando el incremento de noticias sobre abusos sexuales cometidos por sacerdotes alrededor del mundo. Como también se hace evidente la creciente falta de fe por parte de los creyentes en la institución católica, convencidos en su mayoría que dichas acciones se deben a la represión que la Iglesia ejerce sobre el clero, como resultado de una doctrina desfasada, en un siglo que clama por reformas urgentes.
A mi criterio, más que reformas a la institución católica lo que se requiere es una apremiante renovación de la deteriorada moral del hombre, quien ha venido relajando y canjeando en las últimas décadas sus principios por una filosofía falaz, basada en actitudes superficiales y de rápidos resultados. La inmadurez del hombre lo lleva a desplazarse precipitadamente hacia aquello que influencia positivamente sus sentidos, sin profundizar sobre el daño o beneficio que pueda causar una decisión tomada desde esta perspectiva.
Si analizamos el desenvolvimiento del individuo en relación al matrimonio, podremos observar que a pesar de que éste tiene la posibilidad de disfrutar de una vida sexual y de otras libertades que no ofrece la vida sacerdotal, también falla. Vivimos escuchando por medios de prensa infinidad de noticias sobre los abusos que el esposo comete contra su cónyuge, de padres que violan y matan a sus hijos, de matrimonios que se cansan del sexo y buscan opciones que traigan nuevas emociones a sus vidas. El punto es que la “represión” que la Iglesia ejerce no es la causa del problema, pues el problema está presente tanto dentro como fuera de la Iglesia.
El verdadero problema reside en la fractura que la familia como núcleo de la sociedad está experimentando, en la pérdida de principios, guía fundamental para la conducción de una vida ordenada, basados en el respeto, la rectitud, la integridad, honestidad, dignidad humana, entre otros. Quien desconoce estas directrices no podrá evitar accionar bajo actitudes ofensivas y dañinas, obviamente para sí mismo como para la sociedad. Vivir bajo la sabiduría de los principios no es exclusivo de quienes ostentan maestrías de prestigiosas universidades, ni viceversa, sino de cualquier mortal con sentido común y sano juicio.
La Iglesia, cuerpo místico de Cristo, es perfecta, sus leyes (Mandamientos) han sido el regalo más noble que un padre puede hacer al hijo, dado indistintamente a quienes creemos o no en Él. Pues quien vive bajo la luz de los mandamientos podrá experimentar cómo su vida adquiere un sentido profundo y cómo todos los aspectos del hombre se reordenan en un engranaje perfecto. La Iglesia, en cuanto menos, es un vehículo que reconcilia al hombre con los principios, por medio de los cuales encontramos coincidencias, aceptación, dignidad humana, entre otros.
Los tiempos no están para exigir a la Iglesia que reescriba sus doctrinas. Ya es alto el precio que estamos pagando por la pérdida de principios en la familia. ¿Se imagina que a esto añadamos una reforma a las doctrinas de la Iglesia, en la que se debiliten los pilares que han fomentado y protegido por siglos la dignidad humana? Mientras no logremos aceptar que el problema somos nosotros, no cambiará nada, podremos relajar las doctrinas de la Iglesia al máximo nivel sin que esto logre que el hombre pare de seguir pecando, no contra Dios, sino contra él mismo, ya que el pecado no es otra cosa que privar al hombre de su estado natural: la paz.
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