Isabel despertó a las tres de la mañana y perfumó su cuerpo con el aroma del periódico salido de imprenta, aún calientito.
Un pitazo fue suficiente para hacer retumbar su casa, y a oscuras recibe el diario con su hermano y le da bienvenida al día, pues no podrá seguir durmiendo.
No ha tomado café. Sus ojos reflejan el cansancio del día a día entre hojas, sol y largas caminatas por la zona de la Colonia Centroamérica, en Managua.
LA PRENSA ha sido su medio de trabajo. Lo que escriben los periodistas es su “pegue” diario, y sin su labor, el trabajo de nosotros sería inexistente.
A las seis de la mañana, está todo listo, ha puesto los suplementos uno por uno dentro del periódico hasta sumar trescientos. Isabelita, realiza la misma labor todos los días, y cuando no circula el diario por ser día festivo, dice sentirse extraña “Me hacen falta los periódicos”.
Managua está despierta, y lo sé porque los vehículos se trasladan de un lugar a otro. Unos venden café, otros salen con los ojos hinchados después de pasar en vela cuidando un establecimiento, y por su parte la familia de la voceadora del diario se instala a vender en los semáforos de Altamira el periódico de mayor circulación nacional, LA PRENSA.
Son treinta años viviendo entre periódicos, tres décadas recorriendo los estrechos callejones de la Centroamérica.
—¿Isabelita, y lo libros de cocina?
—Tengo de pasta, verduras y sopas, no me han traído los otros
—Pero quiero el de pescado, no se te olvide
—Si señora, no se me olvida, lo que pasa es que lo he pedido y no me lo han traído—. Traga gordo Isabel, y se despide con un “hasta mañana”.
Su falda rayada tambalea al caminar; es el arco iris que ha decidido quedarse impregnado en la tela de su faldón y que combina con sus tenis blancos, ya gastados de tanto andar.
Desde lejos es posible observar a la mujer de 43 años venir con su infaltable bolsa plástica, su chaleco amarillo con el logo del diario.
Caminamos varias cuadras. Isabel no necesita ir ofreciendo su servicio. Entra a las casas, enrolla el periódico y lo tira con tal agilidad que casi siempre caen en las sillas mecedoras de las salas.
Ella sabe qué día le compran y en qué fecha u horario cancelan sus clientes. “Mi vida está entre periódicos, es la única motivación que tengo”, asegura.
¿Quién no me conoce?, dice muy segura, y tiene razón, desde niña la han visto recorrer calle por calle. El tiempo de gritar a todo pulmón ¡LA PRENSA!.. ¡LA PRENSA! quedó en el pasado. En cambio se escucha: ¡Isabelita!, ¡Isabelita, tráeme uno! Sin pensarlo dos veces cruza la calle. Yo quedo muy atrás de ella. Al regresar, con su infaltable sonrisa me explica: “Hay personas que se molestan si uno tarda, por eso yo prefiero correr”, se justifica.
Isabel, como si fuera un gustoso menú, ofrece los titulares del día.
—¿Qué dice el periódico Isabelita?— le pregunta un señor.
—Mírelo, ya me dice si le gusta o no, responde.
Una buena táctica, todos le han comprado. Sin embargo mi presencia no ha quedado inadvertida. Su cliente le compra el diario y me observa. Sigiloso le pregunta: “¿Quién es ella? Venís bien acompañada”, recalca con fuerza. Y cuando ella responde que trabajo en LA PRENSA, el señor me llama:
“Mire muchacha al menos debería traer un llavero a los compradores fieles del periódico”, dice de forma pícara y maliciosa. Sonrío y mientras nos alejamos de su casa, permanecía su sonora carcajada. El reloj marca las nueve de la mañana. b
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