ÚLTIMA PARTE
BILWI/ RAAN
Marcela, de 48 años, se quedó con el vestido de novia listo. “Era el único hombre bueno que había conocido”, dice esta mujer, a quien el mar también se le llevó un hermano.
Desde antes de la tragedia, Marcela trabajaba a la par de su marido. Era pikinera, es decir una mujer que compra langosta al menudeo a buzos conocidos y luego las vende a los mismos empresarios o, directamente, a las plantas procesadoras con sede en Bilwi.
A raíz de su viudez, Marcela, quien nunca fue indemnizada por el dueño de la empresa pues arguyó que ella no era la mujer oficial del buzo —algo bastante común—, dedicó mayor esfuerzo a su oficio de pikinera.
Decenas de mujeres trabajan como pikineras en Puerto Cabezas, pero también en comarcas como Sandy Bay, donde muchas viajan en pangas hasta los Cayos Miskitos a comprar “producto”, como se refieren a la langosta.
En los Cayos estaban varias de ellas aquella madrugada de septiembre del 2004, cuando el huracán Félix entró como un rodillo, moliendo con un aire veloz lo que había a su paso. En los Cayos hubo decenas de muertos. En Sandy Bay se habla de centenas. Entre los desaparecidos hubo muchas mujeres pikineras.
Marcela dice que una sobrina suya que trabajaba ahí se salvó porque ese día no había ido.
El Félix debilitó la economía del “pikín”, sobre todo la de los Cayos, reconoce Jenny Loandy, de 57 años, la “jueza” de las pikineras en Bilwi.
Cada vez que un barco está por atracar, llega la señora Jenny para abrirle paso a las pikineras que llegan a cobrar el producto que los buzos logran escamotear. De gorra y falda larga hasta los tobillos, la señora Jenny es una autoridad. Infunde respeto a militares y vigilantes del muelle. Esta mujer que es jefe de hogar, madre de siete, dice que ha trabajado en esto durante muchos años. Además de ser pikinera, es la encargada de un preescolar comunitario al que asisten 60 niños.
Para mantenerlo pasa muchas dificultades, porque no recibe apoyo del Estado. A ese preescolar asisten hijos de las propias pikineras, pero también de los buzos que viven en el barrio cercano al muelle.
El domingo, día de elecciones regionales (el 7 de marzo pasado) la señora Jenny fue al muelle varias veces. Estaba esperando que dos barcos langosteros arrimaran. Antes que los soldados de Capitanía, ella sabía que uno entraba a mediodía y otro en la tarde. Cuando se aproxima la hora, ella aparece por el muelle, que está a unas cuadras de su casa. La siguen otras mujeres también pikineras.
Las pikineras entregan a los buzos adelantos de 200 ó 500 córdobas, según las posibilidades. Ellos pagan con colas de langosta.
Ellas ganan, regularmente, casi el doble de lo que invirtieron. “Es bueno”, dice la señora Jenny, aunque explica que algunas tienen problemas con gente que les queda mal y las hace perder su dinero.
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Este domingo de febrero, el sol se entierra lento en el horizonte. Con sus últimos destellos, las “barrigas” de seis barcos langosteros se llenan de buzos, marinos, cayuqueros y capitanes. Media docena de embarcaciones, de distintas empresas, zarparán esta noche rumbo al Este. Los hombres, armados de arpones y canaletes, van con prisa, a pesar del viento que los empuja hacia un lado. Algunos trotan sobre las tablas del muelle de Bilwi.
Son los últimos días de la temporada de pesca de langosta. Pronto empezará la veda que, por un acuerdo regional, este año durará cuatro meses. Pronto no tendrán qué hacer estos 2,000 ó 3,000 hombres que viven dispersos en las comunidades de la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN). Pronto quedará vacío y tranquilo este atracadero que hierve en este atardecer.
El portón de malla que está en la entrada de esa lengua de madera que es el muelle, parece un muro de contención. A su alrededor hay un enjambre de buzos, sacabuzos y pikineras. Los sacabuzos son los hombres que escogen a los buzos que subirán a los barcos y las pikineras son las mujeres —muchas de ellas esposas o viudas de buzos— que comercializan langosta al menudeo.
Vienen al muelle a cerciorarse que los marinos, a los que dieron un adelanto monetario, suban a los botes. Aunque el anticipo sirve para que dejen provisión en sus casas mientras están faenando en el mar, pasa que algunos se lo beben en las cantinas cercanas y no se embarcan. Por eso vienen estas mujeres. También tienen fama de vender droga a los buzos a cambio de langosta.
Debajo de las tablas del muelle, entre los pilotes, se pasean varias mujeres. “Aquella de allá les vende ‘piedra’ (crack)”, dice el jefe de Capitanía, Horacio Reyes. Su dedo apunta hacia una mujer de jeans y blusa apretados que se pierde en el remolino de gente que empezó a gritar porque un par de militares tiene contra el piso a un hombre.
Pronto son cinco soldados los que están sobre el hombre, apretándolo, doblándole los brazos. Uno de ellos le voltea la cabeza y pone su cara de perfil a las tablas del muelle. Golpes en la cabeza. Gotas de sangre manchan su frente. Intenta explicar, pero nadie, ninguno de los uniformados, lo escucha.
Es como si lidiaran con un toro. El hombre, que es alto y fibroso, les grita insultos en miskito y español. Sus palabras atizan a los militares que lo arrinconan contra la malla, mientras le revuelven una y otra vez el bolso en el que lleva unas cuantas pertenencias, un cepillo y pasta de dientes, así como un par de trapos, short y camisola, su indumentaria en el agua.
Al otro lado de la malla se impone la voz de una mujer que le grita: “¡Malditos, por qué hacen eso con el hombre, déjenlo, si no tiene nada!” En efecto, no tiene nada. Ni siquiera una botella de ron como las que cargaban otros buzos que pasaron antes por el control militar.
Después de varios minutos de forcejeo, en los que el hombre nunca cede, el jefe de Capitanía, que llegó corriendo desde el fondo del muelle, disuelve el nudo de soldados que oprimen al hombre. Respira hondo. Suelta bufidos. Desenreda las manos. Hay lágrimas a punto de saltar de sus ojos, pero se detienen. Una bolsa negra que huele a caramelos se vuelve el cuerpo del delito para los militares. “Llevaba piedras en esa bolsa”, dice el comandante de Capitanía.
Le tiran el buzo. Se agacha y recoge sus canaletes y su arpón. En silencio, pero con la mirada fiera, se va por el muelle a buscar el barco langostero en el que va a zarpar. Atrás deja su rabia y a decenas de testigos que grabaron en sus retinas el brutal registro militar.
DIVIDIDOS EN TRES
Entre ellos está Eduardo Martínez, un sacabuzos que esta tarde llegó a repartir hombres en cuatro de los seis barcos. Más de ochenta buzos con sus respectivos cayuqueros —manejan los cayucos en alta mar— son llamados por Eduardo. El sacabuzos es una figura clave en este mundo laboral langostero.
A su cargo está la selección de los hombres que bajarán al agua a sacar langosta.
Eduardo dice que hay buzos A, B y C.
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El “A” es el que arranca “cientos de libras”, dice y explica que por eso es el hombre que se lleva a su bolsa unos 6,000 córdobas, después de haberle deducido el pago del cayuquero y sus anticipos. Dice que el “B” tiene un rendimiento promedio, mientras que el “C” es el que no tiene mucha pericia para hurgar entre los arrecifes y arrancar a ese buitre marino de las piedras. “Es el que apenas saca para pagar el anticipo” y lo que se come en el barco, donde venden jugos a 15 córdobas y paquetes de cigarrillos a 30 y 45 córdobas.
Ese domingo, Eduardo llega al muelle después de mediodía, después de ir a la iglesia que está al lado de su casa en el barrio Nueva Jerusalén, vecino de la terminal de buses de Bilwi.
Allí vive, desde hace 17 años, con su mujer y sus hijas pequeñas que lo siguen como una sombra en el corredor de la casa.
Este hombre, que disfruta la lucha libre por televisión, sale de su casa acompañado de algunos buzos que vienen de comunidades como Sisín y Santa Marta, cercanas en kilómetros, pero distantes en tiempo, una o dos horas.
Eduardo los llamó un día antes por el radiocomunicador. Les dijo que sí saldrían los langosteros y que se vinieran. “Ellos quieren trabajar porque después viene un tiempo en el que no tienen nada que comer en sus casas, no tienen trabajo”, dice Eduardo, quien trabajó como buzo, pero con algunos ahorros y contactos evolucionó al papel de “sacabuzos”.
De ellos se dice que son crueles, que arrancan hasta el último gramo de langosta a los buzos para hacerles pagar cualquier centavo de adelanto.
Pero Eduardo parece diferente. A unas casas de la suya está un buzo tendido con una infección en la rodilla, después de un pinchazo de langosta. El empresario no ha querido soltar unos pesos para su comida y a Eduardo le ha tocado costear, incluso, algunas inyecciones para este hombre que pasa acostado en una hamaca. Al “sacabuzo” también le preocupa el futuro del buceo.
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“A los hombres no les gusta hacer esto, pero no hay qué, nosotros no le importamos al Gobierno”, se queja Eduardo horas antes de pasar lista y comprobar casi al final de la tarde que a uno de los botes le faltan cuatro buzos.
“No han venido”, dice pero no se preocupa tanto. Por si acaso ha citado a otros hombres. Él sabe que en estos últimos días de temporada los buzos están desesperados por entrar al mar. Algunos, como Róger Bushey, un buzo probado en 30 años, se baja de un barco para subir a otro sin cumplir los tres días reglamentarios de descanso. Es así porque en esta región del país, por ahora, los miskitos no tienen otra salida más que ésa, volver al mar.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 A


















