“¡ Oye!”, grita el hombre, quien vestido totalmente de blanco puro sale al escenario de manera repentina, luego de que una persistente percusión, un juego de luces moradas y un coro de voces graves tuvieran al nutrido público en ascuas.
Las mujeres de los balcones quisieran justo ahora que sus ojos pudieran saltar hasta el escenario donde está ese hombre magnético, de cabello entrecano y sonrisa simpática.
La orquesta empieza a sonar, mientras la voz de Luis Enrique, clara y transparente, deleita a sus compatriotas que lo reciben hoy con grandes expectativas y agasajos, luego de que el salsero consiguiera recientemente varios premios importantes de la industria musical, como los dos Grammy latinos o el Grammy estadounidense.
La Sala Mayor del Teatro Nacional Rubén Darío se encontraba ayer efervescente. Anoche se realizó el primer reencuentro de El Príncipe de la Salsa con su pueblo.
Luis Enrique, en su traje blanco, con su agradable voz y con sus pasitos de salsa, nunca dejó de ser imán de miradas. Ni los bailarines que agitaban faldas, brazos y piernas, ni los juegos de luces, nada logró arrebatarle al Príncipe el foco de la atención.
Y TAMBIÉN BAILA
Lo mejor de todo el espectáculo de Luis Enrique es ver cómo él mismo lo disfruta. No se mira presionado ni preocupado por lograr impresionar a su público. Simplemente disfruta de la velada, disfruta de su voz, de la percusión y las trompetas, del calor de los asistentes. Y a la vez, ese disfrute es el gozo de la gente.
Y también baila. Da uno, dos, tres pasitos salseros y regresa a lo suyo, al micrófono. Si sus pasos de salsa se vuelven más apasionados, el público reacciona y grita, lo goza.
Viéndolo así, bailar solo, uno se pregunta qué tan bien bailará Luis Enrique la salsa en pareja.
Pero el Príncipe no sólo baila, también improvisa líricas. Cuando una mano de muñeca delgada y femenina le ofrece una rosa roja, el cantante agradece con una ligera improvisación dentro del tema que interpreta.
Y si de repente siente ganas, también toca la batería.
“¡Gracias mi gente!”, vuelve a gritar el salsero. “Tengo tantas cosas que decir, que no sé por dónde comenzar”, dice al rato, ya con una voz más suave.
Irrumpe entonces una música suave y melosa, como seña de que el discurso que muchos han estado esperando desde el inicio de la velada está a punto de comenzar. “No hay nada más rico y más hermoso que sentir que tengo patria y tengo el apoyo de mi gente”, dice. El inevitable aplauso de los asistentes no se hace esperar. La ovación, tampoco.
Se queda alejado del micrófono. Realmente no sabe qué decir. Se regresa, suelta un suspiro, agacha la cabeza, sus ojos se humedecen y por fin vuelve a tomar la palabra, mientras un necio espectador pretende interrumpir tan delicado momento con frases que son apagadas por el resto de gente en su afán de escuchar atentamente al Príncipe de la Salsa.
MUESTRAS DE SU ORGULLO NICARAGÜENSE
En el concierto de anoche tampoco faltó el énfasis, casi obligatorio, en el orgullo que Luis Enrique siente por ser nicaragüense.
Casi obligatorio por la reacción de ciertas personas que no perdonaron que el salsero no mencionara a su patria al momento de recibir uno de los premios más importantes de su carrera artística.
“¡Soy nicaragüense hasta que me muera y ya está!”, dijo en tono de alegría, pero también de reclamo para aquellos que le criticaron.
Y como mayor muestra de sentimientos hacia su país, entonó, de manera breve pero intensa, una parte de Nicaragua, Nicaragüita , tema de autoría de su tío Carlos Mejía Godoy e himno del orgullo nacional.
No olvidó tampoco hacer un homenaje al recién fallecido cantautor nicaragüense Salvador Cardenal, cuando interpretó Mi luna .
Luis Enrique disfrutó de su propio show, hizo que la magia de esa reconexión que tanto anhelaba surgiera rápidamente y de manera intensa y sobrecogedora. Todo quedó dicho entre canciones, frases, aplausos y ovaciones.
Un segundo chance
Los nicaragüenses tendrán hoy una segunda oportunidad para ver el espectáculo de El Príncipe de la Salsa. El concierto de esta noche se llevará a cabo en Mundo e, en Carretera a Masaya y los boletos de entrada tienen un costo de 15 y 30 dólares.
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