El madroño de la Juliana
Era una mujer madura, más avejentada por el trabajo que por años. Estaba sentada en la cuneta, en la entrada de uno de los andenes del Mercado Oriental, eran casi las cuatro del día de Nochebuena, se secaba el rostro y la nuca con un paño floreado que quitaba de encima de un gran canasto lleno de ramas de madroño florecido, que regaba sacudiendo sus dedos por encima, dejando caer las gotas sobre las ramas; sin embargo, a pesar de esos cuidados, iban perdiendo su frescura. Las horas habían pasado lentas y los clientes, sin detenerse a su grito de propaganda: “¡madroño para su arbolito, madroño para su nacimiento!”.
“Y llegar sin nada a la casa —pensaba para sí— ya esta es la hora en que el hombre llegó del corte de caña del trapiche y yo nada de llevar las mercas que iba a comprar con la venta del madroño”.
“Esta Nochebuena no será como las de antes, en las que uno, aunque pobre, siempre se alistaba con todo; días antes engordábamos el chanchito con machigüe y maíz y ahora ni para la chicha dio la milpa, pues se secó la de primera. ¡Ah!, pero por lo menos hay chicha del maíz que no sembramos en la postrera, y ya mi mamá debe tener la yuca cocida que arrancamos ayer. Bueno, por lo menos eso, con la miel del alfeñique que le dio el pailero a Nemesio por la fajina del sábado pasado”.
¡Ah!, aquellos años en que nos juntábamos todo el caserío, los compadres Juan y la Chila, la Afilia y Salvador, Terencio y la Juana y la muchachada… ya de temprano los hombres mataban el chancho y las mujeres se dedicaban a los nacatamales, las morongas y chicharrones. Y bajo la ramada de palmas frescas de coco nos sentábamos en los taburetes de cuero crudo que hacía “maitro” Selva. Y mientras los grandes nos refrescábamos con la chicha de garrafón, el compuesto de chicha con coyolito, los chavalos iban a los pases y a las posadas; iban preguntando de casa en casa: ¿hay posada? —No, no hay. Pero en una de tantas en la que le tocaba ese año, contestaban. Sí, sí hay, para el Rey de los cielos que ha de nacer en la tierra, y todos cantaban tocando panderetas y sonaban los pitos de carrizo que les daban a la entrada, los turrones y las botellitas azucaradas con miel adentro”.
“Y cuando llegaban a la casa, primero que nada a rezarle y luego a cantarle al Niño Dios: “Ese cabellito rubio, que te cuelga por la frente, parece campana de oro que está llamando a la gente”.
Y todos pasaban adorando al Niño y dejándole una ofrenda, como cuando Concho le llevó al chocoyito que había “apiado” del coyol y lo había criado a punta de masa y guineo maduro… y al pasar reverenciando le decían lo que mi abuela le enseñaba: “Niñito Dios, haceme bueno como sos vos, Niñito Dios que vayamos juntos los dos”.
El Niño Dios lo poníamos en el portón donde se amarraba el caballo, pero con el piso bien limpio y bien regado, chocita de paja de arroz que guardábamos del que cosechábamos, le poníamos a nacer chía en un bramante que se mantenía húmedo hasta que se ponía verde como una alfombra, ahora ni para el pasaje me alcanzó para ir a buscar el bramante y la chía.
“Siempre le hacíamos el Nacimiento, claro que no era como los nacimientos que hacían donde las Urbina, ni donde la niña Mariíta, que sacaban la sala para armar el Nacimiento con papeles pintados con almidón y anilina de todos los colores que parecían montañas de cuadros como esos que guindan en las casas del centro, que se ponían lagunas de espejos con patitos de celuloide y chivitos de china, pastores y Reyes Magos siguiendo la estrella que hacían de papel de cigarrillos Esfinge pegados en un cartón”.
“Todos los años mi abuela le hacía un vestidito nuevo de seda al Niño Dios, a pesar de que había la creencia de que la que cuidaba al Niño Dios se quedaba niña, como las Arborola, que eran tres, pero eso no sucedió en mi casa, pues fuimos cuatro mujeres y dos hombres, ninguno se quedó vistiendo al Niño”.
“Así seguimos la costumbre de mi abuela que se la dejó a mi mamá, pero y ahora, ¿con qué vestirlo? Los muchachos estrenaban vestido ese día y zapatos, les teníamos juguetes, no faltaba la muñeca que lloraba para las mujercitas y para los varones su bate y su bola, su trompo, su navaja a los más grandecitos… y el padrino que se aparecía con una monturita para el ahijado…. y no faltaban las triquitracas y la carga cerrada que llegaban donde los chinos, del San Miguel para abajo. Cuando le compramos la bicicleta a Chinto donde la Paya Soza en abonos suaves… y los ojos que puso, como de alcaraván, que parecía que casi se le salían de contento. Yo les digo que eran otros tiempos. Los vecinos nos juntábamos con las familias a celebrar todos juntos y ayudarnos cuando alguien estaba enfermo, y más que todo en las purísimas y en la Navidad. Por eso, yo digo que hay que juntarse ahora, aunque sea los que quedamos y aunque sea a comer yuca con miel del alfeñique”.
“Pero ahora… ni una traca-traca le voy a poder llevar a los “ñetos”, ni siquiera a los de la Mélida que es la más pelada y que el hombre se lo agarró la Reserva y quién sabe si viene vivo o completo”.
Ya el Sol se enrojecía cuando la Juliana tomó el canasto con las dos manos por las orillas y lo volteó dejando caer las ramas del madroño, ya marchitas por el tiempo, en un lugar vacío. La gente no buscaba lo que ella tenía y ella tampoco tenía lo que buscaba.
Era Nochebuena y al llegar cortaría ramas frescas del madroño para el Niño Dios.
A MANERA DE PRESENTACIÓN
Me dicen Anita, pero mi nombre es Ana María Chamorro Cardenal. Nací en Managua el 15 de junio de 1927. Fui bautizada al día siguiente, día de Corpus Cristi. Contraje matrimonio con Carlos Holmann Thompson, el 13 de diciembre de 1947. Vivimos por 25 años muy felices en San Juan del Sur. Compartimos nuestras vidas sólo por cuarenta años, cinco meses, diez días y ocho horas, hasta que la muerte nos separó físicamente.
Aclaro que no soy escritora, ni columnista, ni poeta, ni narradora, tampoco escritora de cuentos. Simplemente, soy una espontánea que se tiró al ruedo a causa de las banderillas clavadas por el dolor del cruel asesinato de mi hermano, Pedro Joaquín. Luego, el dolor de la muerte de mi amado esposo Carlos, en un trágico accidente, me inspiró varios relatos y poemas.
Al recopilar algunos de mis escritos publicados durante 32 años en las páginas del diario La Prensa y en la Prensa Literaria, he tratado de hacer un recorrido por la historia de nuestro país, acentuando en ellos los valores cívicos, señalando los errores que se cometen en los diferentes sistemas de gobierno, llamando a la corrección de estos errores, promoviendo el rescate de los principios morales y familiares cristianos y la preservación de las tradiciones y costumbres de nuestro pueblo. En todo ello reflejo que me asiste la fe, la esperanza y el amor, que nunca se alejan de mí.
El Zanate
(Un canto al Ave Nacional)
A Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.
Te escribo este poema, dedicado
a vos en tu recuerdo.
El zanate con su canto
es como el nica,
bullanguero;
el zanate es compañero,
es amigo;
es sincero,
es también buen enemigo,
justiciero,
clarinero,
anuncia el mal.
Su plumaje encierra muerte y
a veces pura fiesta.
Ríe;
su alegría tiene humor.
Llora,
con su grito rompe el cielo.
Reza,
pide a Dios,
que le dé la aurora nueva.
Es su canto
revoltoso y juguetón,
es el nica,
tiene cantos de perdón,
tiene amor.
Cuando duerme,
muchos más son centinelas.
Es valiente,
atrevido y
vuela.
El zanate con su canto
es el nica
parte el aire,
guarda así su libertad;
es el ave nacional.
Managua 7 de marzo de 1980
Mayo, es de lluvia y de llanto
En los veranos,
el Ñocarime deja atrapados los peces
y toman el sabor de la tierra.
En mayo, abre sus compuertas
y los libera,
sanan y se alegran los peces,
en la mansión dulce de la Gran Lágrima.
Mayo, es quieto, sombrío y triste
con sus lluvias, promesa de esperanzas
cuando renacen de la tierra
sus frutos,
y el fruto de la Fe y del Amor renace
en mayo,
es de lluvia, es de llanto…
23 de mayo 1989
Tus manos
Tus manos eran grandes, amplias, francas,
eran fuertes tostadas de Sol y de trabajo,
firmes, las venas resaltadas generosas,
espejo de tu corazón
eran tus manos;
delicadas, suaves cuando acariciaban;
hoy las vi en papel brillante y en blanco y negro.
Sentía que me poseían cuando me abrazaban,
y yo a vos
cuando besaba el aro de la alianza
tuyo y mío…
Recuerdo entre la lluvia de lagunas
que lavaron mi alegría;
dibujabas mis dedos con tus dedos,
no como otras veces,
mirabas sin mirar;
adivinabas…
Yo tampoco recogí ese mirar
que se quedó flotando en el vacío…
y me preguntabas
yo no sé qué…
pero yo sé lo que pensabas
y el eco del tiempo me trae tu voz:
con vos quiero estar siempre,
quiero estar con vos
en todo mi sueño.
¡Se lo pido a Dios!
Managua 23 de mayo de 1992
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