Por Tammy Zoad Mendoza M.
¡Mamáaaaa!”. Una y otra noche el llanto de la pequeña niña, que clama de pie sostenida del barandal de madera de su cuna, a la espera de mamá o papá que lleguen al “rescate”.
Es “extraño” porque durante el primer año nada de esto pasaba. Alejandra dormía placenteramente en su cuna toda la noche hasta el día siguiente. Ahora se despierta a medianoche o en la madrugada y no puede conciliar el sueño. No si está en su cuna, no si está oscuro.
“Es a partir del primer año cuando el niño logra construir una idea bastante concreta de su familia y su entorno, el niño se aferra a lo conocido y desarrolla vínculos que le dan seguridad”, explica la sicóloga Mariana Aburto. “Cuando su esquema se rompe ya sea por la aparición de una persona u objeto extraño los niños pueden comenzar a desarrollar ‘miedo’ o temor ante tal circunstancia o ante el objeto que represente la incomodidad”.
DE “COCOS”, “MONOS” Y “VIEJOS DEL SACO”
Es muy común que en las familias se utilice alguna figura para advertir o para condicionar al niño en determinados momentos.
“Si no te comés eso te lleva el mono”; “dormite que sino te sale el coco”; “si no hacés caso, el viejo del saco viene a traerte”, frases como ésa o castigos como mandarlos a un cuarto oscuro o al patio de noche son tan comunes como negativos para los niños.
“Lo que provoca esto es reafirmar los miedos naturales que experimentan los niños, como el miedo a la soledad, a la oscuridad o a la separación de los padres”, dice la sicóloga. “Los niños comienzan a materializar los miedos y los temores y a desarrollarlos y manifestarlos de diversas maneras”.
Según explica la doctora los miedos naturales llegan y desaparecen. A veces el niño teme de los extraños y a medida que encuentra manera de socializar o es estimulado, el miedo a la gente nueva desaparece.
El miedo a la oscuridad puede desencadenar problemas mayores si no es detectado a tiempo o si por el contrario los padres o quienes cuidan al niño lo refuerzan.
El tipo de programas televisivos que ven los niños, la forma cómo los traten en el colegio y el ambiente en el que viven, son factores que los predisponen a temer en ciertas circunstancias. Por ejemplo, un maestro gruñón puede provocar miedo a ir clases, una película puede hacerles imaginar que un monstruo es real y los ruidos fuertes o los gritos pueden desestabilizarlos y hasta provocar tics nerviosos.
SENTIDO DE PRECAUCIÓN
Según la especialista usted no debe preocuparse por el miedo que experimente su hijo, por el contrario, hay ocasiones en que puede ser útil para el niño temerle a algo para así desarrollar su sentido de la precaución como por ejemplo con el fuego o situaciones de riesgo en las que el niño sepa que es mejor retirarse, desistir o llamar a un adulto para permanecer seguros.
Cada niño es diferente, en una familia y un entorno diferente, el falso que hay “niños miedosos que le temen a todo” y “niños valientes que no temen a nada”. Que un adulto haga estas afirmaciones a un niño puede causar dificultad para que el pequeño supere un miedo o por contrario para que establezca límites ante el peligro.
“Ni un niño lleno de miedos, pero tampoco uno temerario”, continúa la doctora Aburto, “ellos también deben desarrollar en su sentido común una sensación que los alerte del peligro, de lo contrario si el niño no le teme a nada puede intentar hacer cosas en las que termine lastimado”.
NO LE TEMA AL MIEDO
El temor y el miedo son reacciones naturales y normales en todos los seres humanos. Este se presenta a partir del primer año de vida de manera involuntaria en los bebés, pero a medida que el niño va creciendo y se involucra en otros ambientes, nuevos círculos sociales y aprende con nuevas experiencias esta reacción puede ser manipulada por el entorno o por los adultos y provocar que la reacción pase de ser normal a desproporcionada.
“El miedo es parte de las etapas de la vida. Se aprende y se desaprende”, asegura la doctora Aburto. “Lo importante es detectarlos y ayudar al niño a que descubra cómo enfrentarlos para que esto abone al desarrollo de su seguridad personal”.
En miedos comunes como el de la oscuridad, lo recomendable es acompañar al niño al lugar oscuro que tanto teme, encender una luz y comprobar junto a él que no hay nada extraño o algún “monstruo” oculto por ahí.
Lo mismo pasa con los ruidos o sombras nocturnas que los atemorizan por ser desconocidos, “los padres deben desmitificar los miedos junto a sus hijos, enseñarles a explorar y ayudarles a diferenciar el imaginario de la realidad”.
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