Aún faltaban cuarenta minutos para que el partido iniciara y el Estadio Héroes y Mártires de León ya estaba lleno. Con el día libre, decretado por la Alcaldía Municipal, los leoneses llegaron al estadio listos para celebrar la coronación de su equipo por barrida, ante el Granada. Pero el corcho no se disparó.
El ambiente en León era festivo. Los fanáticos llegaron armados de matracas, trompetas, pitos, banderas, tambores y sobre todo, de su amor al equipo, cuyos integrantes eran fotografiados por directivos, amigos y por algunos jugadores que querían tener el recuerdo de la victoria que al final no llegó.
- El mánager de Granada, Omar Cisneros, dirigió todo el encuentro desde la tercera base, lo que no había hecho en los juegos anteriores de esta Final.
Algunos fanáticos de León que estaban por el jardín izquierdo lanzaron agua a los relevistas del Granada cuando iban a calentar.
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Con todos los espacios del estadio llenos a más no poder, algunos consiguieron puestos no tan cómodos y sí peligrosos, en las torres de iluminación, unos grandes árboles detrás de la barda del jardín derecho y en las bardas del fondo del terreno.
En las graderías los fanáticos bailaban, cantaban, daban los gritos de batalla característicos de la afición leonesa a todo pulmón y se preparaban para el festejo.
Una pipa ingresó al terreno para dar un baño a los aficionados ubicados en gradas sol del jardín derecho. Al ver esto, los aficionados ubicados al otro extremo pidieron agua para calmar el calor producido por el clima y el que surgía de la ansiedad y emoción por el juego.
“Viva León, jodido”, no podía dejar de ser cantado y cada jugada del equipo era celebrada, cada batazo era celebrado con gran energía.
Pero aquella bulla que parecía incontrolable fue aplacada por un bombazo de Norman Cardoze, con dos en bases, en el tercer inning.
Los ánimos bajaron, pero aún faltaba más. En el siguiente episodio cuatro anotaciones de Granada fueron como cuatro estocadas en los corazones de los leoneses.
Aunque aún tenían esperanzas de celebrar y se resistían a dar por perdido el duelo, la emoción no volvió a ser la misma. Con las anotaciones casi al final del juego, las esperanzas de los leoneses incrementaron y la fiesta regresó, aunque no duró lo que esperaban.
Los innings seguían pasando, las carreras leonesas no llegaban y las de Granada iban en aumento. Un grupo de fanáticos de Granada, que estaba en un espacio previsto para ellos, celebró sin hacer mucho ruido, pero con mucha felicidad por la actuación de su equipo.
Cuando anotaban los Orientales el silencio sepulcral de los leoneses era interrumpido por los aplausos, silbidos y gritos de los granadinos, que aunque no eran estremecedores como los de los locales, golpeaban con fuerza los oídos de los fanáticos de León.
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