ENVIADA ESPECIAL/ BILWI
Hace cuatro años la miskita Marcela Davis Labonte creyó vivir la noticia más terrible: su esposo, otro miskito dedicado al buceo para la pesca de langosta, murió en una faena cuando el capitán del barco para el que él trabajaba le envió a 140 metros de profundidad y sus pulmones no resistieron la presión.
Sola y con tres hijos a cargo, Davis intentó reponerse y para septiembre del 2007 creyó que lo había logrado: “Con mucho esfuerzo y sacrificio yo logré adquirir una casa y lanchas para dedicarme también a la pesca y dar de comer y estudiar a mis hijos”, cuenta. Sin embargo, otro suceso arrasó literalmente con su recuperación, cuando el huracán Félix impactó contra la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN).
“Yo no tuve otra manera de vivir que dejar los cayos y venir a Bilwi para buscar como trabajar aquí. Así fue que yo me volví piquinera”, recuerda Davis al explicar la labor que comparten varias mujeres de la ciudad, que viven de la compra de langosta que los capitanes de barcos ceden a los buzos tras su última zambullida en el mar.
Con los doscientos córdobas que Davis obtenía por cada libra de langosta, mantenía a sus tres hijos y ayudaba a su madre, una anciana que vive con los hijos huérfanos de los hermanos de Davis, muertos una en el parto del último hijo y el otro desaparecido en un barco.
El huracán impactó con vientos de 270 kilómetros por hora y 198 mil personas fueron directamente afectadas.
El Gobierno, a cargo del Frente Sandinista, anunció la implementación de un plan integral de reconstrucción al que se sumaron varios organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y países donantes.
Pero Ignacio Bodden Francis, un pescador de 40 años originario de Awas Tara, dice que no han recibido ayuda, “incluso —dice— a pesar de la insistencia y los reclamos ante las autoridades regionales”.
A mediados de diciembre, durante la visita que realizó LA PRENSA a la ciudad de Bilwi, se conversó con Bodden en las afueras de la Casa de Gobierno Regional del Atlántico Norte, junto a Ana Moddy, de 48 años, quien es responsable de la organización comunitaria de las mujeres, y Juliana Morales, una profesora de 49 años.
Bodden, que es él único que entiende y habla bien el español, contó que ya llevaban más de dos días en Bilwi y aún no eran atendidos por ninguna autoridad del Consejo o el Gobierno Regional.
“No es la primera vez que venimos, a veces hemos estado aquí por más de una semana y la mayoría de las veces nos regresamos a como venimos, con las manos vacías, pero hasta más pobres y cansados, esperando la ayuda que nos han prometido”, dice Bodden.
Mirna Moody Espinoza, otra del grupo de mujeres que la acompaña, dice que en la comunidad de Awas Tara hubo mujeres que perdieron a sus esposos e hijos mayores y ahora están solas cuidando de los más pequeños, pero sin trabajo y algunas aún bajo improvisados toldos de plástico negro.
Según cifras oficiales, veinte mil viviendas fueron destruidas por el huracán y 33 mil 687 familias fueron afectadas. Además, la escasa infraestructura local también sufrió los embates del desastre natural y por lo menos 477 mil hectáreas de bosques de pino, latifolianos y manglares fueron arrasadas.
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“Así fue —cuenta Davis— que yo vivía hasta que los capitanes y las autoridades del Gobierno anunciaron de un día a otro que el precio de la langosta cayó de doscientos a veinticinco córdobas por libra y las piquineras ya habíamos entregado el dinero a los buzos y estábamos sin nada de ganancia. Sólo pérdidas”, dice Davis. Esto ocurrió en junio de este año, cuando estalló una protesta en el muelle de la ciudad de Bilwi y Davis no dudó en participar de los reclamos.
Pero nuevamente, Davis sufrió otra desgracia: durante una de las protestas de esa primera semana de junio se fracturó el brazo izquierdo y una policía le disparó en el mismo brazo esa tarde. “Yo de milagro no estoy muerta, porque ese disparo fue directo y venía otra bala, pero un hombre me capeó”, recuerda.
Sin el yeso, pero con el brazo aún un poco hinchado, Davis relata esta historia con rabia. Para ella no se trata de la “mala suerte” que algunos le dicen, pues cree que lo grave de todo es que cuatro años después de la muerte de su esposo ella y sus hijos aún esperan el pago y la indemnización del dueño del barco en el que murió su esposo y tampoco la Policía ha asumido el costo de su recuperación ni el Gobierno central o Regional le ha asistido tras el huracán de hace más de dos años.
“A mí lo que más me dolió ahora fue que con mi brazo herido no podía trabajar para dar de comer a mis hijos. Aquí vino mi mamá y me dijo: ‘hija, yo no tengo nada, ayúdame’ y mis hijos llegan y me dicen ‘mamá, tengo hambre’ y a veces el más pequeño se pone malcriado, pero cómo le voy a pegar, si yo sé que tenemos hambre, pero sin trabajo hay días que no tengo nada que darles de comer. Yo no sé cómo es que he logrado llegar viva hasta ahora ni porqué estamos en tanta pobreza aquí en la Costa, cuando tenemos tantos recursos naturales”, reclama.

No quiere saber nada “de ningún partido”
Davis también ha traducido la experiencia de su tragedia en un sentimiento de frustración y molestia contra la política partidaria, que ella considera que fue impuesta desde Managua.
“Yo no soy política. Soy una mujer luchadora. Yo amo mi democracia. Soy una mujer llena de democracia, pero de mi parte, de mi persona y de mi familia pienso que no queremos elecciones”, dice Davis, en víspera de las elecciones regionales de la Costa Caribe, previstas para el domingo 7 de marzo del 2010.
“Ahorita —agrega— estamos pasando una situación tan horrible. Y esto lo piensa mucha gente también. Nosotros le dimos confianza a los partidos. Vinieron los partidos y yo no sabía de partidos, hasta ahora yo conozco cuál es mi deber y cuál no es mi deber. Antes nosotros le dimos la confianza a los partidos. Entró Daniel (Ortega, en los ochenta), entró Violeta (Barrios de Chamorro, en 1990), y ¿cómo se llama el que vino después? Todos, y mire en estas fechas, en el 2010 que vamos a entrar, y mire lo que está en Puerto Cabezas, más pobres, más pobres y más pobres. Entonces no queremos elecciones y no queremos más partidos aquí. Lo que queremos es que deje la Costa Atlántica aparte”, dice Davis.
“El huracán botó un montón de madera”, dice Davis, “pero no podemos sacarla y mi casa está cayendo. Una madera tenemos que comprar, ¿con qué? Si no hay dinero. ¿Eso es justo? También vivíamos de la pesca, ahora dónde está la pesca, nada de esto es justo ( ) Si somos humanos y además las tierras vienen quitándolas tuco a tuco. ¿Dónde están los partidos para atender esas necesidades?”, pregunta la mujer casi llorando.
El descontento de Davis no es sólo hacia los partidos nacionales, también se extiende a la principal organización política regional de los indígenas en el Caribe nicaragüense, Yapti Tasba Masraka Nanih Asla Takanka (Yatama), que ahora posee una alianza histórica con el actual gobernante Frente Sandinista.
Davis asegura que “antes todos los miskitos eran Yatama” porque juntos lucharon por sus derechos, pero entonces Yatama vendió la bandera en ausencia del pueblo, porque nosotros no sabíamos que Brooklyn (Rivera, diputado nacional miskito aliado al FSLN) estaba amarrado con Daniel Ortega. Y cuando la gente quiso levantarse en contra de eso, ya era tarde”.
Davis dice y repite en su reclamo que “Daniel no tiene alma y quiere ver muertos a los miskitos”, lo dice con una rabia que a uno le asusta, pero lo hace parejo para los otros partidos: “¿dónde está el PLC, dónde está Yatama, Pamuc y los otros, porqué no vienen a ver a la gente que está sufriendo, no hacen nada sobre la gente que muere aquí por droga, dejan que la gente muera porque sólo les servimos cuando quieren el voto”.
Marcela Davis relata con molestia que hace treinta años los miskitos dieron por primera vez su confianza a los políticos, “pero ellos se comieron (la) confianza” depositada. Ésa es la razón por la que ella prefiere confiar en la elección reciente del Wihta Tara o Anciano Mayor y está a favor del grito separatista del Consejo de Ancianos. “No sé cómo vamos a vivir, pero creo que no hay desarrollo que perdamos”, sostiene.
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