Por Martha Solano Martínez
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El día que lo capturaron, Luis estaba drogado. Minutos antes acababa de terminar de fumar el churro de marihuana con crack que decidió compartir con un “compañero de calle”. Estaban bien “elevados” y mientras se les pasaban las alucinaciones y el relax que les hacía sentir ese cóctel, dejaron a un lado la bandeja de cajetas con la que disimulaban su negocio de expendedores de crack y se pusieron a jugar cartas.
Una patrulla policial los vio y se detuvo. A Luis y su amigo los revisaron siete veces pero no les encontraron nada. Las piedras estaban bien camufladas entre las bolsas de cajeta. Sin embargo, los policías no se dieron por vencidos y se los llevaron detenidos.
Al “compañero de calle” lo dejaron en libertad al día siguiente, pero a Luis le abrieron un proceso judicial cuando finalmente los policías que no se cansaban de revisarlo, le encontraron 20 piedras de crack entras las bolsas con que envolvía las cajetas.
Fue entonces cuando el chavalo que apenas tenía 17 años se dio cuenta del tipo de vida que se había forjado desde que tenía seis años, cuando huyó de su casa en el reparto Schick, en Managua, y se unió a una pandillas de niños igual a él, que pernoctaban en los andenes del mercado Roberto Huembes.
El niño había dejado su hogar, que ya era bastante pobre, para alejarse del padrastro que consumía crack y que le repetía que cuando creciera tenía que ser igual a él o igual a un primo que también se drogaba, pero con marihuana.
La suerte que le siguió al pequeño no fue tan distinta al ambiente familiar en que vivía. Un día, ya viviendo en el mercado, sus nuevos amigos le invitaron a oler pegamento para saciar el hambre.
—Si querés probar, probá. Pero si sentís que no te gusta, dejalo— le dijeron.
“Comencé a ver alucinaciones, cosas que nunca una persona normal se imaginaría”, recuerda ahora ya en su etapa adulta.
Le gustó. Las sensaciones producidas por el pegamento no las había sentido nunca y con la misma curiosidad con que aspiró la primera vez aquel vaso de pega, continuó la etapa experimental combinando pega con sedantes que compraba en una farmacia con el poco dinero que ganaba por empujar carretones o cargar agua a los comerciantes del lugar.
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Desintoxicación: durante un mes el adicto es llevado a un lugar lejos de la ciudad, donde se ocupa en terapias ocupacionales, espirituales y recibe charlas de superación.
Adaptación: una vez desintoxicado, pasa a formar parte de las actividades propias de la fundación. Según la evaluación de la persona, esta fase puede durante entre tres y cinco meses.
Responsabilidad: Aquí se inicia el desarrollo de talentos. La persona realiza tareas culturales, laborales y de crecimiento espiritual.
Capacidades: una vez cumplidas las tres fases anteriores, la persona tiene la opción de continuar dentro de Remar, participando en el programa mundial que esta fundación tiene en 62 países. Aquí adquiere habilidades en música, contabilidad, etc.
La Fundación Remar es una de las decenas de organizaciones que se han establecido en el país para brindar servicios de rehabilitación. Algunas cobran por ese servicio, sin embargo, Remar no lo hace.
Barrientos explica que no tienen ninguna organización donante y se mantienen con los recursos de algunas microempresas como la tienda de ropa y muebles Remar, una panadería y una fábrica de productos de limpieza.
Según dice, en Nicaragua la adicción en general irá en aumento a medida que el país se vaya desarrollando. Cada mes esta fundación recibe aproximadamente 120 personas, a pesar de que el número de centros de rehabilitación ha aumentado en los últimos años.
Además, Barrientos critica que los gobiernos no se preocupan por la rehabilitación de su población adicta.
Remar tiene oficinas centrales en Managua, León y Estelí. Para cualquier información puede llamar al 2222 4545, 2254 8888, 2254 7390.
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Después alguien le comentó que se podía echar cocaína a la pega. Y probó. Marihuana con coca. Y también probó. Comenzó a robar porque lo que ganaba trabajando ya no era suficiente. Se metía a las casas a robar electrodomésticos que luego cambiaba en el cártel del Reparto Schick. A cambio le daban piedras de crack que luego vendía a cualquiera que “lo necesitara”. Así pasó su vida a una nueva etapa, la de expendedor de crack, un negocio que tal como lo describe resulta rentable. Dinero fácil, pero peligroso.
“Llegué a comprar 2,500 pesos en piedras. Me daban 250 piedras. Era un buen negocio porque le sacaba el doble (de ganancia). Si en el día una piedra vale cinco, en la noche vale diez”, comenta.
Ahora este hombre bajito, moreno, recio, ha pasado por un proceso de recuperación y a sus 30 años espera mantenerse así y quizás, poder ganarse el privilegio de ver más a menudo a sus dos hijas que desde hace mucho no frecuenta como medidas de precaución de la que fue su pareja en su etapa de expendedor.

Por su bajo precio, el crack es la droga más consumida en el país. Le sigue la marihuana; y según la Encuesta Nacional sobre Consumo de Droga en la Población en General (2006), en Nicaragua ya se registran casos de adicción a cocaína, heroína y anfetaminas, aunque por su alto precio, sólo se da en clase media alta.
El crack es la droga de los pobres, por así decirlo. Comúnmente se comercializa en barrios bajos. Los cárteles reconocidos por la población en general se ubican el barrio Santa Ana, Reparto Schick y “la playa”, en la costa del Lago de Managua. Pero además de piedra, como en muchos otros lugares, venden la popular hierba, el monte, la marihuana.
“Comprar en la playa es horrible. Es como ir al infierno. Ahí te encontrás con un montón de tipos desalmados que te pueden meter un cuchillo si quieren”, describe una joven adicta “al monte” desde hace dos años.
Comenzó por curiosidad. Típico. Un amigo le comentó que ya la había probado y ella junto a una amiga más se entusiasmaron y probaron.
“La primera vez no fue como uuuuy. Fue normal. Fumamos y no volví a probarla. Pero después, cuando iba a los conciertos los muchachos me invitaban. Me decían ‘querés’, y yo les decía que ‘después’. Así pasé un tiempo, pero después ya les decía ‘dale pues’…. y así fue”, relata esta joven de 18 años, tez clara y pelo amarillento.
Ella estudia y trabaja. Le gustan las artes. Acaba de terminar la secundaria y pretende entrar a la universidad. Dice que fuma para mantenerse relajada. Al principio no parecía tomarle importancia, pero ahora, dos años después de haber fumado su primera “tila”, como le llama al churro de marihuana, dice que estar bajo el efecto de la hierba es un estado “normal”.
“Yo fumo todo el tiempo. Estar relajada ya es un estado normal para mí. Lo uso como relajante porque yo soy acelerada, sofoquín. Estudio y trabajo normal. Cuando fumo siento que los sentidos me los pone al límite, pero eso ya es personal, cuando querés. Es una cuestión interna, es una sensación de buena onda. Me podés decir que haga cualquier cosa y yo la hago, pero por dentro me siento relajada”, dice.
A estas alturas, ya varios amigos de ella han caído presos por tenencia de drogas. No por ser expendedores, sino por ser “salados”. Es decir, por llegar a comprar a un lugar justo en el momento en que está programado un “quiebre” realizado por la Policía.
“Por eso tenés que cuidarte de los ladrones y la Policía. Muchas veces te cuidás más de la Policía…jajajaja… Depende donde comprés sí. Donde voy yo no hay ladrones, pero de vez en cuando les cae la Policía. Pero ellos ya más a menos saben cuándo les van a caer y ellos mismos te avisan. Vos sabés, es todo arreglado. A la Policía le dan dinero, pero igual tienen que llegar a hacer el mate. Los llegan a requisar y todo eso”, comenta.
Su lugar preferido es el barrio Riguero, donde los “panzones”. “Lo bueno es que ellos saben cuándo les van a caer, vos sabés, le pagan a la Policía para que los mantengan informado y si, por ejemplo, les van a caer ellos, me dicen ‘mirá, andate rápido que ya nos van a caer’, o ‘mirá, no vengás mañana’… y así, normal”.
Los tres o cuatro “churros” que esta guapa joven consume a diario se traducen en unos 40 córdobas. Para mantener suplida su necesidad de relax, compra pequeñas cantidades. Lo más que ha llegado a tener en sus manos es una onza, que se consigue a cambio de 300 córdobas, una cantidad que para ser un vicio, resulta un tanto difícil para las personas con un nivel económico menor al de ella. Por eso, algunos comienzan a robar para darse abasto. Pero este no es su caso. Su familia es de clase media. Con su trabajo y la ayuda de sus padres le es suficiente. Y además siempre hay amigos que invitan a continuar con su adicción.
Amigos como esos son los que Roberto llegó a tener en su natal León. Su primer amigo fue su padre. Con él empezó a beber licor cuando apenas tenía 17 años. Y después, después fue un primo el que lo incitó a que aspirara cocaína cada vez que salían de bacanal.
—¿Cuando comenzaste, cómo hacías para saber dónde vendían la droga?
—Eso era fácil. Le preguntaba a cualquiera en la calle y ya me decían. Hasta me acompañaban si yo quería.
La última vez que Roberto (33años) visitó su natal León fue hace siete años. Ahora ya se retiró de ese mundo de las drogas. Pero desde entonces no ha querido volver ahí por todos los malos recuerdos que le trae. Ahí vivió su niñez, junto a su mamá y su papá. Su papá, el hombre con el que conoció por primera vez el alcohol, lo que luego se convirtió en su adicción. Y su primo, el hombre que lo invitó a probar cocaína.
Como apenas era un chavalo que finalizaba la secundaria, tuvo que robarle a su papá para conseguir dinero. “Esperaba que se embolara y le registraba la billetera”. Con el dinero se iba a la venta y seguía tomando con sus amigos.
Durante ocho meses consumió cocaína bajo el “patrocinio” de su primo, a quien describe como un “hijo de papi”. Nunca se preocupó por el dinero, pero al final descubrió que no le gustaba mucho ese efecto alucinógeno. Roberto lo dejó, pero su primo continuó gastando la mesada que le daban sus padres en el polvo maldito.