Por Carlos Salinas Maldonado
El domingo pasado por la noche, el fax de la principal oficina del palacio presidencial de Brasilia recibía una carta de dos folios que definía el final de la crisis política de cinco meses que sufre Honduras, desde que su Presidente constitucional fue sacado de la cama y expulsado del país a punta de pistola por los militares. El Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se dirigía a su homólogo brasileño, el carismático Luis Inácio Lula da Silva, para ponerle las cosas claras: las elecciones que hoy celebra Honduras son la mejor salida a la crisis y Estados Unidos aceptará sus resultados, independientemente de que Manuel Zelaya sea o no restituido en el poder.
Lula, el Presidente de una potencia emergente que ha redefinido las relaciones diplomáticas en América Latina, le respondió a Obama que lo que hubo en Honduras fue un golpe de Estado y que Brasil jamás aceptará los resultados de las elecciones si Manuel Zelaya no es restituido en la Presidencia.
Manuel Zelaya, atrincherado con el apoyo de Lula en la Embajada brasileña en Tegucigalpa, asistía afligido al coloquio de los gigantes, seguro de que su tiempo se agotó y el único camino que le queda por andar es el de la derrota. Las elecciones generales son la estocada final a un hacendado derechista que un día despertó inspirado por un rayo de solidaridad con los suyos, que decidió hacerse de izquierda y se sumó al incierto proyecto político del venezolano Hugo Chávez. Lo hizo sin contar con el apoyo suficiente de su partido, el Liberal, ni de un gran segmento de una sociedad altamente conservadora, con instituciones políticas reaccionarias y donde el Ejército, está demostrado por la historia, pone y quita presidentes.
El gran victorioso de la crisis es un oscuro y ambicioso personaje elevado ya a la categoría de héroe por los segmentos más conservadores de su país y Centroamérica. Roberto Micheletti, el antipático político liberal que siempre anheló ser Presidente supo jugar las fichas del complicado tablero político hondureño y, a pesar de todas las adversidades, salir airoso. La semana pasada se le veía en Tegucigalpa sonriente por primera vez desde que asumió el Gobierno, el semblante despejado, renunciando, por el momento, a la Presidencia de Honduras, cargo que ocupó por cinco meses por decisión del Congreso Nacional. Repartía abrazos, estrechaba manos y regalaba sonrisas, como si hubiera sellado un buen negocio en su empresa de transporte interurbano.
La gran perdedora de la crisis, afirman algunos analistas, es Honduras. La crisis de 2009 ha sumado cien mil nuevos pobres al ejército de miseria del país, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Las elecciones de hoy marcan el regreso al status quo, es decir, al bipartidismo, sin posibilidad de participación de movimientos emergentes y donde la política interna es administrada por el Ejército, el gran mediador entre las dos fuerzas políticas del país: el Partido Nacional y el Partido Liberal.
30 de junio. Los partidarios de Zelaya y opositores al golpe salen a protestar contra el gobierno de facto. Micheletti asegura que no entregará el poder y que si Zelaya regresa será detenido.
1 de julio. Se impone el estado de sitio. El Congreso accede a restringir los derechos y libertades de los hondureños.
6 de julio. Zelaya intenta regresar a Honduras. Centenares de sus seguidores lo esperan en el aeropuerto internacional de Tegucigalpa, junto con una buena cantidad de militares. Hay disturbios y un joven muere por la bala de un militar. Zelaya no pudo entrar a Tegucigalpa.
17 de julio. El movimiento a favor de la restitución de Zelaya organiza grandes movilizaciones en la capital. El gobierno de facto impone el toque de queda.
25 de julio. Zelaya, refugiado en la ciudad nicaragüense de Ocotal, se planta en la frontera para hacer un amago de cruzarla, una acción que fue catalogada como payasada por sus críticos.
3 de septiembre. Al aislamiento de la comunidad internacional, el cierre de las fronteras ordenado por los gobiernos centroamericanos y la condena mundial al golpe, se unen las sanaciones del hasta entonces principal aliado de Honduras, Estados Unidos, que decide recortar las ayudas a Tegucigalpa.
22 de septiembre. Zelaya regresa clandestinamente a Honduras y se refugia en la Embajada de Brasil.
6 de octubre. Debido a las presiones internacionales, Roberto Micheletti decide suspender el estado de sitio.
8 de octubre. Una comisión de la OEA llega a octubre para rescatar el Pacto de San José, auspiciado por Oscar Arias. En las negociaciones se acuerda el pacto San José-Tegucigalpa que establece crear un gobierno de unidad. Ni Micheletti ni Zelaya se ponen de acuerdo en una salida negociada, a pesar del firmar el acuerdo.
23 de octubre. Zelaya da por fracasadas las negociaciones y se niega a ser restituido en el poder por una resolución del Congreso Nacional.
25 de noviembre. Micheletti deja el Gobierno y da paso a un Consejo de Ministros que mantendrán el poder hasta los resultados de las elecciones presidenciales.
26 de noviembre. La Corte Suprema de Justicia falla no restituir a Zelaya porque sobre él pesan dos órdenes de captura: una por sus intentos de establecer una Asamblea Constituyente supuestamente violando las leyes del país y la otra por varios casos de corrupción.
29 de noviembre. Elecciones presidenciales, de diputados y alcaldes. Elvin Santos, del oficialista Partido Liberal, y Porfirio Lobo, del opositor Partido Nacionalista, son los principales candidatos en la disputa presidencial.
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Las elecciones podrían dar la victoria al PN, lo que en hondureño significa un gobierno muy conservador y de políticas represivas. En la campaña presidencial que llevó al poder a Zelaya, el candidato del PN, Porfirio Lobo, prometía restablecer la pena de muerte en Honduras para reducir los índices de violencia que afligen al país. Lobo, nuevamente candidato del PN, corre en ventaja frente a su adversario, Elvin Santos, del oficialista Partido Liberal. Una encuesta emitida a finales de octubre por CID-Gallup daba una ventaja de 16 puntos a Lobo, que cuenta con el 37% de la intención de voto frente al 21% de Santos. La decisión final la tomarán 4.6 millones de hondureños convocados a votar en unas elecciones dominadas por la apatía, el cansancio y la tensión.
Manuel Zelaya decía el jueves desde la Embajada de Brasil en Tegucigalpa que va a impugnar las elecciones ante la Organización de Estados Americanos (OEA). Su amenaza recibía poca atención. Los periodistas extranjeros que se trasladaron hasta la capital hondureña para cubrir las elecciones estaban más interesados en la renuncia de Micheletti, el fallo de la Corte Suprema que rechazaba con los votos de 14 de sus 15 magistrados la restitución de Zelaya, el traslado de los materiales electorales por los mismos militares que dieron el golpe y la llegada de las primeras comitivas de observadores convocados por el gobierno de facto, entre ellos el ex Presidente de El Salvador, Armando Calderón Sol. La voz de Zelaya salía débil de la Embajada.
Los otros dos grandes perdedores de la crisis hondureña son precisamente la OEA y el presidente venezolano Hugo Chávez. La OEA porque quedó demostrada su incapacidad como mediadora en los conflictos latinoamericanos, aferrada desde un inicio en aislar Honduras y en la restitución de Zelaya. El mismo Chávez y su bloque, que antes habían criticado hasta el desprecio a la institución interamericana, ayudaron a manchar su imagen al reconciliarse con ella y exigir que sus decisiones fueran respetadas.

El Pacto San José-Tegucigalpa, auspiciado en principio por el costarricense Oscar Arias y que establecía la creación de un Gobierno de unidad como solución a la crisis, quedó en papel mojado y la verdadera solución pasó por lo que el catedrático de relaciones internacionales de la Universidad Americana Orlando López llama la “macht politik”, la política de la fuerza demostrada en aquel fax que la noche del domingo pasado llegó a la Presidencia de Brasil firmado por Barack Obama. “Brasil no va a hacer nada que vaya contra la súper potencia”, dice López.
Es López quien afirma que Chávez es uno de los grandes perdedores en la crisis hondureña. La expansión de su política populista basada en ganar adeptos con petrodólares se vio frenada en Centroamérica al perder un aliado, el más débil pero aliado al fin. Además, agrega el analista, la crisis demostró que la izquierda radical latinoamericana no sabe manejar la diplomacia: Chávez se gastó cinco meses en peroratas antiimperialistas, en amenazas bélicas, en diatribas contra Micheletti (Goriletti lo llamó) y en viajes de Estado con sus aliados (incluido Raúl Castro, que en Managua ¡apeló por la democracia!) sin diseñar una salida clara a la crisis que restituyera el orden constitucional en Honduras y sentara de nuevo a su aliado en la cómoda silla presidencial.
“Zelaya va a quedar en el olvido, es un ex gobernante errante, el gran perdedor”, dice López.
—¿Son las elecciones de Honduras un borrón y cuenta nueva?
—No. Las elecciones lo que hacen es devolver la situación a los cauces que indican las reglas del juego claras –responde López.
Javier Meléndez, analista del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (IEEPP), opina lo contrario. “Es inviable —dice— es contraproducente para la democracia el reconocimiento de unas elecciones que derivan de un golpe de Estado. Podemos enviar mensajes equivocados de que las reglas del juego se pueden transgredir”.
Para Meléndez, Estados Unidos y Panamá, los países que han dicho que reconocerán los resultados, prefieren “ser realistas” a mantener una posición persistente sobre lo que ha pasado en Honduras: que hubo un golpe de Estado, que se instauró un poder fáctico que ahora organiza elecciones y las vende como retorno a la democracia. “Las elecciones son buenas para los que apoyan a Micheletti. Es irónico que los que rompen la ley abanderan la legalidad del proceso electoral”, agrega.
Las elecciones de Honduras para Meléndez no son legítimas porque sus resultados significarían la llegada al poder de un nuevo gobierno sobre las cenizas de otro que, a parte de todos los errores que pudo haber cometido, fue electo democráticamente. Por lo tanto, el analista augura un desgaste “muy fuerte” para el nuevo Presidente, porque América Latina le dará la espalda por “largo tiempo” al menos que quien resulte electo hoy haga una “reconfiguración radical” de la política hondureña: abrir las opciones a nuevos movimientos políticos, restablecer la vigencia de los derechos humanos y reorientar la intervención del Ejército en la política.
Esto último es lo más difícil en un país como Honduras, donde el Ejército está vinculado a los intereses partidarios y se ha desarrollado como el verdadero administrador de la política hondureña. Cuando los militares sienten que su poder puede verse amenazado acuden a las armas. Ya pasó en 1963, faltando apenas unos meses para las elecciones de ese año, cuando los militares le dieron un golpe de Estado al presidente Ramón Villeda Morales, que trataba de restarle fuerza al Ejército creando una Guardia Civil bajo control presidencial en detrimento de la Policía Nacional, controlada por las fuerzas armadas.
Los militares tampoco veían con buenos ojos a Modesto Rodas Alvarado, candidato liberal para las elecciones de ese año. Rodas tenía ideales antimilitares y había propuesto revisar la Constitución de 1957 para instaurar el control civil sobre las fuerzas armadas. El golpe militar fue la solución del Ejército para deshacerse de ambos políticos y poner en su lugar a López Arellano, un monigote que no iba a poner en duda el poder militar y su sagrado de derecho de decidir con las armas.
“Honduras no es un país con políticos sofisticados; las interesa hacer la política como ellos la conocen”, dice Meléndez.
El Ejército, a fin de cuentas, es uno de los grandes triunfadores de la crisis que sus soldados iniciaron al expulsar en pijamas hacia Costa Rica a Zelaya el 28 de junio pasado. Es el guión que se saben de memoria y representan a pie juntillas. El Ejército mantiene el sistema como le gusta y según Meléndez, gane quien gane de los dos grandes partidos las elecciones de hoy, no van a haber grandes cambios en Honduras. “Si el PN gana la Presidencia va a persistir la alianza estratégica con el Ejército. Si el PL gana, se mantendrían las cosas como antes del golpe, al punto de retorno de un sistema rígido de alianzas entre dos partidos que son como dos gotas de agua”, explica.
¿Qué conclusiones se pueden sacar de la crisis hondureña? Para Orlando López queda de manifiesto en grandes segmentos políticos y sociales de Honduras y gran parte de Centroamérica la identificación con un modelo de democracia antichavista y ante populista y a favor del status quo. Según López, los resultados electorales de hoy van a tener un “efecto pringante” en Nicaragua al fortalecer a la oposición. “Es el triunfo de un grupo que comparte la idea de una democracia sin adjetivos”, dice López.
Para Javier Meléndez, la crisis permitió que la comunidad internacional conociera la realidad de Honduras y pusiera los ojos en un país con serios problemas democráticos, donde se han rezagado las organizaciones que podrían representar nuevas opciones políticas. Meléndez dice que tras el golpe se abre una oportunidad y un reto para los movimientos sociales en Honduras, que son los que plantean la necesidad de un cambio profundo en la política interna. Esos movimientos, hasta ahora atomizados, deben unirse para representar una opción social y política seria. La búsqueda de un liderazgo será su principal batalla. Y una de sus principales estrategias debe ser distanciarse de un político derrotado: el hacendado conservador que se hizo de izquierdas, Manuel Zelaya.