Pintura de Nina Bebout. LA PRENSA/O. Valenzuela

Arte (poética II)

¿Qué debe ser un poema? La pregunta es necia y aún así se mantiene. No existe el menor consenso sobre estas cuestiones. A lo mejor hemos pasado demasiado tiempo sumidos en los regodeos de nuestros tiranos yo internos. A lo mejor, sin quererlo o con toda la pasión, nos detuvimos a cantar sobre labios ajenos, […]

¿Qué debe ser un poema?

La pregunta es necia y aún así se mantiene.

No existe el menor consenso sobre estas cuestiones.

A lo mejor hemos pasado demasiado tiempo

sumidos en los regodeos de nuestros tiranos yo internos.

A lo mejor, sin quererlo o con toda la pasión,

nos detuvimos a cantar sobre labios ajenos,

y olvidamos en el camino la piedra,

los aviones y la tarde.

Un poema no debe decir nada insignificante,

y sin embargo, muchas veces no es capaz

de distinguir lo importante de lo superfluo.

Sabe de ritos, de musas y de esperas,

pero también debe saber de cuentas, recibos

y filas en los bancos.

Antaño los poetas cantaban a la rosa,

hoy la rosa está marchita en la autopista.

Hoy el periódico anuncia una baja en los combustibles

y nos damos de golpes contra una rima asonante

o una métrica imperfecta,

contrariados por el efecto negativo de la vida en las palabras.

Un poeta, lastimosamente,

es un sercillo de aladas crines,

un oficinista perdido en las montañas,

un labriego de shopping por el pueblo.

Criatura ambigua, ambiediestra,

falaz y cansina,

obstinada, feliz o indispuesta.

Entonces ¿qué podemos esperar de un poeta?

¿Qué podemos pedirle a los poemas?

Nada, excepto cantar la muerte

como si fuese un anuncio en las noticias vespertinas.

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