Eran las dos treinta de la tarde, el calor estaba intenso y la ciudad de León se sentía muy tranquila. El movimiento en el hotel El Convento era lento, hasta que apareció Virginia Pérez con rollos en la cabeza, sandalias planas y un grupo de gente que la acompañaba con un montón de maletas. Esa tarde se celebraba su boda y a esa hora empezó el ritual para vestir a la novia.
La sorpresa de la ceremonia fue el vestido. Jamás lo llevó a su casa, ni lo enseñó a su madre, quiso mantenerlo en secreto. El día nupcial el ajuar esperaba sólo en una habitación contigua al sitio donde Virginia estaba arreglándose. Todo para que evitar que el novio lo viera y no por superstición, sino por que quería sorprender.
Después de colocar cada una de las maletas en el cuarto y de despachar al novio, Virginia revisó que todo estuviera en orden: los recordatorios, sus accesorios, llamó por teléfono para asegurar que el pastel llegara a tiempo y ultimó detalles con los trabajadores del hotel para que todo estuviera perfecto, la verdad nunca había visto tanto estrés.
Las lágrimas de la novia aparecieron a las tres de la tarde, cuando se reunió con sus amigas en la habitación para orar. Se tomaron de las manos y uno de sus amigos dijo una oración por el nuevo hogar que estaba a unos minutos de constituirse. Después la novia se secó las lágrimas y dio las gracias a sus amigos.
El cuarto estaba lleno de sus mejores amigas, la acompañaban estilistas que la ayudarían a embellecerse y su hermana la maquillaría.
Cuando empezaban a peinarla, llamó a su mamá para contarle el detalle de su vestido, no quería asustarla, pero la comunicación fue imposible.
A las 5:25 de la tarde empezaron a vestirla. Claudia, una de sus amigas, le colocó la liga y le dijo en broma que pelearía el ramo, pues quiere ser la próxima en casarse. Terminaron de vestirla y ¡wow! se convirtió en una princesa con un hermoso vestido rojo. Sus padres la sorprenden en el hotel. Su madre sólo alcanzó a decir: ¡Te ves linda!. Y le dio su bendición. Después murmuró: Pensé que el vestido era blanco con detalles rojos.
Como toda novia hizo esperar unos minutos y llegó a la iglesia pasadas las seis de la tarde. Fernando Delgado Otero, el novio la esperaba impaciente en la iglesia. Virginia apareció ante la mirada de muchos curiosos, los habitantes de León muy tradicionalistas, por cierto, se sorprendieron al verla entrar a la capilla de la catedral de León con un glamoroso vestido rojo. Entre los rumores podía escucharse: ¡Qué raro!, ¿cómo va a casarse de rojo?, ya las bodas no son como antes; los amigos más cercanos no se sorprendieron porque saben que a Virginia le gusta ser original.
Después de dar el sí ante los ojos del Señor, los novios regresaron al hotel, donde además de la recepción, los esperaba un abogado para que dieran el sí ante las leyes de los hombres. Claveles rojos y blancos adornaban el salón, con velas y mariposas. Virginia y Fernando estaban felices de haber contraído matrimonio y convertirse en protagonistas de una boda con mucho color.