“El Frente Sandinista consideró que hablar de productividad era ser explotador, que hablar de eficiencia era ser explotador”, relata Alfonso Robelo Callejas. (LA PRENSA/D. Carcache)

El “no alineamiento” del FSLN se doblegó ante la URSS

Alfonso Robelo Callejas, miembro de la primera Junta de Gobierno, afirma que el Frente Sandinista fue incapaz de condenar la invasión soviética a Afganistán, al poco tiempo de asumir el poder. El FSLN tampoco pudo entender que lo más importante de la revolución era la unidad de los nicaragüenses contra la dictadura [doap_box title=»Conciencia de […]

  • Alfonso Robelo Callejas, miembro de la primera Junta de Gobierno, afirma que el Frente Sandinista fue incapaz de condenar la invasión soviética a Afganistán, al poco tiempo de asumir el poder. El FSLN tampoco pudo entender que lo más importante de la revolución era la unidad de los nicaragüenses contra la dictadura
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Alfonso Robelo Callejas tuvo que irse de Nicaragua en 1982 porque, tras renunciar a la Junta de Gobierno, su casa fue atacada en varias ocasiones por turbas del FSLN.

En Costa Rica se sumó a la Alianza Revolucionaria Democrática (Arde), fundada por Edén Pastora, quien igual dejó el Gobierno para ir a combatir contra el régimen del FSLN. Robelo fue director de Arde entre 1982 y 1984. Después se integró al directorio de la Resistencia Nicaragüense.

De la revolución de 1979, considera que lo más positivo pudo ser que “se creó conciencia en todo el pueblo que tenían derechos que todos los demás debían respetar”.

“Creí en los sandinistas y me equivoqué”, afirma 30 años después. “Creí que los sandinistas buscaban, como yo, una nueva Nicaragua con libertad, progreso y armonía de todos”.

El mismo Ortega

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El 27 de septiembre de 1979, Daniel Ortega Saavedra habló en la sede de las Naciones Unidas, en representación de la Junta de Gobierno. Alfonso Robelo, quien viajó con él, recuerda esa exposición: “Fue una cosa decepcionante, porque en vez de hablar de Nicaragua y haber planteado la necesidad que Nicaragua tenía, de reconstruirse y abrirse a los países, se dedicó a hablar de las cosas más raras, de Pol Pot en Cambodia y de cosas que, yo decía, qué es esto si nosotros no tenemos nada que ver con Pol Pot”.

En la Navidad de 1979, cuando las tropas soviéticas invadieron Afganistán, la Junta de Gobierno de Nicaragua, con sólo cinco meses en ejercicio, enfrentó su primera prueba política internacional y constató que su poder ya era simbólico.

La Junta de cinco miembros se reunió de urgencia para definir la posición que asumiría en las Naciones Unidas, sobre la ocupación en Afganistán, y apegándose a los lineamientos del Plan de Gobierno de unidad nacional decidió votar en contra de la invasión.

Lo sorprendente ocurrió el día de la discusión en la ONU, semanas después, cuando el representante de Nicaragua votó de otra manera, ignorando el mandato de la Junta instaurada el 20 de julio de 1979.

“¡Qué es todo esto, Dios mío!”, exclamó Alfonso Robelo Callejas al ver cómo los diplomáticos nicaragüenses se burlaban de su mismo gobierno. Él era uno de los dos miembros de la Junta que no pertenecían al Frente Sandinista (FSLN) y había llegado allí en representación del sector empresarial y del Frente Amplio Opositor (FAO), una coalición de partidos que luchó de manera cívica contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle.

La Asamblea de la ONU condenó a la URSS por 104 votos contra 18. Hubo 18 abstenciones, entre ellas la de Nicaragua que no se atrevió a condenar la invasión. Cuba votó a favor de Moscú.

Treinta años después, Robelo vive en Costa Rica donde se dedica por entero a la producción de café y caña de azúcar, pero aún lo persiguen los recuerdos de los nueve meses que cogobernó Nicaragua. “Nos reunimos como Junta de Gobierno porque hay un principio sagrado de que no somos alineados y, por consiguiente, nosotros tenemos que votar en contra de la invasión soviética en Afganistán, porque si los soviéticos se pueden meter en Afganistán, quiere decir que los Estados Unidos se pueden meter en Nicaragua el día de mañana”, dice al explicar cómo razonaron aquel día.

La decisión de la Junta de Gobierno había sido contundente: “Ordénele al representante nuestro en las Naciones Unidas, Miguel D’Escoto, que vote en contra de esa invasión y que condene”, pero “votaron como les dio la gana”, lamenta todavía Robelo.

Allí terminó el no alineamiento del gobierno revolucionario, uno de los elementos básicos del programa elaborado en el exilio, en Costa Rica, como esencia de la alianza entre el FSLN y otros sectores políticos para garantizar la independencia y la democracia de Nicaragua.

REVOLUCIÓN NO FUE SANDINISTA

Antes de la creación del FAO, Robelo había participado en 1977 en la Comisión del Diálogo Nacional que pedía la renuncia de Somoza, pero la negociación se rompió al ser asesinado el periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el 10 de enero de 1978.

La población se lanzó a las calles a protestar y el Consejo Superior de la Iniciativa Privada (Cosip), presidido por Robelo, organizó las primeras huelgas empresariales que también indujeron a las insurrecciones populares, como la de Monimbó en febrero del mismo año.

Ese mismo febrero surge el Movimiento Democrático Nicaragüense (MDN) que, a criterio de Robelo, reunió “lo mejor de la juventud empresarial nicaragüense”, entre los que recuerda a Emilio Rappaccioli, Samuel Santos, Fernando Guzmán, Ernesto Leal, Roberto Urroz y David Callejas que luego fundaron el FAO.

“Yo sostenía que para botar a Somoza había que hacer coincidir tres cosas: acciones militares, huelga general e insurrección en los barrios de las principales ciudades”, precisa Robelo, quien se fue de Nicaragua en mayo de 1979 después de ser encarcelado por Somoza durante dos semanas.

Es un convencido de que nunca hubo revolución sandinista, sólo revolución nicaragüense. “Ésta fue una revolución de todos los sectores del pueblo nicaragüense hastiados de una dictadura dinástica”, enfatiza. “Tampoco fue una revolución de lucha de clases… No fue que se levantaron los proletarios o los campesinos contra la burguesía o la aristocracia o la realeza. No. Ésta fue una revolución de todos los sectores de Nicaragua contra Somoza, hastiados de Somoza”.

“La muerte de Pedro es el detonante”, asegura, en referencia a la insurrección popular suscitada por el asesinato de Chamorro Cardenal.

Hurga entre los recuerdos y emociones del 20 de julio de 1979, cuando la Junta de Gobierno entró a Managua y una multitud incalculable la vitoreaba al pie de la antigua Catedral, en ruinas desde 1972: “Yo nunca he visto rostros más iluminados de esperanza como los que se veían en esa plaza ese día… Arrancaba una nueva era y allí no había diferencia, de que si eran proletarios, de que si eran clase media, de que si eran burguesía, de que si eran aristocracia, de que si eran campesinos. Era el pueblo nicaragüense todo, todos unidos”.

El discurso de los nueve comandantes que dirigían el FSLN comenzó a cambiar en las semanas siguientes. De la propuesta de unidad nacional, de pluralismo político, pasó a identificar a un nuevo enemigo, la burguesía, y a plantear otro propósito: la lucha de clases. También revelaba “una cosa bien fregada”, a juicio de Robelo: “Aquí hay una vanguardia hegemónica que es el Frente Sandinista”.

“Lo decían a lo interno y lo comenzabas a oír en los discursos”, rememora. “Yo era MDN, ah no, pero el MDN no tiene los mismos derechos, como partido que tiene el Frente Sandinista, porque el Frente Sandinista tiene Ejército, tiene sindicatos y tiene Policía y tiene todo”.

El programa de gobierno, de pronto, ya no valía nada. ¿Y el no alineamiento, el pluralismo político y la economía mixta? “Todo eso fue letra mojada, las tres cosas”, afirma Alfonso Robelo. “Creíamos nosotros que era la biblia, porque era el programa del Gobierno de Reconstrucción Nacional”.

Donde hoy es el Hotel Irazú, en San José, Costa Rica, los miembros civiles de la Junta de Gobierno (Violeta Barrios de Chamorro, Sergio Ramírez Mercado y Alfonso Robelo Callejas) habían presentado ese programa gubernamental en junio de 1979, y la prensa internacional se encargó de dar a conocer al mundo la forma en que Nicaragua sería, por fin, democratizada cuando cayera el régimen de Somoza.

NO DUDA QUE HUBO TRAICIÓN

El primer reclamo airado de Alfonso Robelo a los dirigentes sandinistas ocurrió en la Academia Militar, durante una discusión sobre ajustes en las instituciones del Gobierno al final de 1979. “No entiendo por qué el Frente Sandinista tiene derecho a tener Ejército y a poder hacer todo, y aquí habemos unos partidos como el MDN que no tenemos derecho a nada”, alzó la voz. “¿Cómo es eso de que aquí ahora todo es indoctrinamiento marxista leninista? Si esto no es por lo que venimos de luchar, esto no puede ser”.

Tomás Borge, el Ministro del Interior, prometió que tomarían en cuenta la demanda de Robelo para darle una respuesta después, sin precisar cuándo. Nunca le respondieron, ni él pudo esperar más.

En su casa de Escazú, Costa Rica, donde destacan obras de pintores nicaragüenses, entre ellos Alfonso Ximénez y Armando Morales, Robelo dice estar convencido de que la dirigencia del FSLN decidió, antes de tomar el poder, que jamás cumpliría los acuerdos de unidad “porque ellos estaban claros que teniendo el control de las armas después podían hacer lo que les diera la regalada gana”.

Sólo así se explica que Daniel Ortega Saavedra, también miembro de la Junta de Gobierno, nunca haya puesto objeción a los postulados del plan de reconstrucción nacional, cuando lo diseñaban en el exilio. Habría pensado “pongámosle al programa de gobierno lo que sea, si al final ni lo vamos a cumplir”, supone Robelo.

Siente que lo traicionaron, igual que a otros civiles que creyeron en una alianza patriótica con el FSLN: “Ellos (los sandinistas) saben mentir con gran facilidad y no les importa mentir… La primera gran mentira es el programa de gobierno”. Lamenta haberse enterado de eso hasta que ya estaba en Managua, porque mientras permanecieron en Costa Rica “todo era amor y paz”.

Una de sus nietas le pregunta a Robelo qué aprendió de esa experiencia de 1979 y él le responde: “Primero, que no se puede ser aliado de los que no tienen la misma ética y moral de uno, y menos si ellos tienen las armas”.

Ni un año aguantó en el Gobierno. “Bueno, yo aquí adentro ¿qué estoy haciendo?”, se preguntó un día. “¿El papel de tonto útil? Si estoy haciendo el papel de tonto útil, porque de nada sirve que yo participe, lo correcto es renunciar y denunciar”.

Y se fue en abril de 1980, días después que renunció Violeta Barrios de Chamorro. La razón última: El FSLN impuso el decreto 374 reformando la integración del Consejo de Estado, que pasaba de 33 a 47 miembros, quitando representantes a sectores opositores y aumentando los del partido sandinista que, a partir de ese momento, serían mayoría y actuarían como aplanadora en la aprobación de leyes.

En efecto, en la última semana de agosto de 1980 el Consejo de Estado aprobó una ley que prohibía toda actividad proselitista y cualquier otra relacionada con las elecciones antes de 1984.

Se había convertido en ley la amenaza vertida días antes, el 23 de agosto, por el jefe del Ejército, Humberto Ortega Saavedra: “Las elecciones de las que nosotros hablamos, son muy distintas a las elecciones que quieren los oligarcas y traidores, conservadores y liberales, los reaccionarios y los imperialistas, bola de canallas, como les llamó Sandino”.

Ortega había dicho eso ante la sugerencia del Presidente de Costa Rica, Rodrigo Carazo Odio, de que el FSLN hiciera elecciones como había prometido a los nicaragüenses antes de tomar el poder el 19 de julio de 1979. La oposición reclamaba lo mismo.

LAS MIELES DEL PODER

Era claro que la dirigencia del FSLN quería deshacerse de los aliados, pero aún era confuso cómo pretendían mejorar el país. Algunos sandinistas llegan a creer que para hacer la revolución había primero que destruir. “Acabemos con todo esto y una vez que hayamos acabado, vamos a construir”, recuerda Robelo que decían. “El hombre nuevo era eso, era acabemos hasta con las maneras de ser de antes, en todo sentido; tenemos que desbaratar todo para que entonces podamos construir lo que nosotros queremos”.

Mientras, algunos jefes eran poco consecuentes con su prédica redentora, porque “comenzaron a disfrutar de todo lo del somocismo… Los comandantes llegando en sus carros, en los Mercedes Benz de los generales de Somoza; y Tomás Borge en la casa de Luis Manuel Debayle (funcionario del régimen somocista), en Las Colinas”.

El Comandante de la Revolución, Bayardo Arce, justificó eso a mediados de los años ochenta, de la siguiente manera: “Los Mercedes Benz fueron un momento de tránsito, porque los vehículos que utilizaba la dictadura eran ‘Mercedes’. Nosotros entramos a pie y teníamos que comenzar a movernos en algo y lógicamente nos movimos en los vehículos que había. Luego vendimos los Mercedes Benz para cambiarlos por vehículos más modestos”.

Sin embargo, 30 años después, Daniel Ortega Saavedra se sigue moviendo en automóviles Mercedes Benz.

Otros funcionarios del gobierno sandinista tenían su propia filosofía, sobre el lujo. Como Robelo supervisaba el área económica, se enteró de que el Ministro de Finanzas, Joaquín Cuadra Chamorro, había contratado un chef exclusivo para que le preparara comidas en la oficina.

Robelo preguntó a Cuadra si era cierto, ya que por razones de austeridad aquello resultaba inconcebible, y ríe cuando recuerda la respuesta del ministro: “Me ve con una cara, después una sonrisa y me dice: ‘ingeniero, es que usted ha confundido las cosas; no confunda la austeridad con la asperidad, uno tiene que tener todas estas cosas para trabajar bien’”.

MUERTE A LA EFICIENCIA

Si en la insurrección una de las consignas principales del FSLN era “muerte al somocismo”, ya en revolución su lema parecía ser “muerte a la eficiencia”. Desde el gobierno, Robelo lo vio así: “El Frente Sandinista consideró que hablar de productividad era ser explotador, que hablar de eficiencia era ser explotador. No se dio cuenta que la eficiencia y la productividad no tienen ideología, y ellos creyeron que no importaba gastar las horas en lo que fuera y el que pretendía ser eficiente, en la producción, simple y sencillamente estaba tratando de ser explotador”.

Considera que ése fue un error grave del Frente Sandinista, en los años ochenta, que “se lo inculcó al pueblo”. Al volver a Managua, previo a las elecciones de febrero de 1990, “noté que había mucha gente que deambulaba por las calles, sin rumbo, totalmente sin rumbo, como que a la gente entonces el tiempo no le importaba; cruzaban la calle y se quedaban viendo, volvían para atrás… Ya se había perdido un concepto que se llegó a tener entre empresarios, profesionales, trabajadores, campesinos, que era la eficiencia y la productividad”, cuenta Robelo.

Algunos comandantes sandinistas admitieron, en distintos momentos, el poco interés por el trabajo y la productividad. Jaime Wheelock, Ministro de Desarrollo Agropecuario, pidió “luchar contra el burocratismo, pero también contra el reunionismo”; y Bayardo Arce dijo en noviembre de 1980 que “un trabajo que hacía una persona antes, ahora lo hacen tres, cuatro”, por lo que “ha salido una nueva enfermedad que se llama ‘los asistentes’, todo mundo tiene asistentes”.

El fracaso económico de la revolución, indica Alfonso Robelo, fue consecuencia de “combatir la eficiencia y la productividad, como si eso fuera explotación” y de “permitir que hubiera un desorden de confiscaciones, sin tomar en cuenta que no había capacidad para administrarlas (empresas y tierras). Entonces desbarataron y desbarataron y aquello se vino a pique y a pique”.

“Por erigirse como vanguardia, ellos (los líderes del FSLN) creen que pueden hacer milagros”, analiza. “Creen que el hecho de haber conseguido el milagro de botar a Somoza es porque ellos tienen, o han adquirido, una capacidad de hacer milagros y que van a hacer milagros con la economía y milagros con los campesinos… y creyeron que tenían capacidad”.

Pham Van Dong fue uno de los primeros presidentes socialistas que visitó al gobierno sandinista en Nicaragua. Alfonso Robelo todavía estaba en la Junta cuando el líder vietnamita llegó a Managua y recuerda que uno de los comandantes del FSLN le preguntó cómo se estimulaba el espíritu de sacrificio en el pueblo.

“Entonces el vietnamita le dice: ‘Mire, cuando un pueblo está luchando por la liberación, usted le puede pedir todos los sacrificios y usted puede tener una alta seguridad de que va a haber sacrificio; cuando ya llegó el triunfo, no. Al que produce más arroz, hay que darle más arroz’”, relata el ex miembro de la Junta de Gobierno, que vio en ese momento rostros asombrados de dirigentes sandinistas que quizás consideraron aquella opinión más capitalista que socialista.

EL MENSAJE DE PÉREZ

Tres décadas después, Alfonso Robelo Callejas tiene la certeza de que el principal error del FSLN, en 1979, fue “no haber entendido que lo más maravilloso que había pasado era la unión del pueblo nicaragüense luchando contra Somoza, y que ser vanguardia hegemónica hizo que eso se cayera; sus aliados, inclusive internacionales, los abandonaron”.

Carlos Andrés Pérez, Presidente de Venezuela hasta principios de 1979 y uno de los personajes que más apoyó la lucha del FSLN contra Somoza, llegó a Managua el 19 de julio de 1980, a la celebración del primer aniversario de la revolución, y afirmó: “Creemos profundamente en la democracia, creemos que la democracia expresa los más altos ideales de la dignidad del hombre”.

“La libertad es el valor esencial del ser humano”, destacó Pérez, entonces vicepresidente de la Internacional Socialista. “Tenemos que entender que en el pluralismo ideológico está la mejor expresión de la libertad entre hermanos”.

Carlos Andrés Pérez se alejó después de los gobernantes sandinistas y respaldó a los opositores que se enfrentaron a Daniel Ortega Saavedra en las elecciones de 1990, cuando la revolución llega a su fin.

En 1979, resume Robelo, comenzó “una revolución nicaragüense con una vanguardia armada que se aprovechó de todos los sectores” de la sociedad.

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