“Llegamos sin nada, sin intereses creados, y esa moral se mantuvo, incluso en el ochenta se mantuvo”, expresa Víctor Tirado. (LA PRENSA/René Ortega)

La promesa democrática duró poco

Víctor Tirado López, uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN, relata cómo el gobierno revolucionario desechó el pluralismo político y se empeñó en imponer el partido único, hace 30 años. La revolución también propició que los campesinos se alzaran en armas y apoyaran a la contrarrevolución [doap_box title=»El pueblo empezó la […]

  • Víctor Tirado López, uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN, relata cómo el gobierno revolucionario desechó el pluralismo político y se empeñó en imponer el partido único, hace 30 años. La revolución también propició que los campesinos se alzaran en armas y apoyaran a la contrarrevolución
[doap_box title=»El pueblo empezó la insurrección» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

El 10 de enero de 1978, el día que el periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal fue asesinado en Managua, Víctor Tirado López comandaba un grupo guerrillero en la zona montañosa de Dipilto, Nueva Segovia. Días después salió hacia Costa Rica a una reunión urgente con otros jefes de la facción Tercerista del FSLN, también conocida como Insurreccional.

“Con la muerte de Pedro Joaquín realmente la población se insurrecciona, se insurrecciona sin dirección. ¿Qué hace la tendencia Tercerista? A todos sus cuadros los manda a la ciudad, a la insurrección, a Germán Pomares, Joaquín Cuadra, Dora María Téllez… Vimos que estaba esto alborotado y no había una dirección y toda esa gente ayudó a forjar la insurrección”, recuerda.

Dos días antes, el 8 de enero de 1978, la facción Tercerista había confirmado en Costa Rica su interés de aliarse con Chamorro Cardenal, director de LA PRENSA y fundador de la Unión Democrática de Liberación (UDEL). El Frente Sandinista estaba dividido en tres facciones: la Tercerista, que pretendía convertir el movimiento armado en insurreccional en las zonas urbanas; la GPP (Guerra Popular Prolongada) que buscaba la victoria con acciones guerrilleras en las montañas; y la Proletaria, que optaba por desarrollar un movimiento obrero y campesino.

Edmundo Jarquín Calderón, enviado por Chamorro a San José para reunirse con Los 12, relata parte de esa negociación en su obra Pedro Joaquín: ¡Juega!: “Las reuniones no fueron fáciles, pues algunos de ellos estaban muy exaltados en su retórica revolucionaria… Esas dificultades, que hubieran impedido continuar las conversaciones, fueron allanadas por Sergio Ramírez, con quien me reuní por separado en la madrugada del domingo 8 de enero, antes de tomar el avión para Managua”.

Ramírez “me aseguró que en la dirigencia Tercerista había confianza en Pedro e interés en llegar a un entendimiento serio con él, juntando esfuerzos para el derrocamiento de la dictadura”, escribió Jarquín.

Catorce meses más tarde, en marzo de 1979, las tres tendencias se unieron y formaron la Dirección Nacional Conjunta del FSLN. La rebelión popular, tras el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, obligó a los jefes de las guerrillas a sellar sus diferencias, conscientes de que la toma del poder era posible a corto plazo si aprovechaban esa efervescencia.

“El movimiento social ya tenía fuerza, entonces nadie podía abandonar el movimiento social, ninguna de las tres tendencias, porque quedaba aislada”, razona Víctor Tirado. “Lo que unifica allí es la acción, el objetivo fue la lucha militar, la lucha contra Somoza”.

Surgió después la propuesta de unidad nacional, tan amplia que la dirigencia del FSLN aceptó en Costa Rica que al irse Anastasio Somoza Debayle se formara un Ejército con jóvenes guerrilleros y miembros honestos de la Guardia Nacional, creada en 1928.

“Nosotros estábamos de acuerdo en que cualquier oficial de la Guardia somocista, que no tuviera ninguna implicación en las torturas, podía pertenecer al Ejército”, afirma Tirado, quien nació en 1940, en Sinaloa, México.

Sin embargo, tras cumplir la primera parte del trato, los somocistas “cometieron el error más grande”, temprano del 17 de julio. Se va Somoza, pero el sustituto interino, Francisco Urcuyo Maliaños, decide quedarse con el poder, en vez de transferirlo al FSLN. “Entonces dijimos: todo o nada… Vamos a la ofensiva general”, relata el ex jefe guerrillero.

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Treinta años después el comandante Víctor Tirado López se pregunta si fue revolución lo que comenzó en Nicaragua en 1979 y concluyó en 1990. Tras una breve reflexión sobre lo que han sido otros movimientos de liberación en el mundo, él mismo se responde: “No hubo revolución… El Estado lo construimos con todos los vicios de un Estado burgués”.

Tirado, fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en 1961, aterrizó triunfal en Managua la mañana del 20 de julio de 1979, junto a Humberto Ortega Saavedra, mientras miles de nicaragüenses vitoreaban a los guerrilleros en la Plaza de la República, desde entonces Plaza de la Revolución.

La insurrección popular había destruido a la dictadura de los Somoza, una dinastía de 45 años, y los comandantes sandinistas se erguían sobre sus escombros. “Cuando estábamos en la montaña nos preguntábamos: ¿Y quién va a gobernar este país? ¿Cómo le vamos a hacer si triunfamos?”, recuerda Tirado. Luego admite: “El Grupo de Los 12 nos dio la respuesta”.

En Costa Rica, en septiembre de 1977, la facción Tercerista del FSLN reunió a 12 personajes civiles, entre ellos empresarios y sacerdotes, para formar el primer gobierno provisional una vez derrocado Anastasio Somoza Debayle. Con ideas de ese grupo, conocido como “Los 12”, escribieron el programa político y meses antes del triunfo crearon la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional.

La economía mixta, el pluralismo político y el no alineamiento eran los tres pilares del programa con que prometían reconstruir y democratizar Nicaragua; era la esencia del acuerdo de unidad nacional que congregó a empresarios, sindicalistas y gente de distintas ideologías alrededor de un fin: botar al régimen de Somoza.

Los miembros de la Junta de Gobierno reflejaban esa diversidad: Daniel Ortega Saavedra y Moisés Hassan Morales, por el FSLN; Sergio Ramírez Mercado, por Los 12; Alfonso Robelo Callejas, empresario y dirigente del Frente Amplio Opositor (FAO) y Violeta Barrios de Chamorro, viuda del director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, asesinado en Managua el 10 de enero de 1978.

Ya en el poder, el FSLN se convirtió en un partido político armado, su Dirección Nacional se impuso a la Junta de Gobierno, desconoció el programa democrático ofrecido desde el exilio y dio la espalda a presidentes de otros países que le ayudaron a tumbar a Somoza.

“El movimiento internacional fue muy importante”, reconoce Tirado. “Venezuela, Costa Rica, Panamá, México, Cuba y en cierta manera los partidos socialdemócratas de Europa, como España, Francia… Todo eso ayudó a formar una estrategia de victoria”.

“Nos peleamos después con Venezuela”, lamenta. “Si la revolución triunfa con apoyo de esos gobiernos, ¿por qué no los continuamos? Las armas pasaban por Cuba, Venezuela, Costa Rica… Debimos haber aprovechado la alianza con Estados Unidos para la ayuda económica, no haberse peleado con ellos; había que mantener esa alianza y con otras fuerzas políticas”.

UN SOLO PARTIDO

En la pared del Café de los Poetas, un pequeño bar situado en Planes de Altamira, urbanización de clase media de Managua, se aprecia la foto de Víctor Tirado López junto al poeta y sacerdote trapense Ernesto Cardenal. Es un recuerdo de los años ochenta, cuando Cardenal era Ministro de Cultura y Tirado vestía el uniforme verde olivo con el grado honorífico de la guerrilla. En otra imagen aparece con José Coronel Urtecho, poeta famoso por instaurar en Nicaragua el movimiento literario vanguardista en el año 1929.

En este ambiente vive Tirado, 30 años después del triunfo de la revolución. No es poeta, pero le gusta la poesía y dedica buena parte de su tiempo a la lectura y la reflexión. “No me arrepiento de nada, lo que soy es crítico de lo que hice, de mi obra”, advierte.

Al evaluar la ejecución del programa de gobierno del FSLN de 1979, explica que la economía mixta “no se logró desarrollar porque el Estado se hizo cargo de todo, concentra la economía y comienza a planificarla, limitando a la empresa privada; el Estado se hizo cargo de todo, nacionalizó todo, el comercio, los granos básicos, las exportaciones”.

Sobre el pluralismo político, precisa que el FSLN no dejaba funcionar a los otros partidos, les ponía trabas o los inhibía.

Alfonso Robelo Callejas, miembro de la Junta de Gobierno formada en el exilio, saboreó pronto lo que era la exclusión política en la revolución, porque le impidieron actuar con su partido, el Movimiento Democrático Nicaragüense (MDN), tras renunciar al Gobierno en abril de 1980.

Al recordar ese caso, Tirado relata que la Dirección Nacional del FSLN acordó impedir que Robelo fortaleciera al MDN, porque “iba a debilitar la estrategia de la revolución, iban a crear una nueva fuerza política que nos iba a costar más adelante destruirla o desbaratarla… El Frente hacia allá iba, a que hubiera un solo partido”.

Calla un momento y deja vagar la mirada en el jardín de su casa. Comenta: “Si nosotros hubiéramos congeniado con el sector privado, esta revolución hubiera salido adelante, porque nosotros le decíamos la revolución socialista y ése fue el primer gran error… ¿Socialista? —se pregunta y ríe—. ¡Mentira!”

El no alineamiento fue quizás el primer objetivo de la revolución que los comandantes sandinistas dejaron a un lado del camino. “Yo nunca entendí eso de no alineamiento, si todo el mundo estaba alineado”, reconoce Tirado. “Lo recogimos como una especie de símbolo, nada más, porque lo importante era la economía mixta y el pluralismo político. ¿Con quién no estábamos alineados? Éramos aliados de la Unión Soviética”.

LLEGARON TARDE A MOSCÚ

Los soviéticos (URSS) dieron al gobierno del FSLN menos apoyo del que éste pedía, pero lo suficiente como para dejar más endeudado al país. “Una vez se dijo en la Dirección Nacional que había que hablar con la Unión Soviética para que fuera el paraguas, para que nos defendiera en todo, y no quisieron los soviéticos. Hasta aquí podemos ayudar, dijeron, no podemos ayudar mucho”, confirma Tirado.

Sólo la deuda con Moscú sumaba 2,400 millones de dólares al momento en que el FSLN salió del poder, en abril de 1990. Superaba en 800 millones de dólares a toda la deuda dejada por el régimen de Somoza, que en total fue de 1,600 millones de dólares.

Los nueve comandantes del Frente Sandinista, quienes en realidad gobernaban Nicaragua, por encima de la Junta de Gobierno primero y del Presidente después, llegaron a creer que la Unión Soviética nunca debía cobrarles el dinero, las armas y otros bienes materiales que les suministraba.

“La ayuda era más que todo armamento”, precisa Tirado. “Decíamos, un hermano como la Unión Soviética por qué nos va a cobrar los tanques, los aviones, si debería hasta regalarnos… Esa ayuda la exigen (cobran) después que perdemos las elecciones. Lo mismo Libia, está exigiendo todavía los 100 millones de dólares que nos dieron…”

Un día, los soviéticos pusieron el punto final. En el ocaso de la década de los ochenta mandaron a Managua a su canciller, Eduard Schevernadze, para informar a los dirigentes sandinistas que ya no habría más ayuda.

Aquellas palabras de Schevernadze todavía resuenan en la memoria de este Comandante de la Revolución: “Nos reunió a todos (los nueve), nos dijo ‘nosotros estamos negociando con Estados Unidos y vamos a un desarme, ya la economía nuestra no da más’”.

Al Gobierno, presidido entonces por Daniel Ortega Saavedra, no le quedó más opción que negociar con sus adversarios, sobre todo con la Contra, porque “ya la guerra aquí, económicamente, no la podíamos resistir”, asegura Tirado.

Escudriña en los recuerdos de esa época convulsa y llega a la conclusión de que Moscú tenía poco que ofrecer a la revolución nicaragüense de los años ochenta. “Los soviéticos no tenían plata, si era un país atrasado también”, reflexiona Tirado. “Nosotros creíamos, ah la…, porque tiró a un hombre a la Luna, porque tiene un cohete de ocho mil kilómetros… ¡Hasta ahí llegaban! Si estaban hechos m… y están todavía. Todo se lo dedicaron a la industria militar y a la hora que llegamos nosotros, no tenían nada. Claro, los cubanos llegaron cuando todavía tenían algo y entonces los soviéticos se empezaron a hacer cargo de Cuba, pero nosotros llegamos tarde, ya no había nada”.

INCUBARON SU ANTÍDOTO

Recién el triunfo de la revolución, en 1980, el Producto Interno Bruto (PIB) por habitante era de 914 dólares en Nicaragua. Diez años después, cuando el FSLN sale del Gobierno, el PIB por cada nicaragüense había bajado a 582 dólares, indican estadísticas recopiladas por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

En la conversación con Víctor Tirado López se percibe que el gobierno sandinista estuvo más preocupado por la guerra que por la economía, desde el primer día. “Teníamos que darle más importancia al Ejército que a otras actividades, económicas y sociales, porque ya estábamos agarrando partido y se nos podía venir una invasión norteamericana”, justifica él, refiriéndose al año 1979 cuando el término contrarrevolución o Contra ni siquiera sonaba en la discusión política del país.

“La Contra no la consideramos, hasta después; seguíamos las sugerencias que nos daban los cubanos”, explica.

Sin embargo, para Estados Unidos fue innecesario invadir Nicaragua, porque el mismo Frente Sandinista le proporcionó, con sus políticas, la gente necesaria para armar una fuerza militar contrarrevolucionaria que desgastó al gobierno del FSLN antes de 1987.

Tirado fue designado por la Dirección Nacional para controlar a las organizaciones de obreros y campesinos, dos sectores claves para la defensa de la revolución, lo que constituyó un reto difícil, porque en 1981 “el campesino ya estaba huyendo, se estaba retirando” y “el campo estaba quedando solo”.

“El campo quedó desolado”, recuerda. “El campesinado se fue yendo a Honduras y allí los recogió la Contra… los recogió el Gobierno de Estados Unidos y los confrontó con la revolución. No había necesidad de intervención (invasión), no tenía por qué intervenir Estados Unidos… Lograron reunir a más de 20 mil personas (contras)”.

Ésta parece ser la gran contradicción de la revolución sandinista. Parte del campesinado se alzó contra el gobierno del FSLN, que se suponía protegía a los pobres y desarrollaba una reforma agraria.

Tirado señala algunas causas de ese fenómeno: “Primero, cuando nosotros llegamos al Gobierno, empezamos a confiscar a los comerciantes del campo, las pulperías, comisariatos; segundo, empezamos a quitar tierras también, es más, a campesinos que nos apoyaron en la lucha”.

Con la reforma agraria “se hacían empresas del Estado y allí no entraba ya el campesino”.

LA ECONOMÍA ERA SECUNDARIA

Los batallones del Ejército Popular Sandinista (EPS), que iban a los frentes de guerra, eran nutridos con jóvenes del Servicio Militar Obligatorio, o con obreros que sacaban de las fábricas para darles el fusil.

Víctor Tirado lo cuenta con la convicción de quien tuvo que decidir eso: “A la hora de llamar a los obreros, reunías a toda la CST (Central Sandinista de Trabajadores), necesitamos 100 hombres para ir a combatir al norte y te los reunían de distintas fábricas”.

Si en una planta industrial había 200 trabajadores y mandaban 100 a la guerra, los 100 que quedaban debían hacer también el trabajo de los ausentes. “Pero, claro, todo tiene su límite”, razona. “Después de cuatro, cinco años, ya empieza a desmoralizarse la gente, el trabajador, porque empieza a trabajar no sólo el doble y el triple, sino que además no tiene remuneración. Sólo le estás dando arroz, frijoles y azúcar”.

La revolución avanzaba y la escasez de alimentos era más notoria en Nicaragua. Como los salarios eran bajos, en promedio 20 ó 30 dólares por mes, el Gobierno se encargó de garantizar a los empleados del Estado el paquete AFA (10 libras de arroz, 10 de frijol y 5 de azúcar), que en 1988 era vendido con subsidio a 92 mil trabajadores.

Era lo poco que había, según Tirado, “porque no se producía en el campo… El campo estaba vacío, no había la fuerza que había antes, el campesino, el maíz, los frijoles. El maíz y el frijol te lo daba (antes) la pequeña empresa, el (propietario) de cinco manzanas, diez manzanas, que los sacaba al mercado”.

El economista Alejandro Martínez Cuenca, primero ministro de Comercio Exterior y después de Planificación, confirma que hubo desinterés por producir. Entre 1983 y 1984 “nos dimos cuenta que la disciplina laboral había caído en tal forma que en el campo sólo se trabajaba como máximo de tres a cuatro horas al día”, porque “se interpretaba que la revolución en sí misma era fuente de beneficio y no se asumía un esfuerzo superior para ampliar la capacidad productiva del país”.

“Algunos trabajadores consideraban el trabajo como cosa secundaria”, indica Martínez en su obra Una década de retos. “Prevaleció una posición equivocada en la dirigencia de nuestro partido, que quería separar lo político de lo económico. Siempre se consideró lo económico como secundario”.

LA PREGUNTA DEL FINAL

A finales de julio de 1979, el FSLN empezó a recibir, de países que le apoyaron, la sugerencia de convocar a elecciones. “Nosotros las hubiéramos hecho (las elecciones) en el 82 y las ganamos”, se reprocha hoy Tirado. “Creíamos que estábamos construyendo el sistema socialista, eso no es cierto”.

La dirigencia revolucionaria llegó a pensar que envejecerían en el poder, pero al cabo de diez años sucedió lo inesperado y Tirado volvió a sentir la misma incertidumbre de cuando en la montaña se preguntaba quién iba a gobernar si el FSLN ganaba.

Se acercaba la medianoche del 25 de febrero de 1990, cuando comenzó a dudar: “¿Y ahora qué hacemos?”. Daniel Ortega y Sergio Ramírez, Presidente y Vicepresidente de la República, y también candidatos al mismo cargo en las elecciones que se realizaban ese día, reunieron a la Dirección Nacional para informarle que habían sido derrotados por la Unión Nacional Opositora (UNO), una coalición de 14 partidos.

Los máximos dirigentes del FSLN intercambiaron miradas desconcertadas en un salón de la Loma de Tiscapa, bautizada por ellos mismos como El Chipote en 1979.

Para Tirado, era inevitable pensar en el futuro personal. “Es un golpe duro, en el sentido de y ahora qué hacemos… Tu posición, tu vida, tu familia. Nosotros triunfamos el 19 de julio y vivimos a expensas del Estado; te daba tu salario para mantenerte. ¿Y después? Tenías que buscar medios para mantenerte, ya de la política no te podías mantener. Pensé yo: ¿Cuándo nos reponemos? ¿Cuándo vamos a tomar el poder de nuevo?”.

Su evaluación indica que jamás hubo revolución y cita un ejemplo: “Construimos la Corte Suprema de Justicia con todos los vicios somocistas. Imponía el Frente (Sandinista) sus criterios jurídicos, en la propiedad, en los juicios criminales y civiles; ésa es una herencia que no la borramos y todavía existe”.

Cuando el FSLN se iba en abril de 1990, la población de Nicaragua vio cómo dirigentes y funcionarios sandinistas se repartían propiedades del Estado, muchas confiscadas al inicio a somocistas y opositores. Es lo que se conoce desde entonces como “la piñata”, que le ha costado al país 1,500 millones de dólares porque los gobiernos posteriores indemnizaron a los afectados.

“Si te dijera que yo tengo que ver poco en eso, no me lo vas a creer”, dice Tirado con aplomo mientras levanta una taza con café. “Realmente, en la repartición yo no estuve. Hubo repartición, sí, es cierto; a estas alturas yo no lo puedo negar. ¿Cómo se lo repartieron? Eso si no sé, porque a mí no me invitaron a la repartición. Si me hubieran invitado, no sé si hubiera dicho sí o no… Allí hubo repartición”.

Recuerda el día del triunfo, hace 30 años, y espeta: “Llegamos sin nada, sin intereses creados, y esa moral se mantuvo, incluso en el ochenta se mantuvo; había dirigentes con una moral muy alta… Después de la derrota electoral todo se viene abajo”.

Daniel Ortega Saavedra, quien sigue viviendo de la política, otra vez como Presidente de Nicaragua desde enero del 2007, “bien pudo haber vivido con la pensión, pero quitaron propiedades”, afirma Tirado, su ex compañero en la guerrilla.

“Por eso a Daniel lo comparan con Somoza”, añade sin titubeos, ni gestos de asombro. “Hoy está su familia manejando negocios, manejando intereses, juntando propiedades. ¿De dónde viene eso? De una dictadura de 40 y tantos años que no rompió Daniel con ella”.

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