Alexis Argüello cuando peleó ante el mexicano Rubén “El Púas” Olivares. (LA PRENSA/ ARCHIVO)

Alexis Argüello cuando peleó ante el mexicano Rubén “El Púas” Olivares. (LA PRENSA/ ARCHIVO) Alexis Argüello, Tricampeón Mundial

Por fin se dio la ceremonia del pesaje. Alexis fue el primero en subir a la báscula y marcó 125 libras y tres cuartos, para una pelea que sería en 126 (peso pluma). Y cuando Argüello se disponía a bajar de la pesa, Olivares lo tomó por el brazo y le dijo casi al oído: […]

  • Por fin se dio la ceremonia del pesaje. Alexis fue el primero en subir a la báscula y marcó 125 libras y tres cuartos, para una pelea que sería en 126 (peso pluma). Y cuando Argüello se disponía a bajar de la pesa, Olivares lo tomó por el brazo y le dijo casi al oído: “No te preocupes, no te haré sufrir tanto, te voy a noquear temprano”.
Alexis fue hacia su esquina y, aunque no lograba expresarlo en el momento, quería explotar de la emoción. Su esquina se pobló con todos los nicas que llegaron a respaldarlo, mientras él lloraba. Una vez que se controló la algarabía en la esquina, Argüello se movió hacia los camerinos y fue a buscar a Olivares.
Alexis aún pudo conquistar dos coronas más, pero no hacían falta. Su nombre había entrado para siempre en el corazón de su pueblo, desde aquel 23 noviembre de 1974 que, al final, resultó un día perfecto. Alcanzó la excelencia como boxeador, pero junto a su don de gentes y su carismática seducción se hizo apreciar de todos los nicaragüenses, quienes llegaron a apreciarlo más allá de cualquier diferencia.
  • Ver Infografia >

    [email protected]

    Alexis Argüello era indiscutiblemente el número uno entre los deportistas producidos por Nicaragua. A través de una extensa y espectacular carrera, que le permitió conquistar tres coronas mundiales, mantuvo de pie a todo un país que ovacionó sus triunfos y lamentó sus tropiezos.

    Pero todo comenzó en 1974, en un día de confuso inicio, pero de final perfecto.

    Al amanecer del 23 noviembre de 1974, Alexis Argüello volvió a recordar aquella extraña experiencia vivida cuando era un adolescente. “Tenía unas calenturas horribles y recuerdo que me pusieron una inyección que me dejó como dundo. De pronto sentí que iba dentro de un túnel a una velocidad escalofriante y al final estaba una luz. Era el Señor”, afirma el tricampeón mundial, convertido desde el 2004 en Vicealcalde de Managua.

    Argüello recuerda que sólo atinó a pedirle una oportunidad. “Es que también miraba unas calaveras y pensé que hasta ahí había llegado. Y cuando volví en sí, no me quedó duda que Dios me había dejado para hacer algo grande y yo le pedí que me ayudara a ser el mejor del mundo como boxeador”, agrega Alexis, detrás de su escritorio, en un despacho cargado de recuerdos de su sensacional trayectoria en el pugilismo internacional.

    “En aquel sueño pensé al levantarme en Los Ángeles (el 23 de noviembre de 1974). En mi cabeza había como una mezcla de emociones. Por un lado llegaba el día que tanto había esperado. Iba a disputar de nuevo una corona mundial. Y la verdad, estaba optimista. Pero me costaba apartar de mi memoria las imágenes de la derrota que había sufrido en febrero de ese año ante Ernesto “Ñato” Marcel, quien me enredó con su boxeo y me ganó”, recuerda Argüello.

    Ahora Alexis enfrentaría al mexicano Rubén “El Púas” Olivares, un aguerrido pugilista que había entrado profundo en el sentimiento popular de los aztecas porque no entendía el boxeo de otra forma que no fuera colocando toda la carne sobre el asador. Argüello estaba claro que su misión era difícil, pero se había preparado tan bien y tenía tanta fe en alzarse con el triunfo, que el optimismo terminó por desplazar las dudas aquella mañana.

    “Lo primero que hicimos con el doctor Eduardo Román y con Miguel Ángel Rivas, ‘Kid Pambelé’, fue irnos a pesar en el Hotel Olimpic, donde nos alojábamos. Estaba en el peso. Recordá que en aquella época uno se pesaba el propio día de la pelea. Eso nos puso más tranquilos y nos dispusimos a esperar la llegada del pesaje oficial. A esas alturas, ‘Pambelé’ ya me tenía lista una sopa de hígado que me daría después de pesarme”, recuerda Argüello.

    LA AMENAZA DE OLIVARES

    Me puse nervioso. Para qué voy a mentir. Me asustó Olivares. Pero le dije, “no se preocupe, que ahí (en el ring) usted va a tener a un hombre”.

    En cuando doy el peso, ‘Pambelé’ me dio la primera cucharada de la sopa que él me hacía. Era hígado con tomate, chiltoma y cebolla. Pero estaba caliente. Y en cuanto me termino la sopa, el médico que estaba ahí en el pesaje me mide la presión y me pone un termómetro en la boca. El susto del doctor es que casi exploto el termómetro. “Usted no puede pelear”, me dijo. “Está enfermo”. No señor, le expliqué, es que me acabo de tomar una sopa y eso me calentó la boca. Así que esperamos un rato y después comprobó que todo estaba bien.

    Ésa fue la intención, pero resulta que mientras vamos para el hotel desde el recinto donde había sido el pesaje, nos agarra una patrulla de migración. Era una camioneta toda sucia. Y sin más ni más, nos suben. “Ustedes deben ser mojados y están detenidos”, nos dicen. Ahora sí se fregó todo, pensé. El asunto es que pedimos a los oficiales que pasemos por el hotel y que le vamos a probar que tenemos los papeles en regla. Dicen que no, pero al final acceden y nos dejan en libertad cuando les mostramos los documentos y reconocen que soy el rival de Olivares en la pelea de esa noche. Al final, hasta nos pidieron tickets, pero no teníamos.

    En ningún momento hubo algo negativo en mi equipo. El doctor Román, ‘Pambelé’, ‘El Curro’ Dossman, todos tenían una confianza enorme en mí. Pero además, yo sentía que tenía un compromiso con mi pueblo y que no le iba a fallar como había ocurrido con Marcel en Panamá. Más que ganarme el dinero, yo sentía la responsabilidad de darle el primer título mundial a Nicaragua y me decía que ese sueño no me lo quitaba nadie.

    PELEADORES AL RING

    Salí del camerino con la adrenalina al máximo y tratando de divisar a los quizá cincuenta nicaragüenses que estaban entre los 15 mil aficionados que había esa noche en el Forum de Inglewood. De pronto estoy en el ring y Dick Young, el réferi, nos da las instrucciones y suena la campana. El primer golpe lo tira Olivares y es una derecha que me para los pelos. Y comenzó a realizar su faena. A darme una clase de boxeo. Del maestro al alumno.

    No. Arrancó con movimientos laterales, usando fintas, recurriendo a su jab y yo comencé a sentirme fuera de lugar. Yo creía que él iba a fajarse conmigo desde el inicio, pero se puso a entrar y salir y me deja fuera de balance. Y lo peor es que todos los rounds eran como una reproducción del anterior, hasta en el séptimo que logro meterle un par de golpes, movido yo por mi desesperación porque no puedo con un hombre que me está superando y que no puedo descifrar por la maestría que está enseñando.

    La verdad, estaba comenzando a preocuparme. Y en la esquina, Dossman y ‘Pambelé’ me decían que iba perdiendo la pelea. Y así era. Pero llega un momento en el cual Olivares se desespera porque no me noquea y me quiere poner contra las cuerdas, me empuja y trata de acorralarme, pero yo me le salía porque si me quedaba ahí, era hombre muerto. En el octavo nos damos duro y en los dos siguientes sigue igual, pero en el round once comienza a quedarse estacionado, se ve que ya no tiene más cuerda y yo siento que ha llegado el momento que he esperado.

    Sí. En la esquina, 'Pambelé' me dice que comience a usar mis combinaciones. Y en el round doce lo cazo en la barbilla y lo tumbo. Dick Young comienza a contar y lo hace lentamente. Yo decía ‘que no se levante, que no se levante’. Pero se levanta y el round se termina. Viene el round trece y tras varios trucos de Olivares con el protector bucal, se reanuda la pelea. Y ahí veo la seña que cambió todo: Olivares me reta y me dice que me vaya hacia él. Y comienzo a contragolpearlo y él se queda parado a fajarse conmigo y ahí mismo cavó su tumba. Lo boté con un cruzado y upper cut de derecha. Y ahí se acabó.

    LA OFERTA DE SOMOZA

    “Le dije que ese título que él había defendido con sangre, yo también iba a preservarlo de esa manera. Recuerdo que Rubén puso su cabeza junto a la mía y me dijo: “Yo sé que así será. Sos un gran campeón”. Y también lloró. Después me tomé una Coca Cola que ‘Pambelé’ me había llevado y yo me sentía feliz.

    Fuimos invitados a Casa España, donde se reunieron los nicaragüenses residentes en Los Ángeles y me dieron una celebración que fue una alegría total. Me dieron una copa de plata, que luego se la regalé al doctor Jaime Granera Padilla, quien me había operado de la mano. Al día siguiente fuimos a Disney World, donde mi papa, ‘Cebollón’, hizo algo muy simpático. Llegamos a un self-service (uno mismo se sirve) y ‘Cebollón’ comenzó a echar de todo en su plato. Yo le hice de seña al cajero que yo pagaba. Resulta que ya sentado en la mesa, dice mi papa: “Este país sí vale la pena, hasta la comida es gratis”. Pero yo pagué.

    La pelea fue el sábado, el domingo fuimos a Disneylandia y el lunes regresamos al país. Recuerdo que el doctor Román me dijo que Somoza Debayle lo llamó para decirle que mandaría su avión privado para traerme de regreso a Nicaragua, pero decidimos venirnos en un vuelo comercial para saludar a la gente que me esperaba en el aeropuerto en Managua. Al fin llegamos y lo primero que hice fue besar la tierra en agradecimiento a Dios por haberme hecho realidad el sueño que había tenido cuando era un chavalo.

    Esta entrevista es tomada del libro “Un Día Perfecto”.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí