¿Por qué en Irán sí, pero en Nicaragua no?

La enorme magnitud de la reacción popular iraní contra el fraude electoral que, según denunció la oposición, se cometió en la elección presidencial del viernes 12 de junio, ha sorprendido a todo el mundo. Ha sido, como dijera el Presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, una reacción popular tan grande como el mismo fraude. Por supuesto que los gobernantes compinches del Presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, entre ellos el paladín de las malas causas del mundo, Daniel Ortega, se apresuraron a felicitar al sátrapa iraní.

Guardando las debidas diferencias, lo que pasó en la elección presidencial del viernes pasado en Irán es lo mismo que ocurrió en Nicaragua, en los comicios municipales del nueve de noviembre pasado. En efecto, el viernes doce de junio por la noche, el candidato presidencial opositor iraní, Mir Husein Musaví, se fue a dormir felizmente, con la victoria electoral asegurada. Pero al filo de la madrugada las autoridades del Gobierno de Ahmadinejad anunciaron la supuesta victoria de éste por una mayoría abrumadora de más del sesenta por ciento, lo cual ni sus mismos partidarios se lo creen.

O sea que a Musaví le ocurrió en Irán lo mismo que le aconteció en Nicaragua a numerosos candidatos a alcaldes por parte de la oposición, quienes se fueron a la cama la noche del nueve de noviembre del 2008 con cifras contundentes en su poder sobre su triunfo en las mesas de votación; pero en la mañana del día siguiente se despertaron con la noticia impactante —por insólita y descarada— de que los magistrados del Consejo Supremo Electoral del FSLN de Daniel Ortega y del PLC de Arnoldo Alemán, habían volteado las cifras y dado el triunfo a los candidatos oficialistas. De esa manera fraudulenta Ortega se apoderó de tres cuartas partes de las alcaldías de todo el país, en las que ahora reinan la ilegitimidad, la ineficiencia y la corrupción.

Pero en Irán la gente a la que le robaron sus votos se fue multitudinariamente a las calles, ha realizado manifestaciones populares contra el fraude con la participación de más de un millón de personas; mientras que en Nicaragua la protesta ha sido persistente pero no masiva. Los ciudadanos nicaragüenses tienen conciencia de que les robaron sus votos, y están disgustados por eso. Pero su molestia no la han convertido en protesta efectiva, callejera, masiva y combativa, como sí ha ocurrido en Irán. Y esto se debe no sólo a la brutalidad represiva de los pandilleros orteguistas, que atacaron criminalmente con piedras, garrotes, machetes y morteros a los manifestantes opositores pacíficos, que salieron a las calles inmediatamente después de las elecciones del nueve de noviembre, para protestar contra el fraude y exigir la revisión de las actas, la anulación de los comicios viciados y la convocatoria a nuevas elecciones bajo observación electoral independiente. En Irán la represión ha sido mucho más brutal que aquí; las pandillas paramilitares de ese país, conocidas como Basij, son mucho más feroces y despiadadas que las turbas orteguistas de Nicaragua, pero los iraníes las han enfrentado e incluso les han dado su merecido.

La diferencia en la reacción popular al fraude electoral radica, según lo hemos dicho anteriormente, en que la inconformidad del pueblo democrático de Nicaragua se encuentra en un estado latente o larvado, está allí, mas no aflora a la superficie. Pero eso mismo ocurría en Irán, hasta que el fraude electoral vino a ser como la chispa que incendió la pradera, según la conocida frase de Mao Tse Tung. Es lo que pasaba en Nicaragua, bajo la dictadura somocista, hasta que la chispa del asesinato del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal encendió el fuego de la rebelión popular. Y lo mismo volverá a ocurrir, inevitablemente, en cualquier momento, si Daniel Ortega sigue provocando a la gente, insultando su inteligencia, restringiendo los derechos y libertades, pactando para perpetuarse en el poder, destruyendo a Nicaragua y robando los votos de los ciudadanos.

Ortega debería verse en el espejo de Irán, en el de la guerra civil de los años ochenta en Nicaragua y de las elecciones del 25 de febrero de 1990, cuando el pueblo le propinó una humillante derrota electoral como jamás podía imaginar.

Pero la codicia de poder político y material ciega y Daniel Ortega no puede ver las imágenes que refleja el espejo de la historia.

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