Yevgeny Yevtushenko recita sus poemas en un encuentro con escritores durante el pasado Festival de Poesía. LA PRENSA/CORTESÍA A.Aguero.

Caminando sobre el tejado

La ciudad Sí y la ciudad No Me parezco a un tren viajando de prisa durante muchos años entre la ciudad Sí y la ciudad No Todo es agonizante, todos están asustados en la ciudad No. Es como una pieza amueblada de angustia. Cada mañana su piso se limpia con amargura. Sus sofás están hechos […]

La ciudad Sí y la ciudad No

Me parezco a un tren

viajando de prisa durante muchos años

entre la ciudad Sí

y la ciudad No

Todo es agonizante, todos están asustados en la ciudad No.

Es como una pieza amueblada de angustia.

Cada mañana su piso se limpia con amargura.

Sus sofás están hechos de calumnias, sus paredes de desdicha.

Cada retrato parece sospechoso.

Cada cosa levanta el ceño, escondiendo algo.

Recibirás muchos consejos ahí —claro que sí—

Las máquinas de escribir teclean una respuesta obsesiva:

“No-no-no…

No-no-no…

No-no-no…”

Y cuando las luces se apagan completamente,

los fantasmas inician

su tenebrosa danza

conseguirás un boleto de salida

—claro que sí—

para dejar la negra

ciudad No.

Pero en la ciudad Sí

la vida es como el canto de un pájaro

en esta ciudad sin paredes, igual que un nido.

El cielo te pide que tomes la estrella que más te gusta

los labios preguntan por tus labios, sin ninguna vergüenza,

murmurando suavemente: “Ah, toda esa tontería…”

y las margaritas, burlándose, piden ser escogidas,

y los rebaños ofrecen su leche mugiendo,

y en ninguna persona hay un rastro de alguna sospecha,

y donde sea que desees estar, al instante estarás allí

tomando el tren, el avión, o el barco que te guste.

Y el agua, murmurando levemente, te susurra:

“Sí-sí-sí…

Sí-sí-sí…

Sí-sí-sí…”

Pero para decirte la verdad, a veces, es un poco aburrida,

te dan en abundancia, sin ningún esfuerzo,

en esa brillante e iluminada ciudad Sí…

¡Prefiero estar dando vueltas

hasta el fin de mis días,

entre la ciudad Sí

y la ciudad No!

¡Deja que mis nervios se estiren

como alambres

entre la ciudad No

y la ciudad Sí!

Los hombres no se entregan a las mujeres

Los hombres no se entregan a las mujeres.

Las beben compulsivas como si fueran vodka.

Y a veces, convirtiéndolas en basura,

las golpean como a sus peores enemigos.

¿Tienen miedo ellos de creer que la ternura de un hombre

es una debilidad?

¿Que es esclavitud darse a una mujer?

Nosotros, jugando a ser gigantes, tocamos a tientas

el alma de cualquier mujer como a tientas tocamos sus pechos.

¿Y yo quién soy? Un desgastado… pecador.

Pero a veces me siento como una hermana entre las mujeres

y sólo deseo acurrucarme con ellas,

acariciarlas cuando duermen y acariciarlas cuando despiertan.

Por todos mis pecados contenidos, me arrepiento

a través de mi ternura.

Todas las mujeres son perdonadas al cometer pecados conmigo

mientras mis dedos, tímidamente torpes,

caminan sobre sus pecas y sus lunares de nacimiento.

Las mujeres me resucitan desde la muerte.

Ellas no traicionan a nadie en el mundo,

miran sin temor en mis ojos

esperando un milagro de mí.

Fui protegido por las mujeres en mis más oscuros días.

Fui el confidente de sus problemas,

escuché de ellas, como una íntima amiga,

sus historias sobre la crueldad de los hombres.

Los hombres no fueron creados para matar

a ninguna mujer ni a ningún hombre

ni con un cuchillo ni con una palabra o pensamiento.

Como una mujer escondida dentro del hombre,

así yo me entregué a mi mujer amada.

Las pestañas

Para Sergey Nikitin

Vestido de provinciano, desaliñado y tímido,

yo no era realmente un niño bonito

pero era el que tenía las pestañas más largas

en una muchedumbre de ladronzuelos.

La pintoresca sombra de mis pestañas

que llevaba con aire preocupado

era eclipsada por mi curiosa nariz de Pinocho

y llena de mocos.

“¿Por qué las muchachas se te pegaban como chicle?”, me preguntaban con envidia.

Burlándome yo me divertía con ellos.

“Es por mis pestañas…”

A pesar de los rumores de que yo era mimado,

y fingía ser mimado, me sentía solo,

me afectaba mucho mirar como si fueran

columnas dóricas las piernas de las muchachas.

Yo era una extraña mezcla de cisne y patito feo.

Mi corazón palpitó fuerte dentro de mí

cuando una vez oí de entre la oscuridad:

“tú, hijo de puta, con pestañas de mujer”.

Ellos aullaban celosos como bestias salvajes:

“quédate aquí, niño bonito no te apures”.

Ellos pasaron el encendedor por mi cara

calcinando mis pestañas”.

La gloria me llegó con ese calor infernal,

había un gigantesco coro de encendedores prendidos,

mis pestañas se convirtieron en cenizas,

desde entonces no han crecido más.

Pero había algo que los irradiaba mucho,

no lo vieron pero lo sintieron en mi cara,

la invisible sombra de mis pestañas.

“¿Por qué te molestan tanto?”, suspiraba mi madre.

“¡No dejes que se burlen de ti!”

Le respondí con una sonrisa triste:

“¡Oh, es por mis pestañas!”.

Traducción Javier Campos

La Prensa Literaria

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